Reflexión
La paz
Cierto, la paz es el respeto al derecho ajeno, ello significa que hay derechos y que esos derechos deben ser respetados por todos para facilitar la convivencia del grupo y de las personas en el grupo.
La paz
La búsqueda de la paz es una tarea inconclusa desde el principio de los tiempos. Siempre hubo el perdona vidas, el de más formación, el que más podía, que se impuso sobre la voluntad de otros. Pero, he ahí, que también siempre hubo quienes reclamaron el divino derecho de ser medidos con la misma vara y tratados como iguales.
¿Cuál era y cuál ha sido la vara para medir la igualdad entre los hombres? ¿La ley? ¿Y de dónde sale la ley? De la voluntad de la mayoría dispuesta no solo a acatarla sino también a hacerla cumplir.
Cierto, la paz es el respeto al derecho ajeno, ello significa que hay derechos y que esos derechos deben ser respetados por todos para facilitar la convivencia del grupo y de las personas en el grupo.
La paz, entonces, es como la quietud de un meandro del río por cuya superficie pasan las aguas plácidamente. Esa placidez, esa calma, esa armonía, no se rompe con la facilidad que se destruye una copa de fino cristal cuando cae de la bandeja. Basta con romper la quietud y el silencio con la voz destemplada de un bravucón que use el poder de manera arbitraria dispuesto a irrespetar el derecho de los demás. Se viola la paz de tantas formas que solo si la mayoría decide cumplir y acatar las reglas, podemos ejercer el derecho a vivir sin temor. El mundo tardó siglos de guerras, escaramuzas, guerrillas, actos de terrorismo, sonatas militares, abusos de autoridad y toda suerte de atropellos para que, como a cuentagotas, se reconocieran los derechos de las personas y la autodeterminación de las naciones. De ahí, de esa voluntad mayoritaria, surgieron los códigos para garantizar el derecho de todos a la busca de la felicidad. Es una larguísima historia la que cuenta cómo, a tropezones, el pez grande acogió el constante reclamo de tratados como iguales a las naciones de menor territorio, menor población y menos fuerza y capacidad de dañar, como la que proporcionan los ejércitos más numerosos y los depósitos de armas capaces de producir todo el daño del mundo.
Tras largos años y después de cruentas guerras que han costado millones de vidas inofensivas, después de ahogar el mundo con sangre inocente, el mundo llega a un equilibrio solo quebrado por la avaricia, la soberbia, la angustia y el engreimiento de unos pocos dispuesto a daña, a obligar, a irrespetar. De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se quiebra el equilibrio, se despedaza el respeto y activan los cañones de la muerte.
Nuevamente, la sinrazón se impone y se presenta como bueno lo que es fruto del irrespeto, del abuso.