Historia del poder
El yoyo de Trump por complejo de inseguridad
El personalismo patológico de Trump, por ausencia de afecto en su origen, lo ha empujado a actuar como una persona que padece un complejo de inseguridad.
Donald Trump, presidente EEUU. AP
Los psicoanalistas Laplanche y Pontalis describen el concepto de complejo como: “Conjunto organizado de representaciones y recuerdos con fuerte valor afectivo, parcial o totalmente inconscientes. Un complejo se forma a partir de las relaciones interpersonales de la historia de la infancia y puede desestructurar todos los niveles psicológicos: emociones, actitudes, conducta adaptada”.
El presidente de Estados Unidos ha demostrado que todas sus decisiones están basadas en el pronombre de la primera persona; el “yo” como primera persona gramatical implica la asunción directa de la responsabilidad, subjetividad y autoría de lo expresado, situando al hablante como el único responsable de las consecuencias de sus acciones. Trump, en lugar de hablar de “nosotros”, es decir, de formas impersonales, destaca que son otros quienes realizan la acción.
Miguel de Unamuno, en Del sentimiento trágico de la vida (1912), expuso el uso del “yo” con su distintiva y entrañable contundencia: “Y yo, el yo que piensa, quiere y siente, es inmediatamente mi cuerpo vivo con los estados de conciencia que soporta. Es mi cuerpo vivo el que piensa, quiere y siente. ¿Cómo? Como sea”.
El personalismo patológico de Trump, por ausencia de afecto en su origen, lo ha empujado a actuar como una persona que padece un complejo de inseguridad. Algunos consideran que el empleo de la primera persona del singular es demasiado ostentoso, poco objetivo y no científico. Aunque se oculte al autor, es obvio que es él quien cita, quien afirma, quien analiza o quien interpreta.
“La toma de decisiones basada en una visión negativa del yo (primera persona) está íntimamente relacionada con el complejo de inferioridad, reflejando baja autoestima, inseguridad y una creencia subconsciente de no ser capaz o valioso. Este complejo causa dificultades para decidir por sí mismo y un patrón de autoexigencia o perfeccionismo destructivo”. (Psicología Madrid Capsim)
Veamos algunas de las reacciones del “Yo-Yo” de Trump: -Yo he resuelto varias guerras: el acuerdo histórico firmado entre Camboya y Tailandia. -Yo logré en la Casa Blanca un acuerdo entre la República Democrática del Congo y Ruanda. -Yo logré, el 7 de octubre de 2023, un acuerdo entre el grupo islamista palestino Hamás para un alto al fuego en la Franja de Gaza. Yo logré, con Catar y Egipto, una tregua para un retiro parcial de las tropas israelíes de Gaza y el canje de rehenes israelíes por presos palestinos. Así como otros acuerdos mencionados por él.
Donald Trump, a través de su plataforma Truth Social, fue enfático: dio un ultimátum directo y explícito al Estado Islámico de Irán para que desbloquee el Estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas; de lo contrario, Estados Unidos “desatará el infierno” sobre el país. “El tiempo se acaba: 48 horas antes de que todo el infierno se desate sobre ellos. ¡Gloria a Dios!” (El Observador)
El “yo” repetido como mantra es un faro invertido: en vez de iluminar el camino, enceguece al timonel. Y un capitán que navega guiado por su propio reflejo no conduce un barco: lo empuja hacia un remolino. La historia está llena de naufragios provocados por líderes que confundieron el océano con un espejo. El yo-yo del poder siempre termina hundiéndose donde la soberbia toca fondo.
Al final, el “yo-yo” que sube y baja en la mano del poder no es un juguete inocente: es un péndulo que, cuando gira demasiado rápido alrededor de sí mismo, termina perdiendo el eje y golpeando a quien lo sostiene. La historia siempre cobra factura a quienes confunden liderazgo con un espejo, y autoridad con la necesidad de escucharse a sí mismos. Ningún imperio ha sobrevivido al ruido de su propio “yo”.