Todología con drogas y debate
TONY PÉREZ
Vivimos en el reino de los loros. Y que nadie piense que deseamos un gobierno de los mudos, aunque también tienen derecho. El problema es de farandulización de la vida pública a través de una suerte de todólogos que parecen disputarse el detestable trono de quien más hable sin sentido. Nada más parecido a un concurso televisual de corte sensacional.
Conozco a un amigo que asiste con pasión febril a cualquier sitio donde haya más de dos personas. Y allí se levanta.
Sube la voz. Desorbita los ojos. Le brotan las lágrimas. Se arrodilla. Habla. Habla. Habla. El asunto es hablar sin importar el tema. Luego sale orondo a preguntarle a la audiencia: ¿Cómo lo hice? Complacen su ego y entonces él se siente líder, pese a que pocas veces su discurso es coherente con la agenda del momento y a menudo lo perciben como irreflexivo, ruidoso e insufrible.
La historia sería de poca trascendencia si no se repitiera muchas veces en sujetos de nuestra sociedad del siglo XXI, tiempo que sin embargo exige una eficaz administración de la conversación con las audiencias para lograr los objetivos y metas planteados y posicionarnos en el corazón de la gente.
Es recurrente en la política, en el arte, en la academia, en los deportes. Hasta en los colmadones y bares se siente esa plaga. Hay gente que habla de todo y todo el tiempo.
Pocos advierten empero que ese es el más efectivo método de ocultación de la realidad. O sea, un camino equivocado que niega a la población la posibilidad de comprender su contexto.
La moda del momento es, por ejemplo, aprovecharse de la ignorancia de las audiencias, teorizar sobre sondeología y tildar de drogadictos a los contrarios o insinuar esa condición a terceros mediante acusaciones directas o sugeridas. La propuesta de pruebas antidoping en plena campaña electoral es un ejemplo. Algo parecido a lo que pasaba antes con la acusación de comunista para descalificar o poner en lista de muertos a los contrarios.
A veces me pregunto cuántas personas de las que critican con dureza incomparable los sondeos de opinión están en capacidad para hacerlo. Y no es que no tengan derecho a dudar de resultados por la aplicación de esa técnica de investigación, pues ha llovido mucho y muy variado desde que la Gallup Organization comenzó a usarla a principios del siglo pasado. De lo que se trata es de ganarse el derecho para criticar apropiándose de los conocimientos elementales sobre esta herramienta, porque así no haríamos el ridículo y en cambio contribuiríamos a la construcción de una opinión pública saludable.
Sobre los sondeos, baste con citar dos de las frases más socorridas entre esa generación de críticos: «A mí nunca me han entrevistado para esa encuesta», «1,200 personas es una muestra muy pequeña para tanta gente». Son argumentos vacíos y sin base científica que no resisten la mínima refutación, por tanto sólo son pasables en ágrafos, jamás perdonables en operadores semánticos y multiplicadores de discursos que tienen el privilegio de haber pasado por una academia y usar los espacios mediáticos.
Parte del trajinar político típico también es la droga.
Pese a que hay organismos estatales que tienen la responsabilidad de controlar ese problema, cualquier desautorizado se monta en ese tren para sacar ventaja política. Con ella estigmatizan al otro en lo que se averigua el caso. La etiqueta de drogadicto o narcotraficante pesa como la cruz que, dicen, tuvo que cargar Jesús. No es que sea malo per se plantear ese problema en la coyuntura política; lo que aterra es el bajo grado de sinceridad con que introducen el tema con todo lo que subyace en él, incluido el pestilente olor a chantaje y una potente capacidad de generalización.
Citemos un caso que nos invita a extremar los cuidados en el tratamiento de tan espinoso tema: Una persona atropella con su vehículo a un niño. Ante la tragedia, cae en depresión y en las drogas. Con el apoyo de un terapeuta sale del trance y se integra a la vida profesional y a la política. Retorna a su excelencia. La pregunta es: ¿Un antidoping positivo la descalifica moralmente y la imposibilita para hacer vida pública? Por estar en moda, muchos piensan que sí, pero no. Se parece al caso de la mujer divorciada, a quien muchos hombres le restan calidad por esa condición. Como ven, estamos ante visiones tubulares de problemas que tienen conexiones más amplias.
Igual pasa con los debates. Serían más interesantes si algunos sectores políticos no los pensaran sólo para entrar en la vieja moda estadounidense y si contáramos con una verdadera opinión pública capaz de discernir y orientar sus decisiones respecto a políticos y gobierno a partir de una evaluación reflexiva, como sucede en Estados Unidos.
No hay mejor forma de perder el tiempo que banalizar cuestiones de vital interés para la sociedad. Y aquí hay gente que desea banalizarlo todo. O corromperlo todo a través de su todología. Y cuando una sociedad se corrompe, como decía el poeta, el lenguaje se gangrena. Quizás eso pasa hoy.