OTRO PALO: RITA INDIANA EN EL NEW YORKER

OTRO PALO: RITA INDIANA EN EL NEW YORKER

Firmado por Daniel Alarcón, el ensayo sobre Rita, aclara que no la llama “La Montra” por sus seis pies y tres pulgadas de estatura, sino por el inmenso talento que le permite abarcar “todas las dimensiones de la palabra”.

Dice Alarcón que durante estos tiempos de confinamiento dedicó las últimas semanas a escuchar el nuevo álbum de Rita Indiana o Ritin (como le decimos quienes la queremos): “Tiempos de Mandinga”, un disco para “el Apocalipsis”.

Producido por Eduardo Cabra, de la legendaria banda boricua Calle 13, este afirma que produjo el disco impresionado por el reconocimiento internacional y notoriedad de Rita, la cual se ha afianzado en la tranquilidad de Puerto Rico donde ha escrito tres novelas: TENTACULOS (2015), una novela de ciencia ficción que sucede en la República Dominicana del futuro después de una catástrofe natural; HECHA EN SATURNO (2018), una novela ácida y commica sobre una artista fracasada y adicta a las drogas, que es enviada a un centro de rehabilitación en La Habana, para que no avergüence la campaña electoral de su padre, un político corrupto; y la que le gano el premio de la asociación de escritores del Caribe: LA MUCAMA DE OMICUNLE, donde Ritin rescata las manifestaciones de la religiosidad popular. Esa novela, por cierto, le gano el premio de la Asociación de Escritores del Caribe.

En el 2019 Rita Indiana regreso a la música y grabo su nuevo álbum durante la revuelta popular contra el gobernador que concluyo con su renuncia, por eso la energía política de momento esta presente en el disco y muchas de las canciones parecen “himnos de descontento”.

Los “TIEMPOS DE MANDINGA” son un hibrido: merengue con ritmo de heavy metal, ga ga, reggaetón y punk, dembow y melodías del Medio Oriente; canciones de amor, raps y música de batalla. Es eclecticismo musical, pero tampoco se adapta a ningún molde.

El video “El Blue del Ping Pong” (2009) le gano el sobrenombre de La Montra; y también su libro RUMIANTES, escrito a os 21 años. Con 23 años publico “La Estrategia de Chochueca”, una novela sobre adolescentes desencantados, y adictos a las drogas, que vagaban en la noche, donde demuestra su dominico del lenguaje de esa juventud y su visión de la vida, y la muerte.

Todas estas novelas, de diciones limitadas, fotocopiadas y circuladas de mano en mano, se convirtieron en material de culto, pero fue PAPI, escrita en el 2005, sobre su padre, novela saturada de referencias Pop, heavy metal e instruciones de video, donde explora la mentalidad de los traficantes de droga en Miami y New York, con su afición a las mujeres bellas y carros de lujo, donde Rita demuestra lo que es narrar con el corazón, y sin pretensiones snobs o ajenas a lo vivido. Rita tenía doce años cuando mataron a su padre en un Restaurante en New York.

PAPI marco su transición a la música, ya que en la puesta en circulación, en un museo de la ciudad que adorno con símbolos de los autos mercedes Benz, una obsesión de la respetabilidad pequeño burguesa, se puso a cantar con una banda que se llamaba SUPERCHIN.

En el 2006, con un colectivo de artistas que se llamaba “LOS NIÑOS ENVUELTOS” creo el show de títeres “Ready” y “LA SOFI”, piezas que tuvieron un éxito colosal en las redes y fueron interpretadas por Julieta Venegas, de la banda punk mexicana “Tijuana No”.
En el 2008, formo un dúo con la artista Raina Mast, llamado MITI MITI, y produjo “ALTAR ESPANDEX”. Una producción llena de slang denso, ritmos sorprendentes y política, como en “DA PA LO DO”, y EL JUIDERO.

Cuando le pregunté a Rita Indiana por que abandonaba la literatura para dedicarse a la música me confesó que intentaba escapar del aburrimiento de los círculos literarios, donde escasea la experimentación y verdaderos artistas (como Tony Vicioso con ya dos décadas de producción musical continua y sistemática sobre la música popular, y una maestría de Juilliard que pocos aquí reconocen) viven aislados y arrinconados.

Paraíso del lugar común y la mediocridad arribista, donde cualquiera se permite excluir de las antologías oficiales a artistas cuya visión o estilo no comparte, solo Montras como Rita logran escaparse a tiempo de esta cárcel rodeada de agua por todas partes (como denunciaba el dramaturgo cubano Virgilio Piñera en una de sus obras) y crecer y volar, y crear, y convertirse en una de los cien intelectuales más prominentes de América Latina, según el listado del PAIS.

Comparada con Alejo Carpentier, por la vastedad de sus conocimientos, pero con el humor de Mark Twain, Rita Indiana ha inaugurado junto con Junot Díaz (el mayor de todos nuestros escritores jóvenes, actual presidente de los Premios Pulitzer y editor del Boston Globe) otra forma de decir, antítesis de la omposidad de los círculos literarios, donde pululan los “elfos”, snobs con rebuscados modos de decir que los separan de la gente, porque es separarse, no fundirse, es precisamente lo que pretenden.

A siglos luz de interpretes populares como Romeo (único cantante, después de Frank Sinatra que abarrotó el Yanki Stadium, no una sino tres veces); o Cardy B, rapera con cien millones de seguidores y una conciencia social que demuestra cada vez que ofrece una recompensa a quien denuncie a los tigueres que desfiguran mujeres con acido del diablo, la mal llamada intelectualidad dominicana no crece, no experimenta, repite ad-nauseaum gastadas teorías literarias, porque no puede producir una propia, y se salcocha en esfuerzos por complacer a las elites, que a sus espaldas los convierte en chistes de mal gusto.

Tuertos en un mundo de ciegos, intentan ignorar los éxitos de una brillante juventud dominicana que proclama en el universo otra dominicanidad, otra creatividad, un mundo donde la juventud real y a del espíritu destruyen todas las murallas.

Inmersa en su próxima creación, que esta vez involucra a artistas de varias latitudes y el cine, a Rita no le asalta otra preocupación que no sea la excelencia. Ahí radica su secreto para sobrevivir y ganar todas las batallas, algo que aprendió de Virginia Wolf, cuando advertía a las mujeres creadoras no dedicar u solo pelo de su cabeza a lo que pudieran pensar o decir los mal llamados críticos, algo que yo (mea culpa) a veces no puedo evitar.

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