Estados Unidos
El sueño frío de Trump y la lógica económica sobre Groenlandia
Groenlandia es hoy una pieza clave en el tablero geopolítico del Ártico, pues está dejando de ser una frontera helada y remota para convertirse en un espacio estratégico de creciente relevancia.
El presidente de EEUU, Donald Trump, durante su conferencia en la Casa Blanca. AP
Por Rolando M. Guzmán
Cuando el presidente Donald Trump expresó —con su estilo tan proclive a la grandilocuencia— la intención de que Estados Unidos se apoderara de Groenlandia, la reacción fue una mezcla de burla, indignación y diagnósticos improvisados sobre su salud mental. Para muchos, la idea evidenció un delirio imperial decimonónico o una aspiración impropia del mundo moderno, que solemos imaginar regido por consensos, normas y respeto a las sensibilidades de los pueblos. Sin embargo, si la propuesta se somete a la lógica del análisis económico, deja de parecer absurda y pasa a ser, al menos, comprensible.
Groenlandia es hoy una pieza clave en el tablero geopolítico del Ártico, pues está dejando de ser una frontera helada y remota para convertirse en un espacio estratégico de creciente relevancia. El progresivo deshielo no solo modifica el paisaje físico, sino también el cálculo económico y geopolítico: abre rutas marítimas potencialmente más cortas entre Asia, Europa y América del Norte, y expone reservas de minerales críticos esenciales para la transición energética y la industria militar. El valor estratégico de la isla reside, no en los flujos actuales, sino en las opciones que habilita en el futuro cercano. En ese contexto, el interés estadounidense en Groenlandia es estructural, no personal ni circunstancial.
Nada de esto es nuevo. Desde la compra de Luisiana en 1803 hasta la adquisición de Alaska en 1867, la historia estadounidense revela una recurrencia de decisiones territoriales guiadas por cálculos estratégicos de largo plazo. En ese mismo registro se inscriben los intentos de adquirir Groenlandia, con propuestas formales en 1867 y nuevamente en 1946. En ambos casos, el interés no prosperó porque los beneficios estratégicos eran limitados y los costos políticos y fiscales resultaban elevados. Hoy, el balance es distinto: la zona ha dejado de ser un espacio marginal y se ha convertido en un ámbito central de competencia entre grandes potencias. En ese sentido, Trump no inventa nada; expresa en voz alta —y al margen del lenguaje de la diplomacia clásica— una aspiración presente en círculos estratégicos estadounidenses desde hace más de un siglo.
Una forma útil de pensar el problema es a través del llamado Teorema de Coase, formulado en la década de 1960 por Ronald Coase, quien recibiría el Premio Nobel de Economía en 1991. El teorema sostiene que, cuando los derechos de propiedad están claramente definidos y los costos de transacción no son prohibitivos, las partes pueden alcanzar acuerdos mutuamente beneficiosos mediante la negociación, sin necesidad de coerción e independientemente de cómo se distribuya inicialmente la propiedad. La implicación es relativamente clara: si Estados Unidos asigna a Groenlandia un valor estratégico mayor que el que le asignan Dinamarca y los propios groenlandeses —en términos de seguridad, inversión e ingresos futuros— existe, al menos en principio, un espacio para una negociación voluntaria que genere beneficios para todas las partes.
En esas condiciones, el desenlace más plausible no sería una anexión forzada ni una escalada militar —opciones que serían política, legal y éticamente inaceptables— sino algún tipo de acuerdo negociado, cualquiera que sea la forma institucional que adopte. Para Dinamarca, un arreglo de este tipo tampoco tendría por qué interpretarse como una derrota. Mantener Groenlandia implica costos fiscales significativos y responsabilidades de defensa que, en un entorno internacional volátil, adquieren un peso considerable. Un acuerdo que garantice inversiones sustanciales y una compensación económica podría verse como un resultado pragmático, no como una claudicación.
Por supuesto, este caso dista mucho del mundo idealizado de la teoría económica. Los costos de transacción son elevados, y no solo por razones culturales o jurídicas. También lo son por sus implicaciones geopolíticas más amplias: cualquier cuestionamiento explícito a la soberanía danesa genera fricciones dentro de la alianza entre Estados Unidos y Europa, erosionando un entramado de cooperación que ha sido central durante décadas. Desde esa perspectiva, no es obvio que el objetivo de “adquirir” Groenlandia sea la vía más eficiente para alcanzar los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Esto abre, además, una objeción razonable: dada la profundidad de la alianza transatlántica, Estados Unidos ha sido históricamente capaz de asegurar buena parte de sus objetivos estratégicos en Groenlandia sin cuestionar formalmente la soberanía danesa, ya sea mediante presencia militar, acuerdos de defensa o arreglos económicos específicos. ¿Por qué, entonces, plantear una posición tan extrema? Una posible respuesta es que comenzar desde un anclaje extremista amplía el espacio de negociación y facilita concesiones posteriores. La validez de esa estrategia no es evidente, pero su lógica es conocida en procesos de negociación complejos y ayuda a explicar el tono de la propuesta inicial.