Opinión

Modelo de desarrollo 

De un Estado que reparte a un Estado que construye

Nuestro modelo de desarrollo ha descansado sobre tres pilares fundamentales: turismo, zonas francas y remesas.

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Hace tiempo venimos planteando que el modelo de desarrollo dominicano —es decir, la forma en que creamos riqueza, cómo la distribuimos y qué institucionalidad la acompaña— presenta graves síntomas de agotamiento. Necesita ser transformado. Lo lamentable es que durante años el debate de ideas y de posturas ideológicas ha estado prácticamente ausente de la política dominicana. Se gobierna administrando coyunturas, no diseñando futuro.

Se hace oposición sin pensar que se tiene una gran compromiso con el país, pues a pesar de estar en minoría, la gente también le dio a la oposición legitimidad y responsabilidades con la República al votar por ellos.

Nuestro modelo de desarrollo ha descansado sobre tres pilares fundamentales: turismo, zonas francas y remesas. Son los tres motores que han permitido estabilidad macroeconómica y crecimiento, pero que no necesariamente han garantizado desarrollo sostenible y equitativo ni la transformación estructural de la sociedad dominicana.

Las remesas han sido un salvavidas para cerca del 40% de los hogares dominicanos. Más de 735 mil millones de pesos recibió el país por los canales formales este año que termina, lo que equivale al 9.25 % del PIB. Todos sabemos que en un futuro no muy lejano estas remesas comenzarán a disminuir. Las nuevas generaciones de la diáspora están cada vez más desconectadas de su tierra de origen. Tienen menos vínculos familiares aquí, menos raíces emocionales y, por tanto, menos razones para enviar dinero.

El turismo ha sido exitoso trayendo visitantes, pero menos efectivo en generar desarrollo territorial integral. Su sostenibilidad depende de factores que muchas veces escapan a nuestras manos: la paz social, la estabilidad política y económica, el cambio climático y la competencia regional. Este sector ha sido poco efectivo al vincularse con otros sectores productivos, excepto con la agricultura. El año pasado el turismo aportó 11,350 millones de dólares, que al cálculo de la tasa serían 715 mil millones, poco menos que lo que aportan las remesas. De estos ingresos sólo alrededor del 40% se queda en el país.

Las zonas francas han evolucionado hacia actividades de mayor valor agregado en algunos casos, pero siguen generando empleos que, en su mayoría, no garantizan salarios suficientes para vivir con dignidad. La transferencia tecnológica ha sido limitada y el encadenamiento productivo con la industria nacional ha sido débil y, dado sus incentivos especiales, el aporte tributario es nulo.

La construcción aporta significativamente al crecimiento económico, pero su impacto en el empleo de calidad es muy bajo, ya que dependemos de mano de obra extranjera, en su mayoría en condiciones irregulares. Esto hace depender a este sector de las políticas migratorias de los gobiernos de turno. Los ciclos financieros como la variación de las tasas de interés representan otro factor que afecta mucho el crecimiento en este ámbito económico.

A este modelo económico lo acompaña una institucionalidad frágil, poco funcional, con demasiadas zonas grises y una organización del Estado grande y numerosa (es el mayor empleador). Es débil, muy patrimonialista y clientelar.

Los gobiernos hablan de combatir la pobreza, pero rara vez presentan planes sostenibles a corto, mediano y largo plazo. Faltan planes y acciones medibles y estructurales para reducirla. El Estado se ha dedicado más a repartir mediante políticas asistenciales que, en muchos casos, se convierten en clientelismo puro y duro.

El debate debe centrarse en qué tipo de Estado queremos: uno que reparte y administra la pobreza a través del clientelismo, ¿o uno que construye un nuevo modelo de desarrollo productivo, creativo, de generación de riquezas, que fortalezca capacidades de nuestros recursos humanos y eleve la productividad?

Necesitamos un Estado cuyo gobierno vea más allá de los ciclos electorales. Un Estado que piense en décadas, no en encuestas. Nos urge un orden institucional que sustituya el asistencialismo permanente por inversión estratégica en educación técnica, tecnología, ciencia e infraestructuras para el desarrollo. Resolver el tema eléctrico es crucial, de emergencia.

Pasar de un Estado que reparte a uno que construye no es un eslogan. Es decidir si seguimos administrando la pobreza y aumentando la desigualdad y las grietas sociales que nos pudieran convertir en un país inviable, o empezamos a diseñar el desarrollo sostenible con responsabilidad.

República Dominicana necesita diseñar un Nuevo Modelo Productivo, que acelere la productividad de alto valor agregado, una institucionalidad y un Estado sólido y democrático, que no deje a nadie fuera del desarrollo. Es ahí donde debemos centrar el debate.

Invito a todos los candidatos a debatir a cambiar los likes por propuestas que contribuyan a la creación de una sociedad decente, de derechos y productiva.

Sobre el autor
Antonio Taveras Guzmán

Antonio Taveras Guzmán