Redes sociales: ¿megáfono democrático o arma de chantaje?

CristianMotax
La revolución digital nos prometió democratizar la voz pública. Sin embargo, en la República Dominicana, esa misma conectividad ha sido secuestrada por un puñado de “pseudocomunicadores” que con un celular y miles de seguidores han convertido la desinformación y el chantaje en un modelo de negocio.
El resultado: una profesión tan noble como el periodismo ve erosionada su credibilidad mientras la ciudadanía se expone a la difamación envuelta en formato de “contenido viral”.
Sobran ejemplos recientes. El proceso judicial que enfrenta el comunicador Ángel Martínez por presunta extorsión, difamación e injuria contra políticos y empresarios ilustra cómo las redes pueden transformarse en un garrote cuando se usan sin ética ni control. La advertencia se ha repetido en muchas conversaciones porque los teclados anónimos son hoy “un vertedero sin control”, por lo que las sanciones severas para quienes moneticen la mentiras.
Estas denuncias abundan porque, como bien dicen los abogados, “difamar cuesta menos que corregir”.
Nuestro marco jurídico principal, la Ley 6132 de Expresión y Difusión del Pensamiento del 1962, nació cuando la televisión aún era en blanco y negro. No sorprende que sus multas toquen techos de RD$500, una cifra que hoy no cubre ni un plan de datos de prepago.
De ahí la urgencia de las propuestas en el Congreso Nacional para modernizar la norma, aumentar las sanciones y deslindar con claridad la responsabilidad de quien publica una falsedad. El problema es que los proyectos de reforma naufragan entre intereses encontrados, y nunca alcanzan puerto. Mientras tanto, el “mar revuelto” de la posverdad sigue dejando ganancias mayúsculas a quienes pescan en él.
En este caos informativo conviene recordar la estatura moral de periodistas como Orlando Martínez cuyo compromiso con la verdad le costó la vida durante la era balaguerista. Martínez nunca monetizó su pluma; al contrario, pagó con sangre el precio de ser coherente. Su legado recuerda que la libertad de expresión no es licencia para atropellar honras, sino un pacto social basado en el respeto a la dignidad humana.
Un periodista ético lo enseñan las facultades universitarias, pero se practica en las salas de redacciones que contrasta datos, escucha a todas las partes y coloca el bien común por encima del “clickbait”. Hoy, esa ética es más necesaria que nunca: un rumor infundado puede destruir carreras, empresas y hasta familias antes de que aparezca la primera rectificación, si es que llega.
Hacia un nuevo ecosistema informativo
El remedio no es silenciar, sino regular con inteligencia:
- Reforma legal integral. Aprobemos una ley que proteja la libertad de expresión sin blindar la impunidad. Multas indexadas, rectificaciones obligatorias en igual espacio y tipificación clara del chantaje informativo disuadirían al más audaz.
- Autorregulación gremial. Los gremios de periodistas y de locutores necesitan tribunales de ética con capacidad de sancionar públicamente a quienes violen códigos de conducta.
- Alfabetización mediática. Escuelas y universidades deben enseñar a verificar fuentes, contrastar titulares y denunciar noticias falsas. Una ciudadanía crítica es el antídoto más potente contra la desinformación.
- Transparencia de plataformas. Facebook, X y TikTok deben proporcionar métricas y alertas sobre contenido denunciado; de lo contrario, serán cómplices pasivos de la difamación rentada.
- Protección a víctimas. Que las salas civiles habiliten vías expeditas para remover contenido injurioso y otorgar reparaciones rápidas a los afectados.
La tecnología no es, por sí misma, ni ángel ni demonio. Será tan útil o tan tóxica como los valores que guíen a quienes la usan. Y ahí el periodismo dominicano tiene una decisión que tomar: o recupera su vocación de servicio público o se resigna a que el ruido de los chantajistas ahogue la voz de la verdad.
En palabras de Orlando Martínez: “El compromiso del periodista no es con los poderosos, sino con la sociedad que tiene derecho a ser informada”.
Hoy, cuando la calumnia se vuelve trending topic en segundos, ese compromiso vale más que nunca.