Estados Unidos
El profesor Fitzgerald y la doctrina Monroe
Eran los años 60, asistíamos a la Cambridge School of Business, en New York, un pequeño grupo de dominicanos a quienes nuestros padres nos preferían fuera del alcance de los “calieses” de Trujillo.

Retrato
Eran los años 60, asistíamos a la Cambridge School of Business, en New York, un pequeño grupo de dominicanos a quienes nuestros padres nos preferían fuera del alcance de los “calieses” de Trujillo. Recuerdo a los hermanos Schecker Ortiz, Nelson Marranzini, Daisy Cunillera Viñas, a quien admirábamos todos los francomacorisanos, y a la querida Martha Fernández, de quien no supimos más.
Allí compartíamos con jóvenes de otros países de América Latina y otros provenientes de Irán y Oriente, quienes mostraban gran interés por la política y, especialmente, por las tiranías, guerras e invasiones en los que los propios Estados Unidos estaban comprometidos en naciones orientales y occidentales.
Mayormente aprendíamos lingüística y literatura inglesa, pero con el profesor Fitzgerald discutíamos temas mundiales de actualidad. Este maestro, alto, elegante, especialista en conversación y composición intentaba con buenos argumentos defender las posiciones de los gobiernos estadounidenses.
Eran discusiones bastante acaloradas, especialmente cuando el New York Times y otros destacados medios defendían las posiciones de ese país; particularmente porque muchos alumnos estaban allí por causas políticas y acontecimientos que de algún modo tenían que ver con la presencia de los ejércitos estadounidenses que, en ocasiones, habían intervenido para defender sus países, o porque, por el contrario, habían acudido para apoyar a sátrapas y dictadores locales; y otros asuntos sobre los cuales a menudo era difícil ponerse de acuerdo, y que los dominicanos presentes no conocíamos a fondo.
Diariamente, Fitzgerald enfrentaba en sus clases a jóvenes que, sin saber suficiente inglés, sabían mucho más que él sobre política y derecho internacional. Y aún más sobre las realidades sociopolíticas de cada una de esas regiones, culturas y países en donde se llevaban a cabo las muy criticadas intervenciones de los EUA.
Y no pocas veces el profesor se sentía sólo y en desventaja, tanto numéricamente como en lo que se refería al conocimiento de los hechos y las razones en discusión.
Naturalmente, Fitzgerald se sentía con fuerza, no solo por su estatura y su estatus, sino también porque él era el anfitrión, y tal vez porque era el compañero de la directora del departamento, una rubia alta, hermosa y amable, admirada de todos.
Pero ya eran muchas las discusiones que Fitzgerald perdía, o que todos sentíamos que él y los americanos no podían justificar sus acciones. Y su frustración crecía al tiempo que su prestigio decrecía entre nosotros.
Recuerdo muy claramente ese día: Fitzgerald llegó a clase con actitud diferente, como quien no querría ya continuar las confrontaciones.
Dejó su sillón y se sentó en la mesa. Y parsimoniosamente nos miró con rostro y una actitud diferente. Todos estábamos curiosos y expectantes.
Y con una mirada amigable, modesta y de visible franqueza, significando que ya no tenía ánimos para continuar argumentando ni defendiendo a su país, pero tampoco seguir aceptando acusaciones en su contra, nos dijo una frase que nos convenció de ya no continuaríamos las apasionadas discusiones:
“Nosotros los americanos estamos haciendo lo mismo que ustedes harían, si estuvieran en nuestro lugar”.