Ostentación e impunidad

PEDRO GIL ITURBIDES
Carmen Rosa Martínez dirige uno de los colegios de educación media que mantiene la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA), en la capital. Hace poco me decía compungida que el país no tiene remedio. Antes de concluir el año lectivo algunos padres se le acercaron para pedirle permiso para enviar los hijos al exterior. ¿Y los exámenes?, me dice que indagó alarmada.

¡Nada de esperas! ¡Ahora o nunca! Los muchachos a que aludía fueron preseleccionados y formaban parte de un equipo peloteril con un compromiso en el exterior. Los escuchas asistirían a las competencias, y los padres que solicitaban el permiso querían que sus hijos fueran observados. ¿Y los exámenes? ¡Qué exámenes ni exámenes! ¿Se imagina usted lo que esto representa? Carmen Rosa, que debe güayar la yuca para meter dos pesos a su faltriquera, y a la que además le robaron la cartera el domingo pasado, los contempló atónita.

Pero bien sabía ella que no podría convencerlos. En tanto ella hablaba de ecuaciones y coleópteros, de reglas gramaticales y fórmulas químicas, ellos hablaban de Pedro Martínez. De Pedro, de Vladimir Guerrero, de David Ortiz, de Manny Ramírez. De. ¿Para qué enumerarlos? La lista de nombres podría hacerse interminable. Aunque preciso es decirlo, las fortunas son inconmensurables. Y Carmen Rosa, maestra de vieja estirpe, no lo comprende.

Para ella, el saber va adelante. Para aquellos padres, la fortuna, esa inmensa fortuna que multiplicada de dólares a pesos, agota toda la masa monetaria dominicana. ¿Para qué, pues, hablar de exámenes?

Eso mismo ocurre con las drogas. Los padres que piensan en postergar los estudios a cambio del triunfo en un estadio de pelota, son, después de todo, los sanos. En un resquicio de esta sociedad hay otro batallón de infortunados, para quienes el camino más corto hacia el éxito económico es la venta de estupefacientes. Este diario ha publicado hace poco la noticia de que en Santiago de los Caballeros fueron apresados varios menores dedicados a la venta de drogas. Una de las abuelas del principal imputado como victimario de Vanessa Ramírez Faña defendió la integridad del nieto. ¡Es tan bueno!

El día que conocí de los gritos que daba esa abuela en defensa del nieto, recordé el chascarrillo de la prostituta protestante. Otras veces les he contado el mismo, de manera que lo recordaré sucintamente. El papá, que ha embarcado a la hija dilecta que viajó a Italia para laborar como doméstica, la repudia. Ha sabido que no se dedicó a tales menesteres, sino al impúdico expendio de sus haberes virginales. Pero la hija manda hoy una nevera que el padre rechaza. Mañana un televisor que el padre no recibe. Y así, uno y otro mueble, hasta que un ingeniero llega una mañana al fundo, para >preguntarle dónde levantará la casa.

¿Qué casa? El ingeniero le explica. El padre revienta todavía, pero su voz quejumbrosa se quiebra. Pronuncia mil interjecciones, y conviene en que la casa se edifique, pero para la mama. Y en eso, para la inauguración y bendición, llega la hija. Al recibirla, el padre pregunta si ella renegó de sus creencias y se tornó protestante. ¡No papá, prostituta! ¡Ah bueno, ahora viviré en la casa tranquilo! Rechacé todo cuanto mandaste porque me habían dicho que eras protestante. Ese es el mundo en el cual vivimos. El mundo que estamos legando a nuestros hijos.

En buena medida es el mundo de la impunidad. Un mundo en el cual todo se encuentra a la venta y nada deja de tener precio, la honestidad fue guardada en un armario. La inclinación por los placeres sustituyó el interés hacia la vida sencilla y la modestia. En las mesas del mercado se colocan mangos y honestidad, plátanos y pulcritud. El voceador levanta los últimos retazos de fuerte azul con las desaliñadas virtudes, y llama al remate de ambas. Y por supuesto, las pocas yardas del fuerte azul, cuestan más que las virtudes. La sociedad lo perdona todo. Hasta el ejercicio infausto del poder público o los fallos mostrencos de la injusticia.

De ahí que Carmen Rosa tenga que escuchar la insólita explicación de unos padres que prefieren la pérdida de un año escolar, antes que dejar de exhibir a sus hijos ante un escucha de grandes ligas. Porque es el tiempo de la ostentación y la impunidad.