¡País, canalla!

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Sobre un tanque de guerra Edith Piaf canta “París, canalla”. Lo entona a capella, vestida de negro, mordida por el dolor y la ignominia de ver un París saliendo de la humillación de la ocupación nazi. Las tropas del general Charles Degaulle han entrado en París. La ciudad luz, el reino de la razón cartesiana, la bujía encantadora de toda la cultura occidental sumida en la muerte y el horror de la traición. Y si toda esa mortandad de la Segunda Guerra Mundial, producida por la quiebra de la razón, carecía de sentido, es porque tampoco la vida lo contenía. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, el “París, canalla” queda esculpido en el grito estentóreo de la canción. Tanta muerte, tantos sufrimientos, volverán ahora al país indiferenciado de las sombras; y sobrevendrán los gigolós, los catrines, los rufianes, los políticos arteros que tienen una boca vacía que nada sacia, en la cual la mentira siempre habita.

Estoy mirando en la televisión a Danilo Medina hablar sobre “la transparencia”, y lo que me asalta en la mente es el “París, canalla”, y la imagen endeble de Edith Piaf; pero digo ¡País, canalla! Y pienso: ¿Después de tantas muertes, tantas luchas, tantas persecuciones, cárceles y desapariciones, nos merecemos un gobernante que desprecia nuestra inteligencia, que se imagina que somos un país de tarados, que despliega el esplendor convulso de sus mentiras y ni siquiera se inmuta? ¿Entre los asistentes a las celebraciones del veinticinco aniversario de FINJUS, habrá diez personas que le crean? ¿Por qué nuestra impasibilidad recubre la vida cotidiana, y no lanzamos un grito que desgarre esa máscara y suba al cielo si es preciso, y obligue a la fascinación de ver al mentiroso atareado entre los pliegues de su propia mentira?

Es mejor creer en la práctica y no en los discursos. ¿No es Danilo Medina el mismo hombre que está usando el Estado para construirse el pedestal de un Dios? ¿Y no fue él quien usó el Estado para imponerse en las elecciones internas del PLD a la facción de Leonel Fernández? ¿Cuánto le costó al país cambiar la constitución en quince días para propiciar su repostulación? ¿Por cuánto le va a salir al país Miguel Vargas, Peggy Cabral y su combo? ¿No nos ha convertido su ambición en una nación inmóvil con el 87% de los senadores y diputados reeligiéndose, la estructura añeja del PLD con más de veinte años, y la rémora de Ministros con más de quince años en la cartera? ¿Quién compró la “oposición”? ¿Sabe alguien lo que ocurrió en Relaciones Exteriores de los reformistas? ¿No es, para él, la corrupción un “secreto de Estado”? ¿Quién ha instrumentalizado políticamente los expedientes de corrupción de Díaz Rúa y Félix Bautista; primero esgrimiéndolos, y luego archivándolos? ¿Quién trajo a Quirino? ¿Por qué se reprimen las manifestaciones que piden transparencia en el caso de la OISOE? ¿Las denuncias continuas y documentadas de corrupción de los programas televisivos de investigaciones, las irregularidades que ponen en evidencia las auditorías de la Cámara de Cuentas, por qué no se investigan? ¿Quién investigó lo del Banco Nacional de la vivienda de Quique Antún? ¿Por las “declaraciones de urgencia” que encarnan modalidades descaradas de corrupción, hay alguien que está siendo investigado? ¿Los comedores económicos, educación, Plan Social, la Lotería, la CAASD, Comunidad digna, OISOE, Obras públicas, Plantas a carbón, Tucanos, y un largo etcétera; son “modelos” de transparencia? ¿Y los más de veintiocho mil militantes del PLD prorrateados en las nóminas públicas, son “trasparentados”?

¡País, canalla! Vuelvo a decir, y tomo el control de la televisión. Me resulta siempre tremendamente sospechosa las superioridades autoproclamadas. Además de la libertad, aquí languidece la comprensión y la esperanza. El PLD hace ya tiempo que perdió el hábito de competir en igualdad de condiciones. Ese discurso de Danilo sobre la transparencia esconde la intención de robarnos la realidad en la cual vivimos.

Una realidad de puertas cerradas, de secretismos, de complicidad e impunidad. Una realidad que es la antítesis de la transparencia, una realidad de murallas y alambres de púas. Este país es lo más opuesto que uno se pueda imaginar a la transparencia- me digo-. Y cuando voy a apagar, ¡por fin!, el televisor, vuelvo a exclamar: ¡País, canalla! Recordando la endeble figura de Edith Piaf.