Opinión

Estación del año

La primavera florece entre el humo de la guerra

La primavera ha entrado este año por la puerta de atrás del mundo, abriéndose paso a través del estratégico estrecho de Ormuz.

Primavera

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La primavera ha entrado este año por la puerta de atrás del mundo, abriéndose paso a través del estratégico estrecho de Ormuz. Es el desfiladero más sensible del planeta, esa garganta donde el Golfo Pérsico se asoma al de Omán y al Mar Arábigo, y donde hoy los tambores mediáticos de desinformación de tres potencias han puesto la economía global de cabeza.

De niño, la llegada de esta estación no sabía de geopolítica, sino de colores. Recuerdo la floración del roble amarillo, la explosión encendida del flamboyán y el despliegue de las trinitarias, pintando mi pueblo y los campos con una alegría casi insolente. Era la natividad de las mariposas, islas cromáticas navegando el viento matutino desde las riberas del río Yuma hasta perderse en la bruma de los potreros, mucho antes de que el solsticio de verano impusiera su ley de fuego.

Oficialmente, el equinoccio del pasado 20 de marzo marcó el inicio de este ciclo de luz. Ya lo advertía El Quijote: «La primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño... y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua». Sin embargo, hoy esa rueda parece chirriar.

Independientemente de las locas alzas del petróleo y los combustibles, el cambio climático ha alterado la partitura de esta estación. Lo que antes era una transición suave de días cálidos —entre 27°C y 32°C— y noches frescas, hoy es una moneda al aire. Aun así, la naturaleza resiste: los árboles vuelven a florecer con terquedad, decorando las ciudades mientras las lluvias de abril y mayo se preparan para limpiar el polvo de los caminos. Este marzo ya nos ha regalado aguaceros copiosos y esos vientos alisios que, al caer la tarde, traen el olor salitroso del mar hasta el mismo pulmón de la ciudad costera, intentando renovar lo que la política insiste en marchitar.

Este 2026, la primavera ha encontrado al mundo en una encrucijada de escombros: la debacle en Oriente Medio, la fatiga de la guerra entre Rusia y Ucrania, y el colapso total de una Cuba que observa, tras la caída de Maduro y el cerco eterno, cómo se desmoronan los viejos muros.

Es una paradoja cruel. Por un lado, estallan las flores, indiferentes al estallido de los misiles que tiñen de rojo las aldeas en conflicto. El viento, caprichoso, arrastra el aroma de la pólvora hasta donde debería oler a azahar. Mientras tanto, los enamorados siguen sordos el camino de sus deseos y nosotros, los jóvenes de la tercera edad, nos refugiamos en la espera de mejores tiempos, contemplando el paisaje desde el solsticio de la vida.

Sobre el autor

Denis Mota Álvarez