Paja con lodo y viceversa

FEDERICO HENRIQUEZ GRATEREAUX
henriquezcaolo@hotmail.com
– Doctor, he leído ocho de los diez pedazos de su libro que me entregó ayer. Todo es sumamente interesante y, al mismo tiempo, muy controversial. ¿Ya ha terminado de revisar las notas finales de Memorial del siglo XX?   Sobre este punto le responderé con unos fragmentos de John Steinbeck que leí en los Estados Unidos, al llegar al aeropuerto de Miami; las encontré en un periódico, frente a mi asiento en el avión.

Son expresiones del novelista norteamericano publicadas por The Paris Review. Arranqué la página completa para conservar el texto: “Un escritor vive en el temor a las palabras puesto que estas pueden ser crueles o amables y pueden cambiar de significado ante sus propios ojos. Adquieren sabores y aromas, como la mantequilla en la nevera. Por supuesto, hay escritores deshonestos que tienen cierto éxito durante un tiempo, pero no por mucho tiempo […]” “El escritor, desde su soledad, intenta comunicarse como una estrella lejana que envía señales. No cuenta, enseña ni ordena; más bien intenta establecer una relación de significado, de sentimientos, de observación. Somos animales solitarios. Nos pasamos la vida intentando estar menos solos”. […] “El telón se abre y se cierra pero la historia continúa y nada termina. El final conlleva tristeza para un escritor: una pequeña muerte. Escribe la última palabra y ya está terminado; pero no lo está de verdad: la historia continúa dejando al escritor atrás, puesto que ninguna historia termina jamás”.

  Otras cosas escribió este hombre que me llenaron de asombro, por ejemplo: “Y resulta interesante pensar lo que son el papel el lápiz y las enredadas palabras.

No son más que el gatillo de la alegría, el grito de la belleza, la carcajada de la brisa pura de la creación. Y, muy a menudo, las palabras no se equiparan con el sentimiento, excepto en intensidad. Así, un hombre lleno de alegría desbordante puede escribir con fuerza y vehemencia acerca de una escena triste: de la muerte de la belleza o de la destrucción de una hermosa ciudad, y solo tiene efectividad para probar cuán grande y hermoso era su sentimiento”.

  El pobre Steinbeck dio a conocer durante esas entrevistas sus opiniones acerca de lo que llaman “narrativa comercial”, acerca del tamaño “adecuado” de los libros, sobre los editores, la hora de la publicación y los personajes de sus propias novelas. Sentí viva simpatía por las narraciones de Steinbeck desde que era un jovencito. Ahora siento admiración por la persona, por el escritor mismo, a quien nunca conocí. Pero el colmo es lo que voy a leerle: “Mi obra no se coagula; es tan inmanejable como un huevo crudo en el suelo de la cocina. Me vuelve loco. Ahora, de verdad, voy a intentarlo y tengo miedo de que la misma fuerza del intento quite toda su vida a la obra. No sé de dónde vino esta peste, aunque sé que no es nueva. Trabajamos en nuestra propia obscuridad durante largo tiempo sin saber gran cosa de lo que estamos haciendo. Creo que sé mejor lo que estoy haciendo que muchos escritores, pero aun así no es mucho. Me imagino que estoy aterrorizado ante la idea de escribir la palabra “fin” por temor de acabarme yo también”.

  Sin embargo, en este caso, estoy seguro de que seguiré viviendo después de haber terminado el libro. Tengo otros deberes que cumplir.   He oído decir que un novelista del siglo XIX, que redactaba novelas históricas por entregas, demoraba la culminación de los relatos para seguir cobrando a los editores.   En verdad mis escritos se publican raramente en Budapest o en Praga. En los Estados Unidos aparecen con mayor frecuencia. Además, esas colaboraciones nunca son bien pagadas. En algunos países de Europa el problema es político; en los de por acá la dificultad es económica y proviene de la estrechez del “mercado de lectores”.  

¿Qué hará usted en Santo Domingo en lo que llega de Cuba su mujer? Repito que aquí puede usted trabajar en lo que quiera: clases de historia en cualquier universidad, enseñanza de idiomas, redacción de discursos. Los empresarios y los políticos prefieren contratar extranjeros para esas labores. En Santo Domingo es ya una larga tradición. Trujillo tuvo varios asistentes extranjeros. El único punto engorroso era que a veces los mataba si revelaban “intimidades del gobierno”.

  Lo cierto, amigo mío, es que mis escritos exigen una terminación triple: el desenlace narrativo, la conclusión intelectual y la descarga emotiva. Tengo, pues, un problema técnico. No sé si llamarlo literario y estilístico o filosófico y existencial. He comprobado en el curso de mis averiguaciones que los argumentos políticos son, en muchos casos, paja con lodo; y en otros, menos complejos, se reducen a lodo con paja.