Oye multitud 
¿Tiene importancia en realidad lo que yo crea?

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Una pregunta que oímos con frecuencia es: “¿importa en realidad lo que creemos, con tal que creamos en algo?” o, “mientras tu creencia te sirva, ¿no es eso todo lo que importa?”

La idea que hay detrás de estas declaraciones es que no existe una verdad absoluta en la cual creer, y entonces todo lo que existe es el acto de creer. Todos creemos en algo, como dice Edgar Sheffield: un pensador no puede despojarse de convicciones reales, y es fútil presumir de que no se tiene ninguna” (E. S. Rightman en H.N. Wieman, B.E. Meland (eds.), American Philosophes of Religión, Filosofías norteamericanas de la religión, Nueva York).

Al hombre moderno se le ha escapado la idea de encontrar la verdad o el significado de la vida. Esta declaración refleja la capacidad de concebir algo fuera de uno mismo: “No hay reglas por medio de las cuales podamos descubrir una razón de ser o un significado para el universo” (Hans Reichenbach, The Rise of Scientific Philosophy, El surgimiento de la folosofia cientifica, p. 301).

Aunque vivimos en una época en la cual todos tenemos creencias definidas acerca de las cosas, el clima parece ser el acto de creer, en vez de un objeto real de esa creencia. “No teman a la vida. Crean que vale la pena vivirla, y su creencia le ayudará a crear el hecho”, dice el pragmático William James.

Desafortunadamente, este no es el caso. La creencia no crea el hecho. La verdad es independiente de la creencia. Por mucho que lo intente, creer en algo no lo hace verdadero. Por ejemplo, yo puedo creer de todo corazón que va a nevar mañana, pero eso no hace que ocurra; o puedo creer que mi viejo auto es un Rolls Royce, pero mi creencia no cambiará la realidad.

La creencia es sólo tan buena como el objeto en el cual confiamos. Alguien puede venir a mi y decir: “!Vamos a dar un paseo en mi avión nuevo!” Si me doy cuenta de que su avión funciona con dificultad y que él ni siquiera tiene licencia de piloto, entonces mi fe, por mucha que tenga, no tiene fundamento.

Mi fe no puede hacer que mi amigo se convierta en un buen piloto una vez que estemos en el aire. Sin embargo, si otro amigo mío viene y me hace la misma oferta, pero él es un piloto certificado y tiene un avión nuevo, entonces mi confianza tiene bases más sólidas. De modo que si importa lo que yo crea, pues el creerlo no lo hace verdadero.

La Biblia también pone énfasis en el hecho de que es vital lo que uno cree. Jesús dijo: “Si no creéis que yo soy aquel, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24). También se nos dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rehúsa creer en el Hijo, no vera la vida, sino que la ira de Dios esta sobre el” (Juan 3:36).

Así que el énfasis de las Escrituras no se pone en el acto de creer sino en el objeto de la fe. No se hace hincapié en el que confía, sino en aquel en quien se confía. Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mi” (Juan 14:6).

La gente de ahora cree en lo que quiere creer, pero esto la llevará a su destrucción final. La famosa anécdota del filósofo Georg Hegel ilustra el tipo de fe que muchas personas despliegan, y que no tiene base bíblica. Hegel, dice la historia, estaba explicando su filosofía de la historia con referencia a cierta serie de acontecimientos, cuando uno de sus estudiantes objeto el punto de vista de Hegel y replicó: “Pero, señor profesor, la realidad es diferente.” “Tanto peor que la realidad” fue la respuesta de Hegel.

Uno de los períodos más oscuros de la historia de Israel tuvo lugar en tiempos de los reyes. Durante esta época, hubo un concurso entre Jehová y Baal, una deidad muy estimada.

Se levantó un altar de madera, con pedazos de buey puestos sobre el para el sacrificio. El dios que respondiera con fuego y consumiera el sacrificio sería reconocido como el verdadero dios de Israel. Baal comenzó.

Si había alguno que pudiera comenzar un fuego desde el firmamento, ese era Baal, el gran dios de la naturaleza que controlaba el clima (es decir, la lluvia, los truenos, los rayos). Los sacerdotes de Baal desfilaron alrededor del altar toda la mañana y hasta la tarde, pidiéndole una respuesta.

Estos falsos sacerdotes saltaron por encima del altar, se hicieron cortadas con espadas, danzaron con frenesí, deliraron y rogaron todo el día. Sin embargo, no pasó nada. Nadie podría decir que no eran sinceros; o que no tenían fe.

Después que ellos terminaron y se reconstruyó el altar, Jehová respondió con un fuego del cielo que consumió el altar con el sacrificio. Entonces mataron a los falsos profetas de Baal.

Si la sinceridad y la creencia salvaran, entonces deberían haber dejado con vida a estos profetas, pero no fue así. Ellos habían puesto su confianza en el objeto equivocado. Nunca se habían puesto a investigar la verdad. Dios exige que el hombre ponga su fe en Jesucristo; ni Dios ni los hombres quedaran satisfechos con menos que eso.

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