#SinFiltro
Sororidad de vitrina
¨ Hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres¨
Imagen creada con IA
Hace un tiempo que la palabra "sororidad" se nos ha instalado en el vocabulario, en los hashtags y en las selfies grupales. Nos presentamos en redes sociales, en equipos de trabajo y en círculos de amigas, mostrándonos como la personificación de la hermandad femenina. Pero, ¿somos realmente sororas o solo lo somos para la foto, para la cuota social o para lo que la sociedad espera de nosotras?
Es hora de quitarle el filtro a la sororidad y hablar de la que yo llamo la "Sororidad de Vitrina": esa que se ejerce desde la conveniencia, el juicio o, peor aún, la indiferencia cómoda, solo para mantener la imagen pública.
La sororidad no es una camisa de fuerza que deba ajustarse a mis horarios, mis finanzas o mis paradigmas. Es un acto de descentralización de mi propio ego para entender la realidad de la otra, sin condiciones.
Ejemplos del anti-sororo
Observemos de cerca tres ejemplos que, aunque parecen gestos neutros o de simple organización, revelan la grieta en nuestra supuesta hermandad:
Cuando rompes una sociedad o un proyecto con una colega y deliberadamente postergas la parte económica que le corresponde, te acomodas tú primero, aseguras tu proyecto y, después, si sobra tiempo, resuelves su situación. Esto no es organización, es aprovechamiento. Es priorizar mi bienestar económico sobre la supervivencia y el trabajo legítimo de mi ¨hermana¨. ¿Dónde queda el sostén mutuo si el mío va primero?
Esa que surge bajo la premisa de: “Yo puedo ayudarte con tu hijo, pero solo hasta las 4:00 p.m. o si lo traes a casa, - y la realidad es que salgo a las 5 de mi trabajo-. ¿Qué pasa en esa hora con mi hijo? Se intenta "ayudar" desde otra realidad, con la calculadora en mano, midiendo al milímetro que el esfuerzo no me afecte. No es un sacrificio ofrecer una hora que, de todas formas, tenías libre. La ayuda real incomoda y desborda; si mi socorro tiene fecha y hora de expiración que me convenga, solo estoy haciendo un favor limitado, no ejerciendo la sororidad.
Buscas un espacio de empatía con una amiga para desahogar una carga pesada (la crianza, el matrimonio, un desafío laboral) y sus respuestas son puñaladas de autocomplacencia: "Gracias a Dios mis hijos nunca me han hecho eso" o "A mí la maternidad no me ha impactado así." No te está ayudando, te está juzgando desde su privilegio. La empatía empieza por la frase: "Te entiendo, debe ser muy duro", aunque mi vida sea completamente diferente.
Sé que para muchas mujeres al leer este #SinFiltro dirán que estos ejemplos son reflejo de mis propias carencias y limitaciones. No las niego. Pero son también las tuyas, mujer, que no eres capaz de ponerte en los zapatos del otro y salir de tu zona de confort.
Siempre será fácil hablar desde afuera, desde mi vida perfecta, mi cuenta bancaria estable o mi maternidad idílica, sin estar en el día a día de la otra mujer. Y es precisamente esta falta de apoyo real la que nos confronta con una cruda verdad que va más allá de un simple hashtag.
La propia Madeleine Albright, la primera mujer secretaria de Estado de EE. UU. y referente mundial de liderazgo femenino, lo expresó con contundencia: "Hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres."
¿Estamos nosotras, con nuestros juicios y ayudas limitadas, reservando ese lugar especial?
Sororas, sí. Pero, ¿sororas para quienes lo necesitan o para lo que busca la sociedad?
No me sirven de nada tus ayudas limitadas, tus juicios y tus paradigmas de vida. Yo ya estoy trabajando arduamente en los míos. Lo que necesito de ti, colega, amiga, hermana, es una empatía que duela un poco, un sostén que no me juzgue y una mano que no me cobre. La verdadera hermandad no se publica; se siente.