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Vivir lo nuevo

Nos hemos acostumbrado a la rutina de lo negativo de una forma casi patológica. Existe una especie de zona de confort en la queja; esperamos que las cosas salgan mal para poder decir: "te lo dije".

Dayanara Reyes Pujols

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Llegamos al cierre del 2025 y, si miramos las portadas de los diarios, parece que estamos atrapados en un bucle temporal.

Como comunicadora, me veo cada año frente al micrófono narrando la misma secuencia agotadora: las trágicas estadísticas de accidentes en los feriados, el eterno guión de la corrupción que cambia de nombres, pero no de métodos, leyes que nacen muertas en el papel y una justicia que, más que orden, parece una serie de suspenso de Hollywood con temporadas infinitas y finales decepcionantes.

Vivir así es vivir leyendo el periódico de ayer. Es aceptar que el futuro no es un territorio por conquistar; más bien, simplemente una repetición de nuestros errores pasados. Nos hemos vuelto expertos en la nostalgia del desastre.

Nos hemos acostumbrado a la rutina de lo negativo de una forma casi patológica. Existe una especie de zona de confort en la queja; esperamos que las cosas salgan mal para poder decir: "te lo dije".

Esperamos que el sistema falle y que la "novedad" sea solo un cambio de rostro en el mismo conflicto de siempre. Esta baja expectativa colectiva actúa como un techo de cristal que nos impide imaginar algo distinto.

Pero, ¿qué pasa si decidimos dejar de ser espectadores de la decadencia para convertirnos en arquitectos de lo posible? La resignación es, en última instancia, una forma de pereza cívica.

Creer que lo malo es inevitable nos exime de la responsabilidad de intentar lo bueno. Sin embargo, el estancamiento tiene un costo emocional que ya no podemos seguir pagando.

Solemos decir con una mezcla de nobleza y cansancio: "Yo trabajo duro para dejarle un mejor país a mis hijos". Es una frase hermosa, pero peligrosamente incompleta. Es una forma de autosacrificio que pospone la felicidad y la dignidad para un tiempo que quizás no veamos.

Nosotros también merecemos vivir en otra sociedad. Tú y yo, hoy, en este presente vibrante y único, tenemos el derecho de experimentar el orden, de respirar integridad en las instituciones y de ser testigos de la verdadera innovación. El cambio no puede ser una promesa postergada para la próxima generación; tiene que ser nuestra experiencia sensorial aquí y ahora. No somos el prólogo de la vida de otros; somos los protagonistas de nuestra propia historia.

Para ver, crear y mostrar las novedades del mundo, debemos primero ajustar el lente individual. No se trata de un optimismo ciego, es de una higiene mental estratégica:

• Tenemos que desafiarnos, dejar de repetir como un mantra que "aquí nada cambia". Esa frase es el cemento que inmoviliza nuestro progreso. Si decretamos el fracaso antes de empezar, ya hemos perdido la batalla.

• Vencer la resistencia al cambio. A ese que nos asusta porque nos obliga a salir de la "queja cómoda". La queja nos mantiene unidos en el bar, pero no construye puentes. Vivir en la novedad requiere la valentía de proponer soluciones incómodas en lugar de solo señalar faltas evidentes.

• La masa cambia cuando el individuo se transforma. ¡Sembremos en lo individual! La mediocridad es contagiosa, pero la excelencia también lo es. Si cada uno decide vivir fuera de la rutina del "mínimo esfuerzo", el colectivo no tendrá más remedio que evolucionar por inercia.

Vivir lo nuevo implica aprender a convivir con la incertidumbre de lo que funciona bien. A veces estamos tan adaptados al caos que el orden nos pone nerviosos.

Es precisamente en esa claridad donde florece el talento, donde las empresas crecen y donde las familias prosperan sin el miedo constante al próximo "escándalo de la semana".

Mi deseo para ti (y para mí) en este cierre de ciclo es que este fin de año no sea solo un cambio de números en el calendario, que sea un cambio radical de frecuencia mental. Que dejemos de consumir las cenizas de ayer —esos rencores sociales y fracasos sistémicos— y empecemos a escribir la noticia que queremos protagonizar.

No te conformes con lo "esperable". No aceptes la versión degradada de la realidad que nos intentan vender como única opción. Atrévete a lo nuevo, a lo limpio, a lo funcional.

El 2026 nos espera con los brazos abiertos y una página en blanco. Esta vez, no permitamos que la pluma la sostenga el pasado.

¡Vamos a vivir, de una vez por todas, en la novedad!

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Dayanara Reyes Pujols

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