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Venezuela, la urgencia de escuchar, interpretar y no repeti

El problema no es solo lo que se dice sobre Venezuela, es cómo se dice y desde dónde se dice.

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Hablar de Venezuela se ha convertido, para muchos, en un ejercicio automático. Se repiten titulares, se comparten videos, se citan discursos y se adoptan posturas con una rapidez que no siempre va acompañada de comprensión.

La crisis venezolana aparece y desaparece de la agenda mediática como si fuera un tema recurrente más, cuando en realidad es una de las historias más complejas y aleccionadoras de la región.

El problema no es solo lo que se dice sobre Venezuela, es cómo se dice y desde dónde se dice.

Hoy convivimos con narrativas construidas por medios de comunicación, amplificadas por redes sociales y reforzadas por líderes políticos que, muchas veces, hablan más para su audiencia que para la verdad.

En ese ruido constante, escuchar se vuelve un acto raro; interpretar, un esfuerzo; y analizar, casi un lujo. Sin embargo, es precisamente eso lo que más necesitamos.

Escuchar no es asentir ni repetir. Escuchar implica reconocer la complejidad del otro, entender los procesos y aceptar que una crisis de esta magnitud no se explica en un tuit, ni se resuelve con consignas.

Venezuela no es solo un nombre propio ni una disputa entre potencias. Es el resultado de decisiones acumuladas, errores normalizados, silencios oportunos y una institucionalidad debilitada durante años.

Interpretar, por su parte, exige contexto. Exige preguntarnos por las causas antes de juzgar las consecuencias. Exige distinguir entre información y propaganda, entre análisis y opinión interesada. Cuando renunciamos a interpretar, nos convertimos en replicadores de discursos ajenos, muchas veces diseñados para simplificar la realidad o manipular emociones.

Y analizar implica ir un paso más allá: reconocer patrones, identificar advertencias y conectar la historia venezolana con nuestra propia historia latinoamericana.

Porque Venezuela no es un caso aislado. América Latina tiene una memoria política marcada por populismos, autoritarismos, desigualdad estructural, fragilidad institucional y una relación ambigua con el poder. Ignorar esa historia nos condena a repetirla bajo nuevos nombres y nuevas banderas.

Con demasiada frecuencia creemos que “eso no nos puede pasar”. Que nuestras instituciones son más fuertes, que nuestros líderes son distintos, que nuestras democracias están garantizadas. La historia regional demuestra lo contrario. Ningún país está exento cuando la ciudadanía deja de exigir, cuando se normaliza el abuso, cuando se sustituye el pensamiento crítico por la lealtad ciega.

Las redes sociales han profundizado este problema. En ellas, la complejidad pierde terreno frente a la viralidad. Los algoritmos premian la indignación, no la reflexión. Así, la crisis venezolana se consume como contenido: fragmentada, descontextualizada y emocionalmente cargada. El resultado no es mayor conciencia, es mayor polarización.

A esto se suma el papel de los liderazgos políticos. Cuando los pronunciamientos sobre Venezuela se utilizan como herramienta de posicionamiento interno o externo, el foco se desplaza de las personas afectadas a la narrativa que más conviene. Y cuando los ciudadanos aceptan esos discursos sin cuestionarlos, el análisis desaparece.

Por eso, más que tomar partido inmediato, necesitamos tomar distancia crítica. No para ser indiferentes; más bien, para ser responsables. La solidaridad sin comprensión puede convertirse en eslogan; la condena sin análisis, en oportunismo.

Conocer nuestra historia es fundamental para evitar ese error. Entender cómo se erosionan las instituciones, cómo se concentra el poder, cómo se debilita la prensa, cómo se divide a la sociedad entre “nosotros” y “ellos”. Nada de eso ocurre de un día para otro. Todo empieza con pequeñas concesiones, con la tolerancia al exceso, con la justificación de lo injustificable.

Venezuela nos interpela como región. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de ciudadanos estamos siendo, qué tan dispuestos estamos a cuestionar a quienes lideran y qué tan preparados estamos para defender la democracia más allá de los discursos.

Ir más allá del titular no es una consigna; es una necesidad. Significa escuchar con atención, interpretar con criterio y analizar con responsabilidad. Significa entender que la historia no se repite exactamente igual, pero rima peligrosamente cuando olvidamos sus lecciones.

Venezuela no es solo una noticia. Es un espejo. Y todavía estamos a tiempo de mirarlo con honestidad.

Sobre el autor
Dayanara Reyes Pujols

Dayanara Reyes Pujols