Ostracismo Diplomático

No pudo defender la patria con las armas, pero sí con su verbo. Juan Pablo Duarte “truena en la tribuna política” con palabras  afiladas como puntas de  bayoneta, frases enérgicas, incisivas. Truena en oficios y cartas contra el divisionismo,  la traición y la opresión, al vislumbrar indicios de pretender socavar la soberanía en las  negociaciones de paz con España.  

Su voluntad dinámica, la inagotable energía de espíritu no pudo ser vencida con los golpes propinados a su estima de patriota y de soldado. 

Como diplomático, siguió luchando por la  restauración de la Independencia al regresar  a Venezuela en agosto de 1864. Una  nueva ausencia involuntaria,  tercer y último destierro de la patria que nunca más volvería a ver.

Cortapisas de los restauradores no le dejaron combatir a los españoles,  tampoco Bobadilla y Santana a los haitianos. No obstante, con tenacidad inquebrantable buscó otras modalidades de lucha para entregar sus energías a la nación, ejerciendo su magisterio político en forma verbal y escrita, en adición a sus gestiones oficiales.

 Resistencia. Su recia voluntad  vencía al  cuerpo  minado por la enfermedad y los sufrimientos. Medio siglo de  vida intensa, agitada, tormentosa, le menguaban las facultades físicas, aunque se sobreponía cuando la patria lo  requería.

Si bien llegó a Caracas abatido por  la traumática estancia en el país,  su vigoroso patriotismo le renovó los  ímpetus, entregándose a   las tareas asignadas: buscar  ayuda para la guerra restauradora y el reconocimiento de República Dominicana  como nación beligerante ante países sudamericanos.

Una misión diplomática, sí, como lo fue la salida airosa para sacarlo del país. Esta vez más lacerante aún por tratarse de liberales en los que cifraba sus esperanzas y  las ilusiones abrigadas de guerrear junto a ellos  para restaurar la Independencia.

  Unos no querían la sombra del prestigio de Duarte, otros apenas lo conocían. Era tal el olvido.

 Le encomendaron negociar empréstitos  poniendo en garantía las rentas aduanales “tan pronto como las circunstancias lo permitan”.

 Instrucciones ilusorias, pues la precaria economía de las jóvenes naciones sudamericanas les impedía disponer de  material bélico o  dinero para  préstamos.

 Pese a las trabas, los gestionó sin desmayo. Tarea difícil en la convulsa Venezuela de 1864,  en bancarrota por cinco años de revolución. Una misión conflictiva, entorpecida   por la falta de tacto del también ministro plenipotenciario dominicano Meliton Valverde, acusado de   conspirador por el gobierno  venezolano.

 Grave entorpecimiento, gravísimo, para la protección que esperábamos del Gobierno, dirá posteriormente Juan Pablo.

Presentó  excusas al presidente interino,  general Desiderio Trías, quien le  dijo que  no podían apoyar la causa restauradora para no empeorar las relaciones con España, que vigilaba la conducta de Venezuela frente a la guerra dominicana. 

Encorvado por el  desaliento, Juan Pablo abandonó  la Casa Amarilla, a la que su   invencible espíritu lo condujo nuevamente, sin lograr la prometida ayuda.   Mientras,  formaron  comisiones recaudadoras en Caracas y   San Francisco de Yare.

Interrogatorio. España solicitó al gobierno de Venezuela que interrogaran a  Duarte y Manuel Rodríguez Objío a causa de la  expedición de Montecristi.

La petición se mantuvo en cartera, pero con amenazas veladas lograron que Juan Pablo fuera interpelado por un juez, ante el que negó la imputación.  

Disgustado por el interrogatorio y sin grandes ilusiones, se embarcó hacia la ciudad de Coro a entrevistarse con el presidente  titular, mariscal Juan Crisóstomo Falcón, cuya cordial acogida hizo renacer sus  esperanzas.

Antes de la travesía, despachó a Valverde hacia el país  con el dinero y material recaudados.

 En Coro encontró al general venezolano Candelario Oquendo,  quien llegó de Santo Domingo ostentando un nombramiento similar al suyo, entorpeciendo el apoyo de Venezuela por pertenecer al  bando de  los políticos recién  desplazados del poder.   Al regresar a Caracas, escribió   al Gobierno Restaurador, pidiéndole no enviar nuevos comisionados para no obstaculizar las negociaciones.

Venciendo el desagrado, visitó al general Antonio Guzmán Blanco,  quien había autorizado su interrogatorio. Como presidente en funciones, le entregaría la ayuda:  300 pesos sencillos, suma irrisoria que lo dejó atónito.

Juan Pablo recibió un oficio de Rodríguez Objío, ahora Ministro de Relaciones Exteriores, en el que aludía  “las negociaciones relativas a la paz con España”, lo que contrastaba con las buenas noticias sobre el curso la guerra. Respondió  alarmado   por la amenaza de mediatización de la soberanía nacional, percibida en  informes   sobre los arreglos para finalizar la guerra: 

  ¡Quiera Dios que estas paces y estas intervenciones no terminen … en guerras y en desastres para nosotros.

Horrorizado, se enteró del asesinato del derrocado presidente José A. (Pepillo) Salcedo. Conocía las divergencias entre éste y otros jefes militares, pero no esperaba que en medio de una lucha que exigía unión, las disidencias desencadenaran tal crisis.

 En desacuerdo con los acontecimientos  derivados del  divisionismo, y al no ser ratificado su nombramiento, renunció a sus funciones. 

…No obstante, no he dejado ni dejaré de trabajar en favor de nuestra Santa Causa haciendo por ella como siempre más de lo que puedo, y si no he hecho hasta ahora todo lo que debo y he querido, quiero y querré hacer siempre en su obsequio, es porque nunca falta quien desbarate con los pies lo que yo hago con las manos.

  En el ocaso de su vida, Duarte siempre  mantuvo en alto el espíritu de servicio. Un ejemplo  a seguir  para impulsar el desarrollo de la nación, que mejorará en la medida que nuestra conducta individual sea más íntegra, al impregnar de ética nuestros actos, dar tiempo a la educación de los hijos y mayor calidad al trabajo.

 Tendremos mejor nación al ejercer nuestra ciudadanía con una dinámica participación en acciones de ayuda a la colectividad. Al cultivar la autogestión, buscando soluciones sin esperar que todo llueva desde el gobierno, frente al que debemos mantenernos vigilantes, decididos a demandar un uso racional, honesto y eficiente de los recursos del Estado.    

Vigilante permanecía  el patricio, quien  rompió las barreras burocráticas y, sin ambages, escribió su memorable carta del 7 de marzo de 1865, enfatizando que en el país sólo hay un pueblo que quiere la soberanía y “una fracción miserable” que con “intrigas y sórdidos manejos” logra adueñarse de la situación.

Ellos no tienen ni merecen otra patria sino el fango de su miserable abyección.

Como otros documentos, esta carta  retrata el radical nacionalismo del patriota beligerante ante la nación en peligro. El líder que marca la ruta en circunstancias cruciales, el maestro que en la cátedra política orienta y estimula cuanto tienda a  preservar la soberanía.

Un grito de alerta 
Ante el temor de que zozobrara la soberanía, las palabras de Duarte se alzaron con un grito de alerta, en su  carta al  ministro de Relaciones Exteriores, Teodoro Stanley Heneken, donde expone sus firmes preceptos nacionalistas y revolucionarios, formulando atinadas reflexiones sobre política internacional.
En ese dechado de patriotismo,  reafirmó que  protestaría siempre contra la anexión de la República a  Estados Unidos u otra potencia, ante cualquier  tratado que menoscabe en lo más mínimo la Independencia y cercenara el territorio o algún derecho de los dominicanos.

Con relación a las negociaciones con España expresó: …Si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España llevada cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es  de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre….
 Ud. desengáñese, Señor Ministro, nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hunde la isla.

El Gobierno debe mostrarse justo y enérgico en las presentes circunstancias o no tendremos Patria y por consiguiente ni libertad ni independencia nacional.

LOS VALORES

1. Fuerza de voluntad
Duarte era dueño de una férrea voluntad, la  que ha faltado en el país, donde  persisten agudizados problemas sociales  hace tiempo diagnosticados e identificados los correctivos, sin que sean solucionados. Justo y  tenaz en sus propósitos,   la firme voluntad del patricio no la alteraban  la exaltación de la multitud ni el fiero rostro de un tirano amenazador. Esa fuerza volitiva movía sus pasos sin desvíos, pues sabía que  la recia voluntad, cuando se empeña, convierte las montañas en llanura. 
2. Responsabilidad
El sentido de responsabilidad,  valor que anida en la conciencia,  nos permite reflexionar,  orientar y evaluar las consecuencias de nuestros actos. Esto ayuda a afrontarlos en forma positiva e integral, a cumplir las  obligaciones con especial  atención y cuidado.
3. Previsión
Al ser precavidos nos anticipamos a  cuaquier eventualidad,    estamos preparados para enfrentarla.  Este valor nos induce a ser prudentes, a tomar decisiones de forma consciente, analizando  las posibles consecuencias. Previsión es desarrollar la cultura del ahorro, evitar el consumo excesivo, tener  reserva para  futuras contingencias.