Reflexión
Cuando la prudencia indica la hora de detener el camino
Siempre será recomendable que las personas actúen con prudencia y sensatez. En todos los tiempos, lugares y en cualquier actividad. La prudencia debe ser un reflejo de madurez. La sensatez es un signo de prudencia.
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Siempre será recomendable que las personas actúen con prudencia y sensatez. En todos los tiempos, lugares y en cualquier actividad. La prudencia debe ser un reflejo de madurez. La sensatez es un signo de prudencia. Entendiendo la prudencia como una virtud que conlleva a actuar con mesura, producto de la reflexión y la sensatez para evitar posibles malestares, propios o colectivos.
Por eso siempre se recomienda calcular cualquier posible efecto dañino de cualquier naturaleza. Así como la necesidad de evaluar los posibles riesgos que ello conlleva. En tal sentido, la sensatez de alguna manera se complementa con lo que algunos denominan buen juicio. Por su parte, la madurez permite al ser humano ver lo puede conllevar algún riesgo. Permite, por igual, analizar lo correcto. Por eso se debe pensar detenidamente al tomar ciertas decisiones para que puedan ser acertadas.
Una de las recomendaciones que les hacen los expertos a todo el mundo, pero en especial a los que su accionar se refleja en otros, es la moderación. El trato respetuoso y evitar la precipitación. Pero lamentablemente no todos los humanos tenemos esa capacidad ni voluntad para actuar de esa manera. Porque actuamos, muchas veces por impulso. Todos hemos sido en algún momento víctimas de actuaciones similares. Aunque las intenciones no fuesen causar dificultades a los demás.
Cualquier imprudencia o insensatez realizada por personas que no han acumulado suficientes años o experiencias, puede pasar desapercibida, pero cuando las personas a través del tiempo han podido crearse un perfil, tienen que ser muy cuidadosas, porque la insensatez o la imprudencia se convierten en catastróficas.
Particularmente confieso que muchos de mi generación lo hemos sido en algún momento específico, como echar un pleito o decir una palabra disonante. Provocar una situación que persigue servir de paraguas a un posible mal generalizado, son, en cierto modo perdonables. Pero hay situaciones o circunstancias en que esas actuaciones no pasan desapercibidas, sobre todo, cuando pueden salpicar al conglomerado donde se desenvuelven. Cuando sus acciones podrían envolver a gran parte o a todo el sector al que sirve o con el cual participa.
Ser imprudente, en ocasiones es mucho más fácil que actuar con la prudencia que las circunstancias requieren. Los que hemos tenido la oportunidad de participar en muchas áreas y en suficientes tareas lo sabemos. Yo confieso que he cometido imprudencias de manera automática e incluso consciente. No encontrando otra salida, pero sabiendo lo que hacía. Con la mente clara de que los verdaderamente sensatos podían comprender esa acción, aunque luego pidiera excusas y perdón a Dios.
Actuar con imprudencia o insensatez, para los que por múltiples razones hemos ido perdiendo el temor a todo, no resulta una tarea muy difícil. Solo hay que darle riendas sueltas a los impulsos. O como dije antes, que los años y la experiencia acumuladas nos llevan a morigerar esas motivaciones instintivas. Aunque el temor a Dios ayuda frenar esos instintos.
Con los años y Dios, podemos comprender, cuando actuamos para satisfacer el ego y cuando podemos provocar daño a quienes no tienen la culpa de nuestro proceder. Por tanto, la experiencia, la convicción, la fe y los principios cristianos saben guiarnos para saber, cuándo por prudencia llega la hora de detener el camino.