Política exterior
Trump y la Trampa de Tucídides
Desde la perspectiva tucídidea, este enfoque refleja la ansiedad de una potencia establecida ante un desafío estructural a su primacía.
Donald Trump
La política exterior de Donald Trump en su segundo mandato se ha desarrollado en un mundo mucho más fragmentado y abiertamente competitivo que el que heredó en 2017. El lenguaje de la “competencia entre grandes potencias”, que antes se debatía en centros de estudios estratégicos, se ha convertido en el principio organizador de la estrategia estadounidense. El crecimiento económico y militar de China ha continuado, Rusia mantiene una postura confrontacional y las potencias regionales buscan diversificar sus alianzas. En este contexto, el regreso de Trump a la Casa Blanca ha reforzado los ejes que definieron su primer mandato —soberanía nacional, diplomacia transaccional y escepticismo hacia el multilateralismo—, ahora con mayor claridad y urgencia. Vista a través del prisma de la “Trampa de Tucídides”, su estrategia en el segundo mandato puede interpretarse como un intento de gestionar, y quizás contener, la tensión estructural entre una potencia dominante y un rival en ascenso.
Para comprender la relevancia de la Trampa de Tucídides, es necesario recordar su contexto histórico. El concepto proviene del historiador griego Tucídides, quien narró la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta en el siglo V a. C. Tucídides escribió célebremente que “fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. El rápido crecimiento de la riqueza y del poder naval ateniense amenazó la posición de Esparta como potencia establecida. El miedo, los errores de cálculo y las alianzas mal gestionadas transformaron la rivalidad en un conflicto abierto. En tiempos modernos, el politólogo Graham Allison retomó esta idea, argumentando que cuando una potencia emergente desafía a una dominante, la tensión estructural suele incrementar el riesgo de guerra. Señaló casos como el ascenso de Alemania antes de la Primera Guerra Mundial. La trampa no implica que la guerra sea inevitable; advierte, más bien, sobre los peligros de una competencia mal gestionada.
En el segundo mandato de Trump, el ascenso de China continúa siendo el factor estructural central que moldea la política estadounidense. Su administración ha profundizado la competencia estratégica, ampliando los controles a las exportaciones de semiconductores avanzados, endureciendo las restricciones a las inversiones estadounidenses en sectores tecnológicos sensibles y fortaleciendo procesos de “desacoplamiento” económico en áreas consideradas críticas para la seguridad nacional. El enfoque se centra menos en el compromiso y más en la protección y la resiliencia. Trump presenta estas medidas no como actos de agresión, sino como pasos necesarios para defender la industria, el liderazgo tecnológico y las cadenas de suministro estadounidenses frente a un rival estratégico.
Desde la perspectiva tucídidea, este enfoque refleja la ansiedad de una potencia establecida ante un desafío estructural a su primacía. Estados Unidos conserva ventajas económicas y militares significativas, pero la trayectoria de China cuestiona supuestos históricos sobre la hegemonía estadounidense. La estrategia de Trump busca ralentizar el avance chino en sectores clave mientras impulsa la reindustrialización y el fortalecimiento de la base productiva interna. En teoría, reforzar la fortaleza doméstica podría reducir vulnerabilidades y ayudar a evitar la trampa. Sin embargo, cuanto más se intensifica la narrativa de la competencia, mayor es el riesgo de que ambas partes interpreten medidas defensivas como amenazas ofensivas.
El segundo mandato también ha intensificado la presión sobre los aliados. Trump continúa exigiendo un mayor reparto de cargas dentro de la OTAN y ha vinculado de forma más explícita los compromisos de seguridad a aportes financieros concretos. En Asia, ha alentado a aliados como Japón y Corea del Sur a aumentar su gasto en defensa y asumir un papel regional más activo. Si bien algunos socios valoran un enfoque más claro en la disuasión frente a China, otros perciben una mayor incertidumbre estratégica. En la lógica de la Trampa de Tucídides, las alianzas son fundamentales para gestionar la rivalidad; sin embargo, si los aliados consideran que los compromisos estadounidenses son meramente transaccionales, la confianza puede erosionarse.
