#SinFiltro redes sociales: ventanas no espejos

Dayanara-Reyes-Pujols-rotated
Las redes sociales se han convertido en parte de nuestra cotidianidad. Compartimos momentos, ideas, pensamientos, logros y hasta silencios. Para muchos, es una manera de expresarse, de conectar con otros, de decir “aquí estoy”. Sin embargo, en medio de todo eso, también se ha ido normalizando algo que no debería: la costumbre de opinar sobre la vida de los demás sin conocer el cuadro completo.
Sí, lo que se publica es público. Eso nadie lo discute. Pero que algo sea público no significa que automáticamente merezca ser juzgado, cuestionado o corregido. Hay una gran diferencia entre ver algo y creerse con derecho a intervenir.
Lo que subimos a redes es una parte de nuestra vida, no su totalidad. A veces es un momento feliz, a veces una reflexión. A veces es simplemente lo que queremos compartir ese día. Pero eso no da permiso para asumir que se conoce toda la historia, ni mucho menos para empezar a emitir juicios.
Y aquí quiero hacer una pausa para dejar una pregunta sobre la mesa:
¿Lo que escribes en redes… lo dirías si tuvieras a esa persona enfrente?
Esa pregunta debería estar presente antes de comentar algo que no ha sido solicitado. Porque muchas veces, la respuesta honesta es no.
Un estudio del Pew Research Center reveló que el 84 % de las personas cree que en redes sociales se dicen cosas que no se dirían en persona. Y según una encuesta de VitalSmarts, el 75 % de los usuarios considera que la cortesía en redes ha disminuido con el tiempo. Las plataformas digitales se han vuelto espacios donde es fácil perder de vista que del otro lado hay un ser humano con emociones, procesos y realidades que no siempre se muestran en un post.
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El fenómeno tiene nombre: desinhibición online. Las personas se sienten más “libres” detrás de una pantalla. No tienen que mirar a los ojos, ni leer el lenguaje corporal del otro. Y eso hace que digan cosas que, en una conversación real, probablemente se guardarían. No es que no tengan derecho a pensar diferente, es que no siempre es necesario decirlo todo. Especialmente cuando no se ha pedido una opinión.
Y eso lo vemos a diario: alguien publica una foto y de inmediato aparecen los “consejos”, los “yo que tú” o los juicios velados disfrazados de preocupación. Con buena o mala intención, se traspasan límites sin considerar el impacto de las palabras.
Las generaciones Millennials y Z han aprendido a moverse en ese mundo digital, a filtrar lo que comparten y a proteger sus espacios. Pero también han tenido que lidiar con el ruido de opiniones que no pidieron. Porque ser visible no implica estar disponible para todo el mundo. Porque expresarse no significa que uno deba tolerar el peso de los juicios ajenos.
Y sí, hay quien dice: “si no quieres que opinen, no lo subas”. Pero ese argumento borra la esencia misma de las redes sociales: compartir. El punto no es dejar de compartir, sino aprender a mirar con empatía. Entender que no todo lo que se ve se comprende, y que a veces, la mejor forma de respetar a alguien es guardar silencio.
Entonces, la próxima vez que veas algo en redes y te sientas con ganas de opinar, pregúntate:
¿Lo diría si estuviera con esa persona cara a cara?
Si la respuesta es no, mejor guarda silencio. No todo lo que se piensa se dice. Y no todo lo que se ve, se entiende.
Las redes pueden ser un espacio para conectar, inspirar, acompañar. Pero solo si aprendemos a mirar con empatía, no con juicio. Porque no todo lo que se ve es lo que es. Y a veces, lo más valioso está en lo que no se muestra.
Por eso lo repito:
Las redes son ventanas, no espejos.
Y desde una ventana se puede mirar…
Pero no entrar sin permiso.