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Hacia un modelo estratégico ganar-ganar-ganar para República Dominicana

Una reforma fiscal efectiva debe sustentarse en un modelo ganar–ganar–ganar: donde gane el Estado, gane el sector productivo y gane la ciudadanía.

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Por: Maribel Lorenzo Vicedecana de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UASD.

¡*Una reforma estructural, integral y fiscal, con impacto real en la calidad de vida de sus ciudadanos*!

Al iniciar el segundo trimestre de 2026, República Dominicana se encuentra en un punto clave para replantear el interés de tan necesario tema de sobre la reforma, como ya se han planteado “una reforma estructural, integral e incremental”, así como su política fiscal. Con una inflación dentro del rango meta, pero aún sensible a choques externos (especialmente en energía y alimentos), y con una presión tributaria históricamente baja, el país necesita una reforma fiscal.

Pero no cualquier reforma…., por eso la propuesta de una reforma estructural, integral y progresiva.

La pregunta no es si debemos recaudar más, sino cómo hacerlo sin afectar el crecimiento económico ni deteriorar la calidad de vida de la población.

Maribel Lorenzo Vicedecana de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UASD.

Maribel Lorenzo Vicedecana de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UASD.

Una reforma fiscal efectiva debe sustentarse en un modelo ganar–ganar–ganar: donde gane el Estado, gane el sector productivo y gane la ciudadanía.

Partiendo del enfoque fiscal, el principal reto del sistema tributario dominicano no es únicamente el nivel de ingresos, sino su estructura y la forma efectiva de gestionar el gasto o la inversión pública. Amplias exenciones fiscales, brechas de evasión y una alta dependencia de impuestos indirectos limitan la eficiencia y la equidad del sistema. En este contexto, aumentar impuestos de forma generalizada (especialmente al consumo) sería un error, ya que podría presionar la inflación y afectar el poder adquisitivo.

La prioridad debe ser clara: ampliar la base antes que aumentar las tasas.

Esto implica revisar el gasto tributario, eliminando incentivos que no generen impacto en empleo, innovación o exportaciones, y fortalecer el cumplimiento fiscal mediante herramientas como la facturación electrónica y la interoperabilidad institucional. En otras palabras, recaudar mejor antes que recaudar más.

Al mismo tiempo, es fundamental proteger a la población. Mantener exenciones en bienes esenciales, ajustar los tramos del impuesto sobre la renta a la inflación y evitar cargas adicionales sobre la clase media son condiciones indispensables para la sostenibilidad social de la reforma.

Desde el punto de vista productivo, el país necesita una fiscalidad que incentive la inversión, la formalización y la innovación. Los incentivos deben evolucionar hacia esquemas basados en resultados, no en privilegios, y facilitar el crecimiento de las mipymes, que constituyen el corazón del tejido empresarial y representan un alto porcentaje en el sector y por ende en la generación de empleabilidad.

Sin embargo, el elemento más importante (y muchas veces olvidado) es el retorno social. Una parte de la recaudación adicional debe traducirse en mejoras visibles en transporte, salud, educación y servicios básicos. Sin este vínculo, cualquier reforma pierde legitimidad.

La clave está en la secuencia: primero reducir evasión y revisar exenciones; luego fortalecer la base tributaria; y solo después evaluar ajustes adicionales.

República Dominicana tiene la oportunidad de hacer una reforma estructural y fiscal diferente: más estratégica, más justa y más orientada al desarrollo humano.

Porque, en definitiva, una reforma fiscal solo será exitosa si logra algo más que equilibrar las cuentas: mejorar la vida de las personas.

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