Para la historia

LEO BEATO
WASHINGTON, D.C.- “Padre, deseo compartir un secreto con usted. En nuestro país va a suceder algo trascendental”. Así dijo el hombre fijando en mí sus pupilas de gato. Ahora que han pasado exactamente 40 años la información me parece como el último tango de París o como el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, que todo el mundo lo sabe pero que eso no le resta importancia por su extraordinaria significación.

– Existe un país en el mundo donde ya no parece haber esperanza para la democracia y todo dependerá de lo que suceda en los próximos siete meses- decretó, ensanchando el verdor silvestre de sus pupilas catalanas. Entonces procedió a explicarme el plan sin entrar en lujos de detalles. Dadas las circunstancias de aquel país tan peculiar donde todo, absolutamente todo, había sido temerario desde el principio de su historia, me convencí a mí mismo de que todo también podía allí suceder. Toda sorpresa sobraba.

– Usted desde Washington nos puede ser muy útil- abrió de nuevo sus dos inmensas esmeraldas que impresionaban a los incautos, y me invitó a compartir con él un café junto a mi padre, el Prof. Juan T. Beato, que me acompañaba.

Hizo un recorrido por nuestra historia patria desde el primer día en que llegaron a colonizarnos, el por qué y el cómo de lo que pasó, analizando la dialéctica de cada acontecimiento significativo y su proyección hacia el futuro del pueblo dominicano.

“Dios escribe derecho con letra torcida” repetí dos veces como un loro de Macorís.

– Guárdeme el secreto y ya en Washington comuníquese con estos personajes”.. – me dio tres de sus tarjetas personales con un mensaje en clave para tres congresistas.

– ¿Y qué le hace pensar que no le voy a fallar?- le pregunté dubitativo.

– Se lo digo de dominicano a dominicano” ¿me entiende?

– Lo entiendo- contesté como si el verdor de sus ojos me hubiera hipnotizado.

– Sé también que quizás alguien le habrá dicho que no creo en Dios y eso es falso de toda falsedad, padre,- me dijo muy serio y un rictus de tristeza se asomó a su rostro- Lo que sucede es que yo creo por la razón y no por la tradición. Todo aquel que como usted y yo amamos a nuestro pueblo también amamos a Dios. ¿No lo cree así?

– Por supuesto que sí. Contesté como en un “deo gratias”.

Lo dijo él entonces y lo repito yo hoy: todo aquel que ama a su país de verdad y no se aprovecha de los mas débiles? ama a Dios como él lo amó.

Lo único que nos faltó a él, a mi padre y a mí fue hacer una oración entre los tres. Aunque, de hecho, la hicimos al decirnos adiós. Amén Jesús. Lo demás es historia patria.

El nombre del hombre de los ojos de esmeralda era Juan Bosch Gaviño. El lugar, Río Piedras, calle Esteban González, Puerto Rico. La fecha: el 28 de diciembre del 1964, día de Los Santos Inocentes, cinco meses antes del 25 de abril del 1965.