Guardianes de la verdad Opinión
Dayanara Reyes Pujols

Dayanara Reyes Pujols

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Hablar de servicio es hablar de una de las palabras más desgastadas de nuestra cotidianidad. Lo asociamos casi siempre a lo que ofrecen las empresas —una transacción comercial, una atención en un mostrador, un saludo automatizado en un call center—, pero el servicio va mucho más allá. Es, en esencia, la capacidad de responder a las necesidades del otro con respeto, compromiso y humanidad.

El servicio es un valor que nos beneficia a todos porque genera confianza, abre puertas y construye relaciones duraderas. Sin embargo, parece estar en crisis. Y no, no es un asunto exclusivo del mundo corporativo. También tiene que ver con la manera en que nos conducimos como individuos, con nuestra marca personal.

Porque sí, todos somos prestadores de servicio. Cuando cumplimos lo que prometemos, cuando respetamos el tiempo ajeno, cuando escuchamos con atención, estamos dando un servicio. En cambio, cuando evitamos la mirada y preferimos refugiarnos en el celular, cuando contestamos de mala gana, cuando alegamos “el tránsito” como excusa habitual para llegar tarde, no solo fallamos en lo profesional: fallamos en lo humano.

La empatía se ha vuelto un bien escaso. Cada vez es más común la indiferencia frente al caso del otro. No hay tiempo para escuchar, no hay interés por comprender. Y la consecuencia es grave: una sociedad que normaliza la impuntualidad, la falta de respeto y el incumplimiento de la palabra dada.

Nos hemos recostado demasiado en el “estoy full”, “mi agenda está llena”, “no me da el tiempo”. Y mientras tanto, se vive de un incumplimiento a otro. Lo irónico es que todos sabemos lo frustrante que resulta ser víctima de un mal servicio, pero seguimos reproduciendo esas mismas conductas en nuestra vida diaria.

La palabra “servicio” ha perdido valor, precisamente porque no cumplimos con lo que acordamos. Ya no basta con tener una sonrisa en la recepción si al final el compromiso no se sostiene.

Y lo mismo aplica en nuestra marca personal: de nada sirve tener un discurso brillante en redes sociales si en la práctica no devolvemos una llamada, no respetamos los horarios o no damos seguimiento a lo que prometimos.

El servicio, entendido como un acto de respeto y responsabilidad, debería ser parte de nuestro ADN. No requiere grandes inversiones, ni infraestructura, ni campañas publicitarias. Requiere disciplina, empatía y la simple convicción de que el otro importa. Que su tiempo, su necesidad y su expectativa son valiosos.

Recuperar la esencia del servicio es recuperar la confianza en la palabra. Porque al final, la mejor marca que podemos dejar —como empresa o como persona— no es un logotipo ni un título rimbombante, sino la certeza de que cumplimos lo que dijimos.

Quizá sea momento de volver a lo básico: mirar a los ojos, escuchar de verdad, llegar a tiempo, respetar los acuerdos. No se trata de hacer milagros, sino de rescatar el valor de lo simple, lo que realmente sostiene las relaciones humanas y profesionales.

El servicio no es un departamento ni una etiqueta de moda. Es la forma en que elegimos relacionarnos con el mundo. Y hoy, más que nunca, urge devolverle su valor.

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Dayanara Reyes Pujols

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