Palito Ortega vuelve por sus fueros

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POR MANUEL EDUARDO SOTO
Aproveché la reciente visita que hizo a Santo Domingo el empresario artístico chileno Manolo Olalquiaga, acompañando a su artista Dyango, para preguntarle cómo le había ido con un espectáculo nostálgico que presentó hace unos meses en Miami, encabezado por el cantautor argentino Palito Ortega.

“Excelente”, me dijo, reflejando sinceridad en su mirada. “Palito se lució”.

Eso me bastó para saber que a pesar de que está cerca de los 65 años, el astro argentino de la década del 60 sigue con una corte fiel de admiradores que lo siguen adonde quiera que vaya.

Con un aspecto todavía juvenil, a pesar de su edad, debido a que sigue delgado y elegante como en sus mejores tiempos, el artista que se consagró como una de las grandes figuras de la nueva ola argentina, al lado de Leo Dan, Sandro y Piero, lo vi la última vez a fines de los años 90 en un almuerzo que compartimos en el restaurante italiano Bacci, del elegante barrio miamense de Coral Gables.

“Voy a estudiar economía en la Universidad Internacional de la Florida”, me contó en esa ocasión, con un entusiasmo que surgía de sus deseos de prepararse bien para poder ser presidente de Argentina. Ya había sido gobernador de su provincia natal, Tucumán, y ahora su Partido Justicialista (el mismo de Juan Domingo Perón y de Carlos Menem) lo quería en la primera magistratura de la nación sudamericana.

Pasó el tiempo y Ramón Ortega, su nombre real, prefirió apartarse de la inestable política de su país y concentrarse en sus negocios, regresando de Miami a vivir en Buenos Aires, donde está actualmente con su numerosa familia.

Su discografía se ha caracterizado por incluir temas jocosos como “Despeinada” y otros alentadores como “La felicidad” y “Yo tengo fe”, los que popularizó en todo el continente americano y España a través del cine y la televisión. Entre las composiciones dramáticas se destaca “Prometimos no llorar”, una verdadera telenovela de tres minutos.

Palito tenía su productora, Chango, en el centro de Miami, en el hotel Four Ambassadors, donde creaba programas y guardaba su preciada colección de objetos que pertenecieron a Carlos Gardel y que le dejó como herencia su padrino, el jockey uruguayo Irineo Leguisamo, quien montaba los caballos de Gardel.

En una de las ocasiones en que nos juntamos en su oficina, me mostró con orgullo unas corbatas y otras prendas que habían pertenecido a Gardel, el rey del tango fallecido trágicamente en Medellín, Colombia, en 1935. En base a esto, produjo un excelente programa especial cuando se cumplió el centenario del nacimiento del autor e intérprete de temas inmortales como “El día que me quieras” y “Volver”.

Olalquiaga dijo que no tenía planes de traerlo a República Dominicana porque no había recibido ofertas concretas, pero no descartaba esa posibilidad, ya que sabía que aquí se le recuerda con cariño y algunos de sus temas se siguen escuchando en las radioemisoras románticas.

A mediados de la década de 1980, Palito compartió un espectáculo en Nueva York con Charytín, a quien le expresó su afecto por la República Dominicana y su gente frente a mí.

Mientras Palito Ortega regresa a los escenarios por sus fueros, sus descendientes van sumándose poco a poco al mundo del espectáculo. Su hijo, Emanuel, es un exitoso baladista y actor de telenovelas, mientras que su hija Julieta se ha concentrado en la actuación, con polémicos papeles en los que incluso ha aparecido desnuda en la pantalla. Una sobrina de Ortega, Luciana Salazar, está haciendo estragos en Argentina, Chile y Perú con un cuerpo espectacular que lo muestra sin tapujos en la prensa y en la televisión. Ella no actúa, no canta ni baila, pero parece que al público masculino eso no le importa.