Para no ir al médico, ¡reequilibre su química interna!

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Si quiere protegerse de las enfermedades o reducir su duración y gravedad, mantener sus defensas orgánicas, células y tejidos en buena forma, y controlar el sobrepeso, debe vigilar la acidez o alcalinidad de los alimentos que ingiere. Nuestro cuerpo es como el agua de una piscina: debe tener un índice de pH adecuado
El pH es la sigla de “potencial de Hidrógeno”, que describe la actividad de los iones o carga eléctrica del hidrógeno y se utiliza cómo índice para expresar el grado de acidez o alcalinidad de una disolución. Un pH de 1 es el más ácido y el de 14 es el más alcalino. Cuando es 7 es neutro: el que presenta el agua pura.

Los ácidos son compuestos químicos que contienen hidrógeno, tienen sabor como de agraz o de vinagre, mientras que su contrapunto son las sustancias alcalinas o bases, que reaccionan con los ácidos formando sales neutras, y al disolverse en agua se denomina lejías.

 Esta explicación no corresponde a una lección de química sino a un asunto de nutrición. Es que cada cosa que comemos o bebemos altera el equilibrio de pH en nuestro organismo, el cual se relaciona con reacciones químicas esenciales que suceden en las células y tejidos y de las cuales depende nuestra salud.

“Prestar atención al equilibrio ácido-alcalino de la dieta cotidiana es una de los mejores caminos para mejorar la vitalidad de manera natural, porque tiene un impacto directo sobre las defensas inmunológicas, la digestión, la fortaleza, ósea, el equilibrio hormonal y las funciones esenciales de los órganos internos”, señala el experto alemán Norbert Treutwein, autor del libro “El poder curativo de los antiácidos naturales”.

Menos ácidos, más salud

Los estudios recientes demuestran que mantener bien equilibrado el pH y elevar la alcalinidad, tiene múltiples efectos benéficos, desde reducir el riesgo de infecciones urinarias, cálculos renales y los síntomas de la cistitis, hasta aumentar la capacidad del sistema inmune para matar las bacterias nocivas, proteger de la osteoporosis, o mejorar la artritis reumatoide, la gota o la enfermedad de Chron.

 Según Treutwein, “las personas con un pH equilibrado llegan a mayores con unas excelentes función digestiva y capacidad pulmonar, y tienden a ser más saludables y vitales con el paso de los años”.

 Pero la mayoría de la población occidental va en sentido contrario: se calcula que más del 90% de los ciudadanos alemanes son “personas ácidas” y que menos del 8% de la población estadounidense produce naturalmente buenos niveles de alcalinidad en las edades avanzadas. El panorama es similar en otros países desarrollados.

Cada comida o bebida que se ingiere o toma, influye en el equilibrio del pH, ayudando a mejorar la salud o favoreciendo las enfermedades.

Su equilibrio también varía con cada respiración, ya que cada bocanada de aire que inhala incorpora oxígeno alcalino al organismo, mientras que con cada exhalación se elimina el dióxido de carbono, que es más ácido.

 Para funcionar adecuadamente, las células necesitan mantenerse ligeramente alcalinas, pero el estilo de vida y la alimentación modernos favorecen que buena parte de la población occidental tenga un exceso de acidez en las distintas estructuras celulares de su cuerpo.

Ello proporciona el caldo de cultivo ideal para todo tipo de trastornos y dolencias de tipo inflamatorio, degenerativo e infecciosas, además de aumentar su severidad, prologar su duración y dificultar su curación.

Consejos para alcalinizarse

“Por ello, tomar unas buenas cucharadas de alcalinidad y reducir la presencia de ácidos en la dieta, es una de las mejores inversiones en salud que se puede hacer”, afirma el experto germano, que explica que “cuando uno ha recuperado su equilibrio natural, nota que se siente mejor e incluso nota en la boca del estómago una sensación de felicidad”.

Todo lo que comemos tiene un impacto enorme sobre el pH orgánico, por lo cual conviene vigilar cada bocado y sorbo que uno se lleva a la boca.

Para mejorar la química interna los expertos aconsejan reducir las comidas que generan ácidos en el cuerpo (azúcar, dulces y refrescos azucarados, productos elaborados con harina refinada, cereales “no enteros” y sus derivados, café y alcohol), o que los aportan: carne y casquería, aves, caza, huevos, queso, requesón y caldo de carne.

También recomienda incluir en el menú cotidiano más platos que proporcionan “bases” (papas, hortalizas, frutas, agua mineral sin gas, leche, especias) o son neutros o de pH equilibrado: aceites de oliva y nueces.

Uno de los principales “formadores de ácido” son las comidas que concentran muchas proteínas y grasas. Para reducir su presencia en la dieta, conviene reducir los alimentos proteicos de origen animal y aumentar el contenido vegetal en las comidas: por ejemplo, en vez de cenar un ”filetón” asado, tomar una ensalada “coronada” con unas rodajas de carne.