Melissa: entre la prevención y el desorden

Angely Moreno
Por primera vez en mucho tiempo, el Gobierno dominicano puso el candado antes de que le robaran. La gestión de crisis frente a la tormenta tropical Melissa marcó un giro importante en la manera en que las autoridades asumen su responsabilidad ante los fenómenos naturales. Las medidas preventivas, como la suspensión de clases, la activación temprana del COE y la coordinación con los organismos de socorro, se tomaron antes de que las lluvias provocaran estragos. Ese solo hecho (anticiparse) ya representa un avance en una cultura estatal acostumbrada históricamente a reaccionar después de los desastres.
Sin embargo, prevenir no basta. La experiencia de Melissa nos recuerda que la gestión de crisis debe ser integral, sostenida y compartida entre el Estado y la ciudadanía. Porque mientras el Gobierno cerraba carreteras, evacuaba zonas vulnerables y alertaba sobre los riesgos, muchos dominicanos seguían actuando como si nada pasara. A orillas del mar, jóvenes y adolescentes desafiaban las olas, grababan videos para redes sociales y convertían el peligro en espectáculo. Uno de esos episodios terminó en tragedia: un niño de 13 años, como en tantas tormentas pasadas, perdió la vida arrastrada por las olas.
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A la par, en distintos barrios del Gran Santo Domingo los teteos no se detuvieron, dejando al descubierto otra cara del problema: la falta de control policial y la débil capacidad del Estado para hacer cumplir las medidas preventivas en los territorios más vulnerables.
Mientras los organismos de socorro hacían su trabajo, en los sectores populares se mantenía la música a alto volumen, el consumo de alcohol y la aglomeración de personas en plena alerta. La ausencia de autoridad en esos espacios refleja una brecha que, de no corregirse, seguirá convirtiendo cada emergencia en una oportunidad para la tragedia.
Estos comportamientos y omisiones ponen en evidencia un problema de fondo: la falta de educación y disciplina preventiva. No basta con emitir alertas; hace falta que la población entienda por qué debe obedecerlas y que la autoridad tenga la capacidad real de hacerlas cumplir. La prevención debe comenzar en las escuelas, en los medios y en los hogares, pero también debe sostenerse con una presencia institucional efectiva, que vaya más allá de los comunicados y las ruedas de prensa.
A esto se suma el artitaje de algunos alcaldes que aprovechan la lluvia para sacar sus cámaras. Además, algunas alcaldías continúan mostrando una alarmante falta de compromiso con la seguridad pública. En Santo Domingo Norte, por ejemplo, un hoyo destapado se convirtió en trampa mortal para un anciano de 71 años, tragado por una cañada que lo arrastró hasta el río Ozama. No fue la tormenta la que lo mató, sino la negligencia institucional.
La prevención temprana del Gobierno en esta ocasión debe ser reconocida, pero también debe convertirse en política de Estado. Los desastres naturales no se evitan solo con voluntad, sino con planificación urbana, educación ciudadana y control efectivo.
La tormenta Melissa fue, en muchos sentidos, una prueba superada. Pero también una advertencia. El país demostró que puede anticiparse, pero aún le falta consolidar una verdadera cultura de prevención. De nada sirve poner el candado si otros siguen dejando la puerta abierta.