País Bajo Tierra
Una excepción en el estercolero

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Del trabajo que realizamos actualmente en las cuevas que existen a lo largo de los farallones del Llano Costero Suroriental, se pueden colegir dos cosas iniciales de las que no nos cabe la menor duda: primero, que los seres humanos somos las criaturas más sucias y despreocupadas de su entorno en el mundo; y segundo, que del conglomerado humano los dominicanos somos los más sucios y despreocupados en relación con las cuevas y cavernas que nos rodean.

Porque no hay explicación lógica para lo que ha ocurrido con estas cuevas a que nos referimos, es decir, las cuevas de los farallones que han sido ocupados por familias y oportunistas, y que han destinado estas cuevas a recibir todos sus desechos aún estando estas funcionando como patio de sus casas o como “habitaciones” de las mismas, y en último caso, como vertedero de todos ellos.

La gente que habita encima (y dentro y al lado y debajo) de estas cuevas se ha familiarizado tanto con el nauseabundo ambiente que han creado, que los terribles humores originados en su interior, pero que se esparcen por todo el entorno, parecen no afectarles en lo más mínimo. Más de ahí, parecería que hubiera el propósito de crear el hedor para sentirse en su ambiente.

Naturalmente, esta situación ha originado que las decenas de especies animales que de forma natural habitan las cuevas, hayan decidido abandonarlas, por lo que ninguna de estas especies, agrupados en diferentes familias y géneros, como son los amblipígidos, centípedos, diplópodos, colúbridos, arácnidos y otros, se encuentren presentes en las cuevas que estamos trabajando.

Los murciélagos, que son criaturas características de las cuevas, solamente pueden encontrarse en muy escasos sitios y en números muy reducidos, evidenciándose su numerosa antigua presencia por la cantidad de guano que encontramos en el piso al interior de las cuevas.

Todo esto riñe tremendamente con la imperturbable presencia del agua, que sigue brotando en muchas de estas cuevas, tanto en forma de manantiales (grandes y pequeños) como de manera lenta y parsimoniosa de sus techos y paredes. Agua que al encontrar el ambiente creado por los seres humanos no tiene otra alternativa que “dejarse” contaminar, aunque sé que si pudiera, estas aguas darían marcha atrás para ir a brotar en lugares donde se agradeciera su presencia.

La excepción en este largo estercolero es la “Cueva del Altar”, la que hemos denominado así por encontrarse en su interior un altar, aparente para al servicio de la práctica santera.

La persona a cuyo cargo se encuentra el altar se ha ocupado de que esta cueva se mantenga limpia, lo que podemos asociar con la intención de que el entorno del altar sea un lugar habitable para las deidades (luases o seres) a quienes sirve.

Pero esto también tiene sus problemas, porque buscando privacidad para dichos seres, el practicante ha cubierto las representaciones de las deidades taínas originales en el interior de la cueva, unas veces con cemento y otras encalando la superficie.

Pero con todo y lo hecho, la “Cueva del Altar”, incluyendo algunos arbustos que también son cuidados por el practicante a la entrada de ésta, recupera algo de la limpieza original y la tranquilidad que normalmente habita las cuevas.

Lo mismo pudiera ocurrir con todas las cuevas que están en la situación antes descrita, es decir, ser liberadas de tanta basura y desechos. Solo que para ello debería desarrollarse un trabajo específico de educación con relación a las cuevas con los habitantes del farallón, trabajo que puede preparar y orientar el Espeleogrupo de Santo Domingo, como especialistas de cavernas, y ser auspiciado por la Secretaría de Estado de Medio Ambiente y el Consejo Nacional de Asuntos Urbanos –CONAU-.