Pajaritos en el aire

Federico  Henríquez Gratereaux

Creo que dejar fluir la imaginación es una saludable costumbre. Aunque todos los días nos adviertan que no debemos “pintar pajaritos en el aire”; ni hacernos ilusiones, sean estas políticas, amorosas o de lotería. Los sueños, sueños son, dicen los hombres prácticos; se despierta de ellos con dolor de cabeza y la sensación de haber perdido el tiempo. En la infancia es frecuente que seamos embaucados por magos, hadas madrinas, astrólogos; en la adolescencia conservamos la dosis de ingenuidad suficiente para seguir siendo embaucados por “entusiasmos imaginativos”. Pero los adultos terminan por “extirpar” de la mente todos los impulsos hacia la construcción de mundos imaginarios.

Los poetas, escritores y artistas, se permiten, en este aspecto, mayores libertades que los demás mortales. Sus respectivos oficios reclaman “el vuelo de la imaginación”. Pero también los artistas, a medida que van envejeciendo, sofrenan y limitan la producción de “pajaritos en el aire”. Dar rienda suelta al pensamiento creativo es un ejercicio salutífero para todas las personas; para escritores y artistas es la cantera de sus “materias primas”. Los científicos –de todos los campos- trabajan primero con la imaginación; después con las comprobaciones y experimentos. Especialmente aquellos científicos dedicados a los mundos de la física, la química o la cosmología.

De los hombres de negocios y de los políticos se dice que siempre “tienen los pies en la tierra”; o que ninguno de ellos cree “en pajaritos volando”. Pero ni siquiera estos privilegiados de la sociedad contemporánea, pueden realizar sus funciones sin poner en marcha la imaginación. Ninguna tarea importante puede llevarse a cabo sin la presencia de algunos “pajaritos” en las cabezas de sus ejecutores.

Ahora bien, lo más relevante de todo esto no es mostrar la importancia de la imaginación para lograr grandes obras artísticas, científicas, políticas, empresariales; lo verdaderamente esencial es que la vida ordinaria, la de todos los días –la del hombre común que no es científico, artista, ni líder empresarial-, no puede vivirse gozosamente, sin que “fluya la imaginación”. A la hora de comer –pasta, carne, ensalada- entra en juego alguna forma de ilusión. Lo mismo ocurre si vamos al cine, hacemos un viaje a un país desconocido o empezamos a leer un libro.