Orlando, víctima de régimen de JB

Orlando Martínez

Se dolía de los pobres, hablaba de la desigualdad social, la ausencia de justicia, condenaba los crímenes, la persecución y el espionaje que le ayudaron a descubrir estos mentores de la Escuela de Perito Contadores de la Hostos Esquina Luperón, en la ciudad colonial.

En la zona estaban localizados los principales negocios de libros y el estudiante se convirtió en asiduo de las librerías Dominicana, América y Editorial Duarte. Se inició en él una pasión por la lectura y la compra de obras escritas que no se detuvieron con los años. Su hermano Sergio, que compartía habitación con él, cuenta que debió mudarse a la de su hermano Edmundo, ahogado por los improvisados libreros que habilitaba y que lo iban acorralando en el aposento. Los Martínez Howley residían en la Leonor de Ovando, cerca de esos establecimientos donde Orlando compartía con libreros y escritores pues aunque era muy tímido los mayores, sorprendidos por la vehemencia del muchacho, se le acercaban para conocerlo.

Sergio Augusto Martínez Howley hace los relatos y comenta que aquel centro de estudios “fue la fuente donde Orlando adquirió conciencia de la crueldad del régimen tiránico”.

Nacido el 23 de septiembre de 1944 en Las Matas de Farfán, el joven se trasladó con su familia a la capital en 1957 y luego de graduarse en estudios secundarios y comerciales continuó canalizando sus luchas sociales militando en Fragua, uno de los grupos estudiantiles más activos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo donde el rebelde revolucionario estudió sociología y periodismo. La familia pensaba que iba a ser ingeniero civil como Nilson y Sergio, pero el deseo “de enfrentar los abusos” lo hizo cambiar de carrera. Antes de marcharse a Europa en 1965 a representar el país en una conferencia mundial de estudiantes del socialismo, se casó con Clara Báez Caamaño y ambos convivieron en el “viejo continente”, pero a su regreso a Santo Domingo Orlando decidió divorciarse aunque quedaron siendo buenos amigos, narra Sergio.

“Le explicó que tenía una misión en República Dominicana y que no podía tener esposa ni hijos con los que pudieran chantajearlo. Antepuso a sus amores la lucha por el pueblo, solo hay que leer sus Microscopios”, agrega. Orlando había ingresado al Partido Comunista Dominicano y la organización lo envió a Hungría y otros países socialistas donde solidificó su formación política e intelectual. También trabajó.

Decía que había que combatir tres lacras, sostiene Sergio: “el latifundismo, la politización de las Fuerzas Armadas y la explotación de los recursos naturales. Quien escribía sobre eso estaba excavando su tumba, por eso digo que él se inmoló porque, entre otros, esos fueron sus temas predilectos”, comenta el hermano rodeado de fotos, postales, discos, notas, cartas, apuntes. Conserva discursos que se han pronunciado en homenajes a Orlando, como el de Carlos Dore cuando se inauguró la sala de prensa “Orlando Martínez” en el Palacio Nacional, el del museo de San Juan de la Maguana que exhibe las pertenencias del periodista o el de José Rafael Vargas cuando el Senado de la República le rindió un tributo póstumo.

Tiene, además, la canción que le compuso el cantautor español Víctor Manuel cuando se enteró de su asesinato. Ambos se hicieron muy amigos durante el histórico encuentro “7 días con el pueblo” en el que se dieron cita intérpretes de la llamada Nueva Trova.

Monaguillo y sacristán

En Las Matas de Farfán, querido por sus padres como “el nidal” y rodeado del cariño de sus hermanos Freddy Manuel, Nilson Emigdio, Tucídides, Edmundo, Sergio Augusto, Miguel Laureado Martínez y Bélgica, Orlando estudió en la escuela “Damián Ortiz” hasta octavo curso.

“Vivió una infancia de oro, era el más pequeñito. Íbamos a la iglesia Santa Lucía donde fue monaguillo y sacristán al igual que yo. Nos sabíamos la misa en latín, él daba los toques de campana, sabía cómo repicar si había responsos, preparaba el altar”, evoca Sergio.

Los sacerdotes eran los Padres Redentoristas. Esta vinculación con la Iglesia Católica quizá influyó para que no perdiera la fe pese a abrazar después la doctrina marxista. En una ocasión afirmó que para él las personas más puras eran Jesucristo y Ernesto (Che) Guevara.

El furioso liceísta fue un gran deportista. Tenía un equipo de beisbol que dirigía junto a su primo Nécquer Martínez y jugaban en un llano cercano a la escuela.

Totalmente introvertido, su silencio causaba asombro. Hablaba lo necesario. Aparte de su gran apostura física y sus excepcionales talento y cultura, quizá su temperamento reservado despertaba gran encanto en mujeres de diferentes estratos sociales que se sentían atraídas por este hombre que sumaba a esos atributos su determinación, su arrojo, su honestidad y su entereza. Tras el asesinato que consternó a la sociedad el 17 de marzo de 1975, se encontraron entre sus pertenencias enardecidas cartas y declaraciones amorosas.

En 1970, a su regreso de Europa, Orlando comenzó a ejercer el periodismo radial en la emisora HIN, donde lo conoció Rafael Molina Morillo, propietario de Publicaciones ¡Ahora!, quien lo conquistó para la revista ¡Ahora! de la que fue jefe de redacción y director. Ahí le sorprendió el homicidio cometido por militares balagueristas.

“Después de su muerte nos llegaron testimonios de su sensibilidad. Antes de los nueve días se presentaron en la casa unos sacerdotes a oficiar una misa por su alma en agradecimiento porque él era quien mantenía la parroquia”, refiere Sergio.

Años después de asesinado Orlando, Joaquín Balaguer publicó sus Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo y dejó una página en blanco para que alguien se ocupara de llenarla tras su muerte. Para Sergio, esta acción balagueriana fue “una burla. Lo que pasa es que le teníamos un ataque tan grande que él necesitaba que le quitaran presión. Cuando mamá le escribió una carta pública, la ofendió. Se expresó de manera tan incorrecta sobre una dama que Negro Veras, indignado, le contestó al día siguiente”.

“Todo el mundo disparó”. En el reportaje anterior no se dijo que al sargento Mariano Cabrera Durán se atribuye haber disparado la bala que mató a Orlando y que penetró por su pómulo izquierdo, aclara Sergio. “Ese fue aquel que dijo en el juicio: ‘vamos a hablar claro, aquí todo el mundo disparó”, refiriéndose a otros oficiales que participaron en el crimen.