¿Vale la pena?
La civilización actual no es diferente de la antigua. No hay nada nuevo bajo el sol. Los seres humanos tenemos las mismas características: dos brazos, dos ojos, dos, manos, dos pies.
Papá me preguntó cómo es Venezuela, cuando fui a vivir a la patria de Bolívar y Andrés Eloy Blanco, y mi respuesta fue: “Igual que allá, la gente tiene dos brazos, dos pies, etc.”
Desde siempre hubo corrupción. Líderes ladrones, cobardes y abusadores, militares asesinos y ladrones, médicos que traficaban con su profesión y maestros que enamoraban y abusaban de sus alumnas y sacerdotes que abusaban de su influencia para cohabitar con hembras y con hombres. Es la historia de la humanidad, ni más, ni menos.
Como aficionado a la historia y al desarrollo de la humanidad, pienso, como dijo el pensador, “nada humano me es ajeno”
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Si se pasa una raya que divida nuestra sociedad en antes y después, algo que hacemos todos los días, notaremos que caminamos a una velocidad aterrorizante hacia la perversión, hacia, la deriva, hacia el abismo social y moral.
El uso de drogas narcóticas, introducido y maximizado por las tropas norteamericanas en su tercera ocupación militar de Santo Domingo en el siglo pasado, ha logrado su objetivo estratégico: quebrar la moral patriótica de la juventud.
La fuerza del formidable aparato de propaganda y publicidad de los Estados Unidos ha impuesto en el mundo vestidos, modos de vestir, de calzar, ha creado estereotipos copiados en el mundo entero, salvo alguna comunidad pequeña y remota del lejano oriente o de profundos y olvidados parajes de África.
Ahora se saben las noticias con una velocidad tan rápida que somos informados prácticamente en el momento en que ocurren los hechos. La ventaja es que, ahora, la información vuela hasta los teléfonos móviles.
Ello permite que mentes fuera de sí de personas sin límites morales usen los mejores vehículos para mantener relaciones entre uno y otros, para propagar sus fechorías.
Es aberrante, condenable, imperdonable, que un grupo de jóvenes retenga, drogue y pervierta de tal modo a una joven a quien rapte, engañe, viole en grupo, filme los abusivos y criminales actos y luego con una actitud de “si te vi no me acuerdo”, se retiren a sus casas, como si nada hubiera ocurrido.
Como la originalidad no es propia de los delincuentes, otro grupo, en otra región y alguno de forma personal, han repetido los delitos que comento.
Mi gran preocupación es qué pena, además de la castración química, cabe a esos abusadores, a esos criminales exhibicionistas. ¿Los vamos a mandar a las cárceles para alimentarlos y curar sus enfermedades durante 30 o 40 años? ¿Vale la pena?