Otras “cosas de la Era”

Jacinto Gimbernard Pellerano

Ingresé a los impredecibles giros y vaivenes del vivir a inicios de los años treinta, cuando tomaba fuerza ese increíble régimen dictatorial que habría de transformar el “no puede ser” de sus opositores iniciales en un período que parecía indestructible e interminable como un universo: “La Era de Trujillo”.

Como en todo lo trágico, hasta en lo cruel y horrendo, existieron aquí aspectos tragicómicos que sobrepasaban lo ridículo y caían en absurdidades. Los elogios desmesurados rompieron todas las barreras, carcomidas éstas por el terror, ya subcutáneo, que generaba la demostrada crueldad del “Jefe”.

Pero los dominicanos somos supervivientes. Al apático abandono de la España del descubrimiento, a los abusos de las grandes potencias –de cerca y de lejos–, supervivientes de los propios desórdenes gubernamentales, de los atropellos y abusos de poder que, de una forma u otra y en distintos tiempos, nos dieron algo de “paz de cementerio”.

Quiero recordar algunos aspectos humorísticos de la “Era”, conocidos en mi adolescencia. La presencia de Trujillo era de tal magnitud que bastaba una breve mirada a la foto del dictador, acompañada de un discreto movimiento de cabeza, para obtener determinados resultados, aunque el Jefe no tuviese nada que ver con el asunto. También funcionaba una alusión a la Banda Presidencial mediante el cruce de una mano en diagonal por el pecho acompañada de una mirada solemne hacia lo alto, con el rostro inescrutable.

En cierta reunión de una alta academia nacional instalada justo al lado de la iglesia de las Mercedes, en la Ciudad Colonial, se sesionaba con el propósito de elegir al personaje que habría de ocupar una posición vacante por deceso. Surgieron varios nombres de distinguidos intelectuales, pero se destacó el de un personaje que no era del agrado del presidente de la Academia. Sería por envidia o por algún viejo rencor. El caso es que el presidente miró mínimamente la foto de Trujillo –que estaba presente en todas partes, dignamente enmarcada– y disimuladamente cruzó la mano en diagonal sobre pecho, con expresión negativa. La votación se tornó súbitamente opuesta a quien hasta el momento había sido apoyado con tal convicción y entusiasmo.

A la salida, uno de los participantes le susurró a un colega: –Humm… Aquí con un gesto joden a cualquiera.

Otro recuerdo de esos tiempos me viene de la mano de mi amigo Julio de Windt, quien era compañero del joven estudiante Rafael Lara Cintrón en la pensión de doña Nena Milán, en la calle Padre Billini casi esquina Arzobispo Meriño.

De Windt me refirió lo que le relató Lara, aún sin haber escapado a los efectos de una borrachera fenomenal.

Venía haciendo eses con su pequeño vehículo, de regreso a la pensión cuando un policía le ordenó detenerse diciéndole: –Párese ahí, que usted está manejando borracho. A lo que Lara repuso con autoritaria voz estropajosa: –¿Usted lo que quiere es que le dé una galleta marca Ramfis?

El policía, aterrado, solo atinó a balbucear: –Perdone señor, yo no sabía que usted era uno de los amigos del general Trujillo…

Así andaban las cosas.