La política comercial ilustra esta tensión. El uso renovado de aranceles, incluso contra aliados, refleja la convicción de Trump de que el poder económico es una herramienta central de negociación. Argumenta que la equidad comercial y la seguridad nacional están interrelacionadas. No obstante, los socios internacionales suelen interpretar los aranceles justificados por razones de “seguridad nacional” como señales de desconfianza. Esto dificulta la construcción de una coalición coordinada que podría resultar clave para influir en el comportamiento de China. En la Grecia antigua, las alianzas podían tanto disuadir como arrastrar a los Estados hacia conflictos. En el mundo actual, las redes de alianzas pueden estabilizar el sistema, pero solo si existe confianza mutua.
Al mismo tiempo, la política exterior de Trump refleja una tendencia global más amplia hacia el nacionalismo y la revisión crítica de la globalización. Muchas economías buscan mayor autonomía estratégica. El énfasis en la relocalización de cadenas de suministro y en la soberanía económica se inserta en este contexto. Sus partidarios sostienen que esta recalibración reconoce una realidad geopolítica más competitiva y prepara a Estados Unidos para una rivalidad prolongada. Sus críticos, en cambio, argumentan que debilitar los marcos multilaterales podría fragmentar el orden internacional que ha sustentado décadas de estabilidad relativa.
Las implicaciones para el orden mundial son profundas. Desde 1945, el liderazgo estadounidense ha sido un pilar de un sistema internacional liberal basado en mercados abiertos, instituciones internacionales y alianzas de seguridad. El segundo mandato de Trump no elimina este sistema, pero lo redefine. El comercio deja de concebirse exclusivamente como un beneficio mutuo y pasa a verse como un instrumento estratégico. Las instituciones internacionales se valoran en función de su utilidad directa para los intereses nacionales. La soberanía adquiere mayor peso frente a la gobernanza supranacional. En esencia, Estados Unidos transita de garante de un orden liberal a gestor de una competencia estratégica.
El riesgo, desde la perspectiva de la Trampa de Tucídides, radica en la posibilidad de una escalada derivada de errores de cálculo. Sanciones económicas, restricciones tecnológicas y movimientos militares pueden interpretarse de manera distinta en Washington y en Pekín. En un mundo con armas nucleares y alta interdependencia económica, incluso crisis limitadas pueden tener repercusiones globales. Trump ha reiterado que busca evitar una confrontación militar directa, privilegiando instrumentos económicos y tecnológicos. Sin embargo, cuanto más intensa sea la rivalidad, más estrecho será el margen para evitar incidentes mayores.
No obstante, sería simplista considerar la política exterior de Trump únicamente como confrontacional. También refleja la intención de corregir vulnerabilidades estructurales. Al fortalecer la industria nacional, promover la independencia energética y exigir mayor responsabilidad a los aliados, la administración busca disuadir conflictos más que provocarlos. La Trampa de Tucídides no es un destino inevitable. La historia ofrece ejemplos de transiciones de poder gestionadas pacíficamente, como el paso gradual del liderazgo global del Reino Unido a Estados Unidos, donde intereses compartidos y diplomacia prudente mitigaron tensiones.
La cuestión central es si la estrategia del segundo mandato fortalecerá o debilitará a Estados Unidos a largo plazo. Si logra combinar resiliencia interna con cohesión aliada, podría contribuir a gestionar la transición hacia un mundo más multipolar sin desembocar en un conflicto mayor. Si, por el contrario, erosiona la confianza de los aliados y acelera la formación de bloques rivales, los riesgos aumentarán. El segundo mandato amplifica los rasgos del primero: realismo sobre idealismo, soberanía sobre multilateralismo y competencia sobre integración.
En definitiva, la política exterior de Trump en su segundo mandato se inscribe en el drama estructural que Tucídides describió hace más de dos mil años: una potencia emergente desafía a otra establecida; el miedo influye en las decisiones; las alianzas se reconfiguran; y los líderes deben equilibrar ambición y prudencia. El desenlace no está predeterminado. Evitar la trampa requiere claridad estratégica, contención diplomática y confianza entre aliados. La capacidad de Estados Unidos para competir firmemente con China sin cruzar el umbral de la confrontación directa definirá no solo el legado de Trump, sino también el futuro del orden global.
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VIRGILIO MALAGÓN ALVAREZ