OTRAS INCIDENCIAS DE LA NOCHE DEL GOLPE A BOSCH Y DIAS POSTERIORES

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TERCERA PARTE
El testimonio de Nicolás Silfa

Otro valioso testimonio sobre lo acontecido la noche del golpe a Bosch y los días subsiguientes al mismo nos ha sido relatado por Don Nicolás Silfa en su importante obra “Guerra, traición y exilio”, específicamente el tomo III de la misma publicado en Barcelona, España, en 1981.
Desde principios de enero de 1962, debido a desavenencias internas con Bosch y Miolán , Silfa no formaba ya parte del PRD, al aceptar la designación de secretario de Trabajo del primer Consejo de Estado por recomendación del general Rodríguez Echavarría, lo que motivó su expulsión de las filas de dicha organización política a la que retornaría años después.
Funda entonces el Partido Revolucionario Dominicano Auténtico (PRDA), aunque no pudo materializarse el propósito de que, a través de dicha plataforma política y como resultante de la fusión de esta con el naciente Partido Acción Social, aún sin el debido reconocimiento de la Junta Central Electoral, se postulara a Joaquín Balaguer como candidato presidencial y al propio Silfa como candidato a la vicepresidencia para las elecciones de diciembre 1962, en las que Bosch y el PRD resultaron triunfantes.
No obstante, al momento de producirse el golpe el 25 de septiembre de 1963 aparece publicado en el periódico El Caribe un manifiesto calzado con la firma de Silfa, en calidad de Secretario General del Partido Reformista, nombre con el cual se denominó, en sus inicios, a la fuerza política resultante de la fusión del PRDA con Acción Social.
Entre otras consideraciones, en el referido manifiesto se establecía que:
“…esta organización, fiel a los ideales que sustenta y consecuente con las pautas orientadoras y el ejemplo civilista de su Presidente Doctor Joaquín Balaguer, no propugna ningún intento golpista, rechaza de manera categórica toda tendencia extremista, ya de índole reaccionaria y oligárquica, como de carácter comunista, cuyo materialismo desolador conturba la conciencia de los pueblos libres y cristianos, como fuerza desintegradora de los más altos valores de la humanidad”.
Y culminaba el referido manifiesto expresado que: “…el Partido Reformista reafirma asimismo su apoyo a la constitucionalidad, que es la única base en que puede consolidarse en el país la democracia representativa, si se considera, con sentido patriótico, que sin orden, sin respeto a la ley, no puede haber libertad y progreso, pero que, tampoco, sin equidad y justicia, puede haber confianza, garantía y estabilidad”.
Por los problemas posteriores confrontados por Silfa con sus entonces compañeros de organización a raíz del referido manifiesto, se evidencia que para la elaboración y publicación del mismo, no hubo entre ellos deliberación previa, pero justo es reconocer que, en términos de principios, la actitud asumida por este difería de la adoptada por las agrupaciones políticas legitimadoras de la asonada septembrina, a saber: Partido Unión Cívica Nacional, presidido por Viriato Fiallo; Partido Alianza Social Demócrata, presidido por Juan Isidro Jimenes Grullón; el Partido Vanguardia Revolucionaria, presidido por Horacio Julio Ornes Coiscou; el Partido Demócrata Cristiano, presidido por el Dr. Mario Read Vittini; el Partido Nacionalista Revolucionario Demócrata, presidido por el general Miguel Ángel Ramírez Alcántara, y el Partido Progresista Demócrata Cristiano, presidido por Ramón Castillo.
A decir de Silfa, exceptuando el Partido Unión Cívica, “los demás eran grupúsculos capitaneados por hombres desaforados, cuya única meta era derrocar al gobierno constitucional de Bosch, para ellos subir al poder con los militares. Los desastrosos resultados penden aún sobre la espalda del pueblo, el único que aún los siente y padece”.
Ante el llamado que le hiciera su amigo el coronel Marcos Rivera Cuesta, casado con doña Milagros Balaguer, prima hermana del Dr. Balaguer, para que se presentara en Palacio, Silfa acude, siendo el objeto del llamamiento persuadirle para que procurara la retractación del comunicado publicado horas antes, a lo que Silfa se negó argumentado a Rivera Cuesta que “…jamás aceptaría un gobierno emanado de un incruento golpe de estado” y reiterándole que dichas declaraciones “las conceptuaba oportunas y salvadoras del futuro político de la organización que representaba”.
En el ala izquierda del palacio se ubicaba la sede de la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas y allí pudo constatar Silfa cómo se apretujaban, hacinadas y nerviosas, más de un centenar de personas que desde la noche anterior se congregaban allí, entre ellas aproximadamente cincuenta militares de alta graduación junto a los civiles golpistas, destacándose entre ellos “la plana mayor del viejo gobierno del Consejo de Estado, encabezado por el Lic. Rafael F. Bonnelly, Imbert Barrera, Luis Amiama Tio y casi todos sus miembros”.
La emanación de la humareda resultante del incesante fumar de cigarrillos hacía aquella atmósfera pesada y asfixiante. Silfa intentó saludar a algunos, pero: “ellos sorprendidos y hasta visiblemente molestos, apenas si respondieron entre dientes a mis palabras de salutación. Yo me sentía peor que ellos, en medio del tétrico panorama que me dio pena, mucha pena. Parecía que las manecillas del reloj hubieran vuelto hacia atrás. Allí vi a hombres que el pueblo tenía ya como fósiles políticos, por su pasado trujillista de triste recordación. Allí estaban, como si hubieran sido sacados de ultratumba, con sus rostros angulosos y surcados de viejas arrugas, los hombres de la vieja guardia, el Lic. Arturo Despradel, el Lic. Carlos Sánchez y Sánchez, el Lic. Gustavo Julio Henríquez, etc.”.
Conducido por Rivera Cuesta, se trasladó a un despacho más pequeño- y el más privado del Palacio-, conforme relata Silfa, donde se encontraban reunidos los líderes de los partidos que respaldaron el golpe, con “sus carpetas atestadas de papeles”.
“Ninguno contestó mi saludo. Se miraron unos a otros. El doctor Juan Isidro Jimenes Grullón se levantó rápidamente de su asiento y se internó en una habitación contigua. Le siguieron otros. Apenas si quedaron dos o tres en el escritorio”.
“Parecía la escena del robo de la gallina del vecino: que en el momento en que tiene la presa sobre la mesa para comérsela aparece del dueño del ave y el ladrón no sabe qué hacer. Allí llegaba yo cuando aquella gente estaba dividiéndose “el jamón”, como los del cuento de los higos: “uno para mí, y otro para ti…de aquel escritorio salieron en tan fatídico día las designaciones del nuevo gobierno dominicano y su cuerpo ministerial- al único a quien vi preocupado, a pesar de todo, fue al Dr. Viriato Fiallo”.
Hondamente aleccionadora, conforme confiesa Silfa, fue para él aquella singular experiencia.
“Vi en acción a los militares y civiles comprometidos en el madrugonazo. Pude apreciar el nerviosismo y confusión que invadía el recinto palaciego durante las primeras horas del derrocamiento de Bosch. Vi los pasillos y oficinas de la sede del Gobierno atestados. Vi atravesar a sus protagonistas en una locura colectiva, convirtiendo el lugar en un manicomio sin precedente en la historia de nuestra vida republicana”.