#SinFiltro: Y si hablamos del padre que también dio vida

Dayanara Reyes Pujols
Cada año, en cada homenaje escolar, en cada dedicatoria pública, repetimos la frase “la madre da la vida”. La exaltamos como columna vertebral del hogar, educadora por excelencia, incondicional, sacrificada y omnipresente. Y, sin duda, muchas lo son. Pero hoy quiero hablar de los padres que también han dado vida. De los que no solo estuvieron, de los que marcaron, formaron y transformaron.
Lo digo en presente, aunque el mío ya no esté físicamente. Porque, a pesar de su ausencia, su voz sigue dentro de mí, guiándome en decisiones importantes, motivándome cuando estoy agotada, empujándome hacia lo correcto cuando me siento tentada por lo fácil.
Mi papá me enseñó a amar la lectura. Se sentaba a hacer las tareas conmigo. Y todavía hoy, cuando me toca acompañar a mi hijo en sus deberes escolares, siento que repito su tono, su mirada, su forma de explicar. El legado de un buen padre no termina nunca. Se multiplica.
Me enseñó que el trabajo dignifica, pero que la vida es más que trabajar. Me modeló la disciplina, el respeto a mí misma, la ética como forma de vivir. Fue emprendedor cuando esa palabra ni siquiera se usaba en la cotidianidad. Luego fue empresario, sin perder la ternura, sin abandonar la mesa del comedor, sin dejar de ser padre en esencia. Y eso, en su época, ya era disruptivo.
Visionario con corbata y con corazón
Pero esta columna no es solo sobre él. Es sobre todos los padres que han sido relegados a un rol secundario en el imaginario colectivo. De quienes se espera que provean, pero no que críen. De quienes, aunque críen con amor, no se les reconoce.
Los medios, la escuela, y hasta las mismas familias han colocado al padre como figura decorativa o funcional: el que paga, el que corrige, el que lleva al médico. Pero no como el que abraza, escucha, guía, organiza, inspira y se involucra profundamente en la crianza.
Y sí, hay padres ausentes. Y hay padres violentos. Y hay padres negligentes. Como hay madres también que han fallado. Pero eso no debería impedirnos ver, visibilizar y celebrar a los que sí están, a los que sí aman, a los que sí cuidan, a los que sí educan.
¿Por qué no se habla más del padre que llora en silencio cuando su hijo enferma? ¿Del que sale del trabajo corriendo para llegar al acto escolar?
¿Del que aprende a peinar con tutoriales de YouTube o carga mochilas con dibujos animados? ¿Del que cría en solitario o en paridad, y no como ayudante sino como pilar?
A ellos, no les damos suficientes titulares.
La paternidad no es un favor, es una forma de amar
Ser un padre presente no es una excepción. Es una revolución diaria. Una elección constante de priorizar, de sensibilizarse, de dejar de ver la autoridad como control y empezar a verla como guía.
Los nuevos modelos de paternidad no nacen por moda ni por corrección política. Nacen porque hay hombres que han decidido reaprender, involucrarse, acompañar, y asumir con conciencia el papel que antes se delegaba.
Y no hablo solo de quienes están casados o viven con sus hijos. Hay padres separados que ejercen una paternidad impecable. Hay abuelos que han asumido el rol sin dudarlo. Hay tíos, padrastros, hermanos mayores, incluso amigos, que han sido esa figura paterna esencial para muchos.
Porque padre no es solo el que engendra. Es el que elige estar.
El padre también da vida
Hoy quiero decirlo con todas sus letras: mi padre me dio la vida también.
No solo biológicamente, sino espiritualmente, emocionalmente, éticamente.
Me dio libros, me dio estructura, me dio principios, me dio ternura, me dio criterio.
Y sé que no soy la única. Conozco muchos hombres extraordinarios, sensibles, comprometidos, que lo están dando todo por sus hijos. Y lo hacen en silencio, sin aplausos, sin reconocimiento, como si fuera lo mínimo esperado… cuando en realidad están construyendo una sociedad distinta.
Este Día del Padre no quiero repetir el cliché de “felicidades al mejor papá del mundo”. Quiero decir algo más incómodo, más real y más necesario:
Ya es hora de hablar de los padres con la misma profundidad, respeto y admiración con la que hablamos de las madres. Porque sin ellos, muchos de nosotros no seríamos quienes somos. Y eso también se llama dar vida.
Hablar del valor de los padres no les quita valor a las madres. Solo rompe el silencio sobre una figura que, cuando ha sabido estar, ha transformado vidas. Hoy, esta columna es para ellos. Los que han sido más que proveedores. Los que también han dado vida.