Otra viejita titiritaña

JUAN D. COTES MORALES
Desde pequeños todos conocemos la adivinanza de cuál es la viejita titiritaña que sube y baja por una montaña. Siempre que la recuerdo, creo que todavía soy pequeño y que ésta buena viejecita aún vive y sigue subiendo y bajando por la misma montaña. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, creo que esa viejecita es la hormiguita de la corrupción.

Edward O. Wilson, hombre de ciencias norteamericano, describe maravillosamente el trabajo que realizan las hormigas en los más oscuros rincones de la tierra y, según refiere el doctor Joaquín Balaguer en su obra: Yo y mis Condiscípulos “estos insectos más humildes y diminutos que las abejas, rivalizan con ellas por el orden y por la disciplina que distingue su trabajo incansable y que hace de su pequeña sociedad un espectáculo mil veces superior al del hombre. Me refiero a las hormigas, organizadoras de un gobierno que el orgullo del hombre no ha sido capaz de erigir ni aún en los días más felices de la civilización humana… y han sido utilizadas en experimentos científicos que han servido para despejar muchos de los enigmas que aun permanecen sin respuesta en el Universo”. Véase la obra Los verdaderos pensadores del siglo XX, Editorial Atlántida, año 1989, pág. 72.

Las hormigas, al igual que las abejas, nunca viven solas y cuando alguna anda explorando dónde obtener sus alimentos, se devuelve y avisa a las demás, a fin de que todas participen, pues ambas tienen reinas, pero con estas no pueden haber ociosas como en el mundo de las abejas.

Todo mundo conoce cuán extravagante fue el régimen de Rafael L. Trujillo en todos los sentidos y cómo eran los tentáculos que generaban beneficios para él, su familia y sus amigos comprometidos con la maldad y el cohecho. Trujillo dejó una escuela infame que trabaja exactamente como el régimen de los hormigueros y después de su desaparición no nos hemos podido desprender de ella ni abolir la corrupción que sube y baja por la montaña del Estado permanentemente, causando graves daños a la ecología humana que se ve privada de los recursos que se desvían para satisfacer el boato, las ambiciones desmedidas y la insaciable sed de riquezas.

Debemos condecorar al presidente Leonel Fernández si logra atajar a esa viejita titiritaña y descubre cuántos hormigueros tiene en el país y en el exterior, así como también, cuántas especies han sido importadas para apoyar su incansable labor.

Necesitamos más de un oso hormiguero. Sabemos que son escasos y muy caros, pero vale la pena ensayar con dos o tres disimulados, callados, tranquilitos y que trabajen exactamente con la misma técnica de las hormigas.