Nicolás Maduro visto desde la neuro-política

Nicolas Maduro
“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos” Arthur Schopenhauer. Un líder que ha alcanzado madurez y adaptación psicoemocional, se plantea tres resultados de vida: ¿Cómo quiere terminar? ¿Cómo quiere ser recordado, y quiénes son sus compañeros de viaje? La trampa de los adictos al poder descansa en su cerebro: una amígdala cerebral super-reactiva, donde los miedos y el estrés son interpretados como ataques ante situaciones neutras o explosivas y coléricas, ante las frustraciones. Una corteza prefrontal que, pierde el control, no regula las emociones, no evalúa los riesgos ni las consecuencias y, mucho menos, valora los daños, la proporcionalidad, ni las vulnerabilidades. Es decir, el individuo pierde la capacidad emocional para regular y gerenciar de forma inteligente y adaptativa las circunstancias. Además, la corteza cingulada anterior, pierde la capacidad para gestionar los conflictos de forma saludable. Nicolás Maduro no entiende la complejidad del conflicto, el aislamiento geopolítico del mundo, el distanciamiento de la región, y la falta de compromiso con él y Venezuela por la coyuntura socioeconómico y política de la región de cara a los conflictos bélicos mundiales. Maduro no es líder ideológico, carismático, de influencia regional o mundial; no representa el 70% de los venezolanos fuera y dentro de su país. Más bien, es un líder repartidor, de grupos, con hábito del socialismo populista y pragmático que, forma grupo para mantenerse en el poder; olvidando aquello que dice Lord Acton: “El poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe absolutamente”. Nicolás pierde de vista que, la toma de decisión política es una de las conductas que más condiciona la vida individual y social de los pueblos, donde el líder siempre debe buscar proteger las vulnerabilidades, las pérdidas de vidas humanas, los daños económicos, las crisis sociales y políticas.El cerebro de Maduro se alimenta de un sistema de creencias distorsionado y limitante de que, debe llegar a las últimas consecuencias, sin valorar riesgo y perdiendo la conciencia de sus propias limitantes, creyendo su propia verdad y defendiéndola como una única verdad viable con la que él cuenta, O sea, un cerebro vertical, rígido y de visión en túnel, corriendo el riesgo de caer en el “Síndrome de Hubris”. Nicolás Maduro, desconoce la historia, no asimila cómo terminaron los dictadores de la región, los de orientes y de otros países donde el despotismo, la corrupción, la violación a los derechos cívicos, humanos, y democráticos, conlleva a la perdida moral, ética y política. Las descargas dopaminérgicas por su adicción al poder y su alto nivel de impulsividad, de mecanismo de recompensa y gratificación, le bloquea su corteza prefrontal, para negociar, ceder, perder, retirarse y no confrontar en una lucha desigual, donde expone a venezolanos, soldados y civiles a la pérdida de vida. Maduro terminará atrapado, el grupo desintegrado y capturado como terminó Noriega en Panamá. La confrontación de EE. UU y Venezuela no es ideológica, ni sociocultural, ni regional, es de intereses y por narcotráfico. En los momentos actuales ningún país del socialismo populista se involucra en el conflicto de Maduro, no lo van hacer las potencias Rusia, ni China, por la lejanía y por proteger sus intereses y los conflictos con Ucrania. Ahora Maduro expone su propia personalidad, su vida secreta y oculta, dejando ver la frase que dice: “Dale poder a un hombre y lo conocerás realmente”. Venezuela necesita paz, estabilidad, crecimiento económico y bienestar social, sobre todo, estabilidad política y vida democrática. Maduro terminará como dijo el filósofo Jean Paul Sartre “somos lo que hacemos con lo que hicieron con nosotros”.