Pandemia social

La pobreza que azota a los pueblos latinoamericanos es lo que más se parece a una pandemia de cualquier enfermedad infecto contagiosa mortífera, con la agravante de que las alternativas para mitigarla no llegan al paciente y se quedan en el discurso.

Ese, ni más ni menos, es el diagnóstico que se desprende de las afirmaciones de la doctora Rebeca Grynspan, directora para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

En América Latina –ha dicho la doctora Grynspan- existen setenta millones de nuevos pobres en comparación con los años 80, y uno tiene que preguntarse cómo es esto posible si en la región, en todos los países sin excepción, se habla permanentemente de lucha contra la pobreza, de crecimiento económico y otros “progresos”.

En países como el nuestro, por ejemplo, las políticas de lucha contra la pobreza no han logrado establecer un vaso comunicante entre el crecimiento de la economía y la masa poblacional en extrema pobreza.

-II-

Y algo más elemental aún es que esas políticas no logran eliminar la exclusión social que aleja a los pobres de las oportunidades de buena formación escolar, técnica o profesional, y de un justo acceso a los bienes y servicios vitales.

La inversión en educación es pobre y está destinada a programas de enseñanza desfasados, insuficientes en tiempo y aprovechamiento, bajo un régimen de escolaridad caracterizado por una alta deserción en los primeros años y en la proporción bastante baja de jóvenes que llegan a las universidades.

Todas estas limitaciones impuestas al desarrollo humano apuntalan el crecimiento y agravamiento de los índices de una pobreza que se multiplica por sí misma en las mismas proporciones que crecen las riquezas de las minorías.

Las observaciones de la doctora Grynspan, que deben estar basadas en cifras que maneja rutinariamente el PNUD, dejan claro que las políticas contra la pobreza y la distribución de la rentabilidad de las economías no andan por el camino correcto, y por eso se multiplican los excluidos sociales.

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En el caso particular dominicano, el panorama de pobreza tiende a agravarse en vez de aliviarse.

Uno de los factores impulsores del progreso humano es la preparación de los jóvenes y aquí, en virtud de una inversión insuficiente en educación, esa preparación deja mucho que desear.

Mientras los jóvenes en edad escolar tengan que desertar de las aulas para buscar trabajo, nuestra capacidad de desarrollo estará en constante dificultad, y ni hablar de la competitividad del país, que es un concepto puesto en boga por la globalización económica y los tratados de libre comercio. Es una pandemia a la que hay que hacerle frente más allá del discurso.