OTRAS INCIDENCIAS DE LA NOCHE DEL GOLPE A BOSCH Y DIAS POSTERIORES

13_07_2019 13-07_2019 AREITO Areíto2

ULTIMA PARTE
El incidente Imbert- Majluta relatado por Nicolás Silfa.

El licenciado Jacobo Majluta Azar era el ministro de Finanzas del Gobierno de Bosch, formando parte de los funcionarios civiles que aquella noche sombría del golpe septembrino fueron hechos prisioneros con Juan Bosch en el Palacio hasta tanto los nuevos conductores de la hora, consumada la asonada artera, determinaran su destino.
Al igual que don Juan y otros importantes miembros de su gabinete, debió apurar el licenciado Majluta la amargura del extrañamiento de la patria, en la ocasión a Puerto Rico. Similar destino correspondería también al doctor Segundo Armando González Tamayo, vicepresidente del gobierno derrocado, siendo responsable don Luis Amiama Tió de velar por su integridad hasta llegar a la vecina isla.
En aquella noche y en las horas subsiguientes, a decir de Nicolás Silfa, “la confusión reinante en el Palacio era caótica. Nadie sabía nada, y nadie sabía lo que tenía que hacer. La incoherencia de los golpistas era total. Hasta que Antonio Imbert se hiciera cargo de la situación”.
Fue Imbert, conforme relata Silfa, quien determinó separar a los acompañantes del mandatario depuesto y trasladarlos a la tercera planta del Palacio de Gobierno mientras Bosch permaneció en el despacho bajo custodia militar.
Revela Silfa que fue el general Imbert quien mandó a buscar uno a uno a todos los ministros prisioneros. Llegó el momento de comparecer al licenciado Majluta produciéndose en la ocasión el tenso diálogo que a continuación se describe:
-“Ministro, le he llamado para que me explique a qué corresponden los gastos que aparecen en este documento”.
El ministro tomó uno de los documentos y, al darse cuenta de que su interrogador conocía muy bien el destino de aquellos gastos, lo miró fijamente a los ojos y le dijo:
– “Mire, usted sabe bien para qué fueron esos fondos…Usted sabe que esos fondos estaban destinados a la protección de este Gobierno. Usted sabe cual fue el destino y por qué no se pudo cumplir cabalmente…y sabe también que, de haberse podido, ni el Gobierno hubiese caído ni usted estaría sentado a esa mesa”.
Imbert miró fijamente al exministro de Finanzas y exclamó:
-“Ministro, me habían dicho que usted era una persona seria…Ahora estoy seguro de eso…Nosotros queremos el bienestar del país y necesitamos personas serias como usted. ¿Quiere trabajar con nosotros?
– “Mire, carajo…usted se cree que todos los hombres son como ustedes…
El sorprendido “valiente entre los valientes”, invadido por la cólera, con la rapidez de un tigre, se levantó de su cómoda butaca.
– “Insolente…Retírese…Insolente…Insolente…”
Refiere Silfa que un oficial de los cobistas que escoltaban al general Imbert trató de agredir al ministro, pero el coronel que había bajado con éste lo impidió diciendo:
– “Este hombre está bajo mi responsabilidad” …Y lo sacó precipitadamente del despacho.
Cuando el coronel subía las escaleras que conducían a la tercera planta con su protegido nominal, se le acercó y le extendió la diestra, a la vez que le decía:
– “Ministro, déme su mano…Así es como se les habla a estos criminales…”.
El ministro, ni corto ni perezoso, preguntó:
– “Coronel, ¿Tiene usted en el Palacio cinco hombres dispuestos para dar un contragolpe?”.
-“ No…No, ministro…No me comprometa…No me meta en ese lio, Ministro…”.
Dos hechos específicos, según el interesante relato de Silfa, incidieron de forma decisiva en la decisión adoptada por Donald Reid y los triunviros para anunciar el viernes 27 a la prensa extranjera y local que el profesor Bosch saldría al día siguiente hacia Guadalupe en la fragata Mella.
En primer término, la valiente postura de la juventud universitaria, la cual desafiando la represión de los policías antimotines, mejor conocidos entonces como los “cascos blancos”, se lanzaron a las calles en manifiesta actitud de repulsa ante la vulneración de la legitimidad democrática y, de otro, el hecho de que don Juan decidiera declararse en huelga de hambre como forma de denuncia ante el mundo del atropello de que había sido víctima junto al pueblo.
A raíz de las revelaciones de Silfa, es plausible preguntarse: ¿precipitó el creciente protagonismo de Imbert en aquellas horas sombrías la decisión de los militares de conformar el triunvirato, dado su recelo ante quien había alcanzado el generalato por su participación en el ajusticiamiento del Jefe?
La determinación de las verdaderas responsabilidades en la orquestación y puesta en ejecución del golpe no es tarea que puede atribuirse unilateralmente a ningún sector, siendo los militares, en aquella compleja y oscura trama, el brazo ejecutor, aszuzado por los poderes fácticos que en reprobable contubernio diseñaron la conjura.
El mismo Bosch, en la medida en que fue conociendo más detalles de los verdaderos móviles y actores del golpe; de los secretos resortes que le dieron origen, fue modificando su apreciación en torno a los mismos.
Su primera versión del golpe fue la publicada en la revista norteamericana Life el 11 de noviembre de 1963, y en ella, aunque reconoce la participación de los partidos políticos y demás sectores reaccionarios en su ocurrencia, no exime de responsabilidad a los militares a quienes consideraba entonces comprometidos con los civiles.
Al respecto, expresa que: “Desde los primeros intentos del golpe de Estado, los partidos y los grupos que organizaban el golpe contaban con el Centro de Enseñanza, a cuyo cuidado estaban los tanques, y con la Aviación, y no había soldado ni marino ni policía capaz de enfrentarse a los marinos ni a los aviones. Por lo demás, era difícil que el jefe del Centro de Enseñanza, coronel Elías Wessin y Wessin, y el general Atila Luna, jefe de la Aviación, volvieran a la legalidad: ambos eran traidores por naturaleza y hombres sin carácter, a pesar de lo cual yo no podía sustituirlos porque precisamente, por ser así, los demás jefes militares los respaldaban”.
Esta versión inicial, contando con información más detallada y contrastada sobre los hechos, la modificó el profesor Bosch sensiblemente en tres alocuciones que dirigió al país los días 25, 26 y 28 de septiembre de 1970 a través del programa radial Tribuna Democrática, al cumplirse el séptimo aniversario del golpe, alocuciones que, con apenas ligeros cambios, fueron recogidas en el importante documento titulado “ La Historia Secreta del Golpe de 1963”, publicado en el número 42 de la revista “Política: Teoría y Acción”, correspondiente al mes de septiembre de 1983 al cumplirse el 20 aniversario de su derrocamiento. La misma fue reeditada por Matías Bosch en el valioso texto: Juan Bosch: el golpe de Estado. Antología. (Fundación Juan Bosch, 2018).
En la referida versión, expresa don Juan lo siguiente: “Hay muchos dominicanos, y yo díría que una mayoría de los dominicanos, que han estado creyendo durante siete años que los autores del golpe de 1963 fueron los militares que firman el documento mediante el cual se declaró derrocado el gobierno que el pueblo había elegido nueve meses y cinco días antes. Pero sucede que muchos de esos militares no tuvieron nada que ver con el golpe. Sus firmas aparecen en la proclama porque estaban en el Palacio Nacional la noche del 25 de septiembre, no porque tomaran parte en los acontecimientos. Es más, algunos llegan al Palacio sin saber qué era lo que estaba sucediendo allí, cosa, por ejemplo, que le pasó al general Belisario Peguero; otros firmaron la proclama mientras decían que ese golpe era un error que iba a costarle muy caro al país, y tal fue el caso del general Renato Hungría Morel; otros la firmaron porque creyeron que si no lo hacían perderían sus rayas y hasta sus uniformes. El exgeneral Elías Wessin y Wessin declaró,hace algún tiempo, mientras se hallaba en los Estados Unidos, que fue él quien derrocó al gobierno constitucional de 1963, y que si tuviera que hacerlo otra vez lo haría de nuevo; pero el exgeneral no fue el autor ni el jefe del golpe. A él lo llevó al Palacio Nacional el exgeneral Atila Luna, a las tres de la mañana, cuando ya la suerte de la República había sido resuelta por otros, y lo mismo que hicieron otros, puso su firma en la proclama sin llegar a darse cuenta de lo que iba a significar la noche del 25 de septiembre en la historia dominicana. Al hacer esas declaraciones que hizo, el exgeneral estaba ganando indulgencias con camándula ajena, si bien esas indulgencias no lo eran, y más bien eran todo lo contrario”.
Ya para entonces, tenía don Juan informaciones más precisas de las incidencias geopolíticas que gravitaron en la región, y específicamente en nuestra subregión del Caribe, en el marco de la pugnacidad de la guerra fría, las cuales determinaron, entre otros acontecimientos, en lo concerniente a los intereses norteamericanos, la instalación de la conspiración de León Cantave y los exiliados haitianos contra Duvalier en nuestro territorio, entre otras variables de contexto que resulta imposible eludir para una cabal comprensión de tan complejos acontecimientos.
A este imperativo estratégico no escaparía su gobierno, como no escapa el de hoy ni escapará el de mañana en el ámbito de nuestra subregión del Caribe. Que por algo estamos situados en lo que él mismo definiera, con inigualable acierto, como “una frontera imperial”.