Paraísos del trópico

Federico Henriquez Grateraux2

El teléfono de Tizol timbró sobre la mesa. –Dígame, ¿quién llama? –Es Flor de Betania, he llamado el viernes y el sábado, pero no pude comunicarme. El señor Caperuzo desea hablar contigo; tiene urgencia. Cuando llegues, procúralo enseguida. –Gracias Flor de Betania; espero regresar esta noche. –Señor, la lluvia no ha parado en dos días que tengo aquí. Gracias a Dios, ni hace calor, ni hace frío. Gozan ustedes de un clima bendito y de un sol de maravilla; cuando deje de llover desayunaré al aire libre y dormiré la siesta en un sillón de playa. Aquí es mejor que en Marruecos.

–Parece que los hoteleros extranjeros construirán edificios de apartamentos en lugares cercanos a las playas para fomentar sus negocios principales. –¿Quiénes compran esas casas? ¿gentes de aquí o extranjeros? –No lo sé a ciencia cierta; pero creo que las compran extranjeros y locales, de esta provincia y de la capital. Muchas personas desean adquirir una “segunda vivienda”. La compran como inversión, para veranear con su familia, por vanidades sociales. –Pero yo he visto en un poblado cercano letreros en todos los idiomas: en inglés, francés, ruso, griego. Debe haber muchos visitantes extranjeros. –La verdad es que también hay montones de extranjeros residentes que viven de los turistas.

–Su amigo francés que se mudó al pueblecito normando tenía razón; las ciudades grandes son peligrosas, producen tensiones. Pero las cosas cambian y no funcionan del mismo modo en todos los países. Aquí hay delincuentes buscados por la “Interpol”. Andan en traje de baño, subidos en motocicletas; es difícil identificarlos, vestidos o desnudos. Algunos ni siquiera tienen pasaporte. Suponen estar “escondidos en el trópico”; al menos eso creen muchos de ellos. Casi todos están “desactivados” y son inofensivos.

–La compañía inmobiliaria que construye apartamentos aquí me invita a las inauguraciones dos o tres veces al año. No trabajo para ellos. Sencillamente, necesitan alguien en la capital que localice un cliente o le haga firmar algún documento. Hay buenas casas, lugares tranquilos, zonas que adquieren valor en poco tiempo. Sin embargo, no crea que se trata del paraíso normando. El día menos pensado aparecen cadáveres y la policía invade los establecimientos comