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Conciencia social

Semana Santa sin cruz

Esta Semana Santa no necesita más incienso, necesita más conciencia.

Jesús en la cruz

Jesús en la cruzFuente externa

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En Semana Santa, recordamos a nuestro Jesús, humillado, golpeado, coronado de espinas, un hombre que cargó una cruz que no le correspondía y que murió para dejar como mensaje claro que el amor está por encima de todo; no como consigna, sino como exigencia.

Para honrarlo, celebramos, vamos a misa, visitamos templos, cumplimos rituales, repetimos gestos heredados y hasta nos emocionamos en procesiones cuidadosamente organizadas. Para la mayoría de nosotros, la fe se ha convertido en una transacción silenciosa; cumplir para salvarnos, orar para asegurar un lugar, creer para estar reconfortarnos con eso en lo que creemos y que heredamos de nuestras familias o pares.

Mientas sucede, el mundo arde. En plena Semana Santa cientos de misiles caen sobre ciudades donde también se reza. En sitios donde la guerra no se detiene ni siquiera ante los días sagrados: ataques, represalias, desplazamientos, miedo. Mientras unos cargan cruces simbólicas en calles ordenadas, otros cargan a sus hijos en brazos huyendo de bombas reales. Una humanidad capaz de enviar misiones espaciales, pero incapaz de detener una guerra; capaz de desarrollar inteligencia artificial, pero incapaz de sostener la dignidad humana básica. Avanzamos tecnológicamente. Retrocedemos moralmente.

La fe, entonces, deja de ser un acto íntimo para convertirse en una responsabilidad pública, porque ser católico no es asistir, no es cumplir, no es repetir. ¿de qué sirve una fe sin obras? Ser católico es incomodarse, es entender que el mandamiento principal: amar al prójimo, no distingue fronteras, religiones ni nacionalidades. Ese niño que muere bajo una bomba es el mimo que Jesús nos pidió que amáramos como a nosotros mismos, es tan nuestro como el que duerme en nuestra casa. Ese dolor lejano no es ajeno, solo es invisible.

Urge orar, pero no basta. Urge hablar, urge cuestionar, urge no normalizar el sufrimiento convertido en noticia pasajera o en contenido de redes sociales, urge rechazar la idea de que hay vidas que valen más que otras. Porque si la cruz significa algo, significa ponerse del lado del que sufre; y hoy, el que sufre no está en la procesión, está en el silencio de una ciudad bombardeada o en una madre que no entiende por qué su hijo no despierta. Está en un pueblo que no eligió nacer en guerra.

Esta Semana Santa no necesita más incienso, necesita más conciencia.

Dios bendiga a nuestros pueblos, pero también, y con la misma urgencia, a cada niño, mujer y hombre que hoy vive bajo el peso real de una cruz que nosotros, quizás, solo recordamos.

Sobre el autor
Eduardo Caballero

Eduardo Caballero

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