Otra vez se esfuma ideal de nación dominicana

La discordia civil que Juan Pablo Duarte temía se posesionó de los dominicanos ni bien habían terminado de evacuar las tropas españolas en julio de 1865. De nuevo vio esfumarse su ideal de nación dominicana: libre, unida, ordenada y justa. La República restaurada viviría hasta el siguiente siglo bajo la mano áspera y el sable de los caudillos.

Por segunda vez se perdió la oportunidad de sentar, como quería, los cimientos de una sociedad protectora de la vida, basada en el bien común. Un ideal que sigue ahí para recordarnos lo que podemos ser.

La República civilista fue el camino no emprendido. La comunidad y sus dirigentes no habían madurado los valores de Duarte. No estaban preparados para seguir su ejemplo de renuncia a la gratificación personal a fin de mantenerse fieles a un propósito merecedor.

Los caudillos militares de la Restauración fueron capaces de morir por una idea, pero no sabían gobernar sin rencillas. Les fue más fácil guerrear por los principios que vivir pacíficamente en base a ellos. Se dividieron en bandos territoriales disputándose el poder cuando la unidad que Duarte preconizaba era lo que más se necesitaba para reorganizar la nación y sacarla de la devastación causada por la guerra.

Etapa de los antivalores. La Segunda República se convirtió en una casa en llamas incendiada por jefes llenos de apetencias, violencia y odios personales. Amenazada de muerte no sólo por el desorden y la desunión, también por las fuerzas antinacionales que no creían en su viabilidad.

Las dos corrientes que se manifestaron al fundarse la nación  en 1844 siguieron expresándose con violencia en la Segunda República. Una, liberal y nacionalista, la encarnó Gregorio Luperón en su Partido Azul, y la otra, anexionista, la representó Buenaventura Báez en su Partido Rojo.  

Un mes después de irse los españoles, el gobierno de Pedro Antonio Pimentel fue derrocado por otro general, José María Cabral, iniciando la trayectoria violenta de jefes militares que se alzaban en la manigua por cualquier desavenencia. Un sangriento “quítate tú para ponerme yo”, que hoy permite apreciar las ventajas de la sucesión pacífica de los gobiernos constitucionales, aun cuando los procesos electorales todavía no satisfagan todas las aspiraciones.

El mandato de Cabral sólo duró cuatro meses, y allanó el camino de los anexionistas. Desde Caracas, Duarte vio ocurrir lo impensable.

Antinacionales.  En diciembre de 1865, a los cinco meses de haber sido restaurada la República, el poder fue tomado por el Partido Rojo de Buenaventura Báez. Como Santana, Báez era otro adicto a los protectorados y había apoyado la anexión de 1861.

La emergencia de los antinacionalistas preocupaba a Duarte desde antes de la salida de los españoles. Ya le llegaba el murmullo de que Báez estaba en Curazao hablando de que el Cibao negociaría una anexión a Estados Unidos.

El rumor lo comentó en su carta del 7 de marzo de 1865 al ministro de Relaciones Exteriores, Teodoro S. Heneken, en la que señalaba la capacidad de esa facción para adueñarse del poder con “intrigas” y “sórdidos manejos”.

Debió estar fuera de sí al ver cómo se restablecía la Constitución de Santana que daba al Ejecutivo poderes dictatoriales. Báez no tardó en buscar la protección de los Estados Unidos, y en mandar al exilio a sus opositores.

Resistencia.  Una insurrección de los nacionalistas, dirigida por Gregorio Luperón, lo sacó del poder en 1866. Asumió la administración José María Cabral,y Duarte vio confirmarse el rumor de que el Cibao buscaba la protección norteamericana. El caudillo cibaeño, que luchó contra los españoles, trató de arrendar a los Estados Unidos la bahía de Samaná.

Desde Caracas miraba “la comedia de necios”, el retorno de Báez al gobierno en mayo de 1868 por un  período de casi seis años, en el que se empeñó en anexar el  territorio dominicano a Estados Unidos, o en venderles el territorio samanense.

La restitución de la pena de muerte para los opositores políticos no contuvo la lucha contra su gobierno.

La situación se pintaba otra vez violenta. Duarte, quien sólo preconizó la fuerza cuando estaba en juego la existencia política de la nación, debió respirar aliviado cuando tuvo noticias del movimiento de resistencia patriótica iniciado por el general sureño Timoteo Ogando.

A las Antillas fluyeron los exiliados. En el otoño de 1869 el joven historiador José Gabriel García, desterrado en Curazao, escribió a Duarte pidiéndole sus apuntes sobre los eventos que condujeron a la Independencia de 1844.

Reconocimientos.  También, le remitió el primer tomo de su Compendio de Historia de Santo Domingo, y otro de geografía y política, editado en 1867, del arzobispo Fernando Arturo de Meriño, también deportado por Báez.

Comenzaba a reconocerse su rol protagónico, oscurecido por el odio político. En su libro, Meriño lo señalaba como el primero que concibiendo el pensamiento de sacudir la dominación haitiana, se lanzó en la vía revolucionaria; el primero que sacrificó su patrimonio, sus afecciones de familia, su reposo, todo, exponiendo su vida mil veces por dar libertad a sus conciudadanos; y después de conseguirlo, se vio calumniado y arrojado de su Patria.

Más que vindicado, Duarte se sintió satisfecho porque las publicaciones revelaban que los valores trinitarios encontrarían emuladores en la posteridad, y “ese consuelo nos acompañará en la tumba”.

Seguid jóvenes amigos… en la hermosa carrera de dar cima a la grandiosa obra de nuestra regeneración política… y vuestra gloria no será menor que la de aquellos que desde el 16 de julio de 1838 vienen trabajando en tan santa empresa bajo el lema venerado de Dios, Patria y Libertad, que son los principios fundamentales de la República.

La lucha contra Báez continuó otros tres años hasta ser derrocado el último día de 1873.  Asumió el poder el general Ignacio María González, quien escribió a Duarte en febrero de 1875 invitándolo a regresar, pero la gran inestabilidad no había terminado para la República Dominicana.

Frase
Juan Pablo Duarte

Yo habré nacido para no amar sino a esa patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”. “Lo poco o mucho que hemos podido hacer o hiciéramos aun en obsequio de una Patria que nos es tan cara… no dejará de tener imitadores; y este consuelo nos llevará a la tumba”.

Los valores

1. Paz social

Un estado de paz requiere tolerancia, justicia, equidad, entendimiento entre los grupos, gobiernos y ciudadanos respetuosos. Familias que la cultiven y la transmitan. Todavía nos reta el difícil arte de vivir como hermanos. La violencia de los antepasados pervive en nosotros de múltiples maneras. La expresamos en las relaciones personales y sociales con el puño o la palabra. En las tendencias al control, la manipulación y la opresión de los semejantes.

2. Paz interna

Sin el conocimiento interno la paz interior nos elude. El sosiego depende de lo que ronda en la mente, de la capacidad de reconocer, aceptar  y disipar nuestras emociones aflictivas: miedo, ira, odio, envidia, celos, codicia, que energizan la tendencia a controlar, criticar, y las proyecciones negativas. De la paz interior nace la aceptación, la gratitud, la capacidad de reflexionar y consensuar con los demás. En tiempos agitados, vale recordar que la vida debe ser vivida un momento a la vez, que es más sabio “aceptar lo que no se puede cambiar, cambiar lo que se puede, y sabiduría para reconocer la diferencia”.

3. Mesura

La moderación y compostura en los pensamientos, palabras y acciones contribuyen a las relaciones armoniosas en la familia, el trabajo y la comunidad. El equilibrio, el comedimiento comienzan desde adentro con el entrenamiento, previenen la ofensa, la palabra suelta que no tiene vuelta.