Tiempo
Tempus fugit
Tempus fugit: todo cambia, nada permanece igual; hoy no es ayer, y el mañana tampoco será como el hoy. Mucha gente se equivoca al creer que el mundo de ahora es igual al que conocieron nuestros antepasados.
Retrato
Al poeta romano Virgilio, nacido 70 años antes de la Era Cristiana, se le atribuye la expresión que da título al presente trabajo. La frase aparece registrada en las Geórgicas, publicadas en el año 29 antes de Cristo. Un inolvidable colega, patólogo forense, a quien conocí en Puerto Rico a mediados de los setenta del siglo pasado, solía detenerse frente a un reloj antiguo —una reliquia histórica que aún poseemos— para leer en voz alta el vocablo impreso en la esfera del viejo despertador.
Medio siglo después, aquel grabado y la voz perdida del amigo generan en mí un extraño sentimiento de nostalgia por el entrañable hermano desaparecido. Luego, al meditar sobre la obra filosófica Ser y tiempo del pensador alemán Martin Heidegger, publicada en 1927, regresa el recuerdo. El hermano José tenía una memoria muy especial; grababa anécdotas contadas o vividas con una exactitud extrema. Solía ser reiterativo, y en los inolvidables encuentros sociales le venían a la mente esas vivencias, que narraba con la emoción y el ritmo de una primicia.
¡Cuántas primaveras transcurridas! El recuerdo permanece como una imagen grabada en formato de vídeo que se proyecta automáticamente cada vez que miro con detenimiento la faz del medidor del espacio-tiempo. Albert Einstein, con su fórmula física —la energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad—, nos revela que el tiempo varía a medida que nos aceleramos o desaceleramos. De niños, esperábamos con gran anhelo las festividades de Navidad y Año Nuevo en familia. Sentíamos que el tiempo se alargaba demasiado. Inocentemente, solíamos preguntar en primavera cuánto faltaba para que llegara la Nochebuena. Mi madre nos decía que dejáramos de pensar en diciembre cuando todavía estábamos en abril. ¡Cuán distante veíamos la fecha!
Hoy vemos la extraordinaria rapidez con la que transcurre la vida. Los hechos acontecen en intervalos tan cortos que apenas nos permiten disfrutarlos. Las cosechas anuales nos parecen trimestrales, y ese relativismo se invierte cuando algo nos duele. El sufrimiento parece interminable, en tanto que los momentos de goce espiritual pasan aceleradamente. Cuando estamos absortos en la meditación, las horas se transforman en minutos, y estos últimos se convierten en segundos.
Quienes hemos dedicado gran parte de nuestra existencia a la docencia de posgrado en el siglo XXI nos vemos en la obligación de advertir al alumnado sobre la transitoriedad de las categorías y la fragilidad conceptual. Les decimos que, por el momento, entendemos tal o cual temática a través de determinada formulación, pero que deben estar prestos a modificarla tan pronto se publiquen nuevas y confiables aseveraciones.
Tempus fugit: todo cambia, nada permanece igual; hoy no es ayer, y el mañana tampoco será como el hoy. Mucha gente se equivoca al creer que el mundo de ahora es igual al que conocieron nuestros antepasados. De ahí la necesidad de conocer la historia. Debemos estar prestos a reajustar nuestras acciones de acuerdo con las necesidades del presente, a sabiendas de que mañana —que es ahorita— estaremos frente a otra dinámica existencial. En todo esto, se nos acorta y consume el espacio vital. Nada es eterno; nacer y morir es ley de vida. En cada momento hagamos lo correcto con apego a nuestras convicciones morales, derivadas de una ética ecológica universal.