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Guardianes de la verdad Opinión
Julio Alberto Martínez Ruíz

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En Conversación en la Catedral, una de las obras maestra del premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, Zavalita se formula una pregunta similar, pero refiriéndose a Perú. Apesadumbrado, en medio de la dictadura oprobiosa de Manuel Odría, reflexiona amargamente sobre el derrotero de ineficiencia, deterioro, hambre, ausencia de libertad y la corrupción que afectaba a su país.

Esa misma pregunta me atormentaba durante el apagón general. El blackout que, de manera sorpresiva, azotó a la República Dominicana, sumiendo al país en el desconcierto y desatando situaciones que parecían sacadas de uno de los mejores guiones de una película de terror.

Desde que tengo uso de razón —que, según el propio Vargas Llosa, es la capacidad de ejercer el criterio y se deriva de la inteligencia—, en nuestro país hemos padecido apagones. Desafortunadamente, todos los gobiernos han prometido erradicarlos, pero la gran mayoría ha reprobado esa asignatura. Recuerdo mi niñez y parte de mi juventud, cuando el grito de “¡llegó la luz!” desataba una algarabía colectiva y los bombillos amarillos, al encenderse, parecían un milagro.

Es justo reconocer que esta situación cambió significativamente a finales del segundo período del presidente Danilo Medina. Con la construcción de Punta Catalina, que aportó más de 750 megavatios al parque de generación, y la mejora en el suministro eléctrico —con sectores que disfrutaban de servicio 24 horas—, los inversores dejaron de ser imprescindibles. En cambio, el actual gabinete eléctrico en su antítesis no ha dado pie con bola.

Algunos “tecnócratas” han insistido en la despolitización de un sector que, lejos de avanzar, ha transitado por un camino de deterioro. Este se manifiesta en apagones constantes, un incremento desproporcionado en las facturas eléctricas y un subsidio que, según economistas, podría cerrar este año rondando los dos mil millones de dólares, equivalente a más de ciento veintiocho mil millones de pesos.

Frente a este panorama, a los tecnócratas del sector eléctrico se les ocurrió la grandiosa idea de contratar empresas especializadas en reducción de pérdidas que, irónicamente, han contribuido a incrementarlas a niveles históricos. Según el Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (CREES), las pérdidas ascienden al 44.2% a agosto de este año, con una tendencia alcista que no se ha revertido desde la pandemia. Esto evidencia una verdad incómoda: los “politicuchos” le entregaron a los “tecnócratas” un sector en mucho mejores condiciones de las que se encuentra hoy.

Celso Marranzini, presidente del Consejo Unificado del Sector Eléctrico, ha prometido que para 2027 las pérdidas de las tres distribuidoras estatales se reducirán un 10%. Sin embargo, esa meta parece lejana. Rubén Bichara, exadministrador de la difunta Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales (CDEEE), ha señalado que rebajar un solo punto porcentual de las pérdidas cuesta diez millones de dólares. ¿Cómo lograrán los tecnócratas cumplir esa meta? Está por verse.

Aún más preocupante es la falta de claridad sobre lo ocurrido el fatídico martes 11 de noviembre. Las autoridades ofrecen versiones contradictorias sobre las causas del apagón general: por un lado, afirma la viceministra de Energía, Betty Soto, que el informe oficial del Comité de Faltas concluyó que fue por un error humano; por otro lado, el ministro de Energía, Joel Santos, dice que aún ––al momento de escribir este artículo–– están investigando las causas del apagón.

Por el bien del país, urge que se esclarezca lo sucedido y se tomen medidas contundentes para evitar que se repita. De lo contrario, si persistimos en este oscuro sendero pedregoso, seguiremos preguntándonos, como Santiago Zavala, ¿en qué momento se jodió esto?

El trauma social del apagón general es más que un episodio aislado; es el síntoma de una crisis estructural que no soporta más incompetencia.

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Julio Alberto Martínez Ruíz

Julio Alberto Martínez Ruíz

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