Otelo sniff, husmeando a través de Yago

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El Teatro Guloya de  nuevo  nos trae una obra de mucha calidad, esta vez  “Otelo sniff”, una pieza inquietante, en la que  el drama de Shakespeare subyace,  manteniendo su esencia y sus personajes,  pero dentro de una    contextualización diferente,  donde Yago el antihéroe,  se convierte en el protagonista que  cuenta la historia, sus hazañas e intrigas, dejando escuchar a través de él a   los demás personajes, víctimas de sus maquinaciones.

 En esta tragedia universal, los celos, ciego arrebato de las pasiones, toman el rostro y el alma atormentada del moro,  inducidos por el demoníaco Yago,  en el unipersonal, dirigido por Viena González, sólo  cambia el lugar y la época, porque el hombre ayer y hoy es  el mismo, incapaz de liberarse de sus emociones. La puesta en escena sitúa el drama en nuestro país, en el país de hoy con todas sus miserias, y para ambientar, utiliza la música autóctona, chuines y merengues,  un lenguaje saturado de modismos y giros criollos y el humor negro que nos caracteriza,  todos estos elementos van  en sintonía, se adecúan  a la riqueza de la expresión corporal y el movimiento rítmico caribeño, que como recurso, utiliza Claudio Rivera en su cautivante discurso escénico.

La creatividad convierte a los personajes en alegorías, un par de muñecos, Otelo y Desdémona, Casio, un sombrero puntiagudo, y Bravancio un bastón.  Claudio Rivera juega con todos, es uno y otro, con singular efectismo asume los cinco personajes, sus destrezas, su versatilidad, se manifiestan,  propicia el caos dentro de un  espacio lúdico fascinante,  y en un rompimiento de la cuarta pared se vuelca a la platea y nos hace parte del  drama.

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De la obra

Hay una  correlación entre la subversión del texto y la actuación, impronta que distingue la concepción teatral de  Guloya. El final,  bien logrado, todo se aclara en los arrebatos de Otelo al descubrir lo que ocultaba la máscara, mientras Yago se despide diciendo: “Desde este instante no vuelvo a hablar”.