Violencia
Sobran las razones
Sobran las razones para estar preocupados por el ambiente de violencia que se vive en varios continentes ante millones de miradas complacientes.
Arte
A mediados del siglo pasado, era natural ver a jóvenes y adultos con un cigarrillo o una pipa echando bocanadas de humo de tabaco desde primeras horas de la mañana y a lo largo del día. Recuerdo que uno de los regalos más frecuentes que recibía mi bisabuela materna consistía en un paquete de los entonces famosos cigarros Aurora, de La Tabacalera. En el baúl de mi memoria vislumbro, allá por los años sesenta, a mi distinguido catedrático de psiquiatría en el paraninfo de la facultad de medicina dictando sus clases con un cigarrillo entre los dedos, cuya mano se llevaba a los labios con la frecuencia exacta del mejor reloj. El adolescente que cumplía 18 años lo evidenciaba con la señal de fumar en público. A nadie asombraba que muchos adultos tuvieran una tos productiva crónica o que mucha gente padeciera de bronquitis. Los jarabes expectorantes se vendían sin receta en todas las farmacias de entonces.
Una nueva panorámica se vive más de sesenta años después, casi a nivel planetario. En centros urbanos y rurales del mundo se puede ver a niños, jóvenes y adultos sentados o deambulando, con la vista fija y el oído pendiente de la pantalla de un teléfono inteligente, enviando o recibiendo mensajes de voz e imagen. Todo ello de forma tan natural que se desplazan sin chocar ni interferir durante la locomoción. Cada persona marcha ensimismada en su celular, sin que parezca importarle un comino lo que sucede a su alrededor. En el autobús, el tren e incluso al conducir, vemos a personas desplazarse con la vista fija en la pantalla rectangular.
Tan distraída y enajenada está la gente que vive la tragedia como una comedia de entretenimiento. Los sucesos que ayer asombraban y preocupaban a todos, hoy se experimentan con un morbo complaciente que se comparte con las amistades afines. Temas que antes eran intimidades de pareja, ahora circulan por las redes a la velocidad del rayo, contagiando hasta a las almas que están por nacer. Nada es privado y todo es común. Menores y adultos consumen productos mediáticos que otrora estaban restringidos a personas maduras.
Las guerras, con sus catastróficas consecuencias, en vez de generar un rechazo total y universal, son seguidas como una serie de entretenimiento de Netflix. El dolor y el sufrimiento humano se viven como un espectáculo adictivo. Los terremotos, huracanes, inundaciones y los accidentes aéreos ya no generan dolor ni piedad, sino más bien curiosidad.
Habiendo vivido otras épocas y estableciendo comparaciones, podemos concluir que el Homo sapiens ha ampliado su visión al tiempo que ha perdido gran parte de su sensibilidad humanista, hasta convertirse en un solista que se autocomplace con un narcisismo extraordinario. No perdemos la esperanza de que, como moda al fin, este período evolucione hacia otro en el que el ser social despierte, abra los ojos y mire a sus semejantes con amor, sin odio ni temor, sino como parte de la hermandad terrenal unida a la madre naturaleza.
Mientras tanto, sobran las razones para estar preocupados por el ambiente de violencia que se vive en varios continentes ante millones de miradas complacientes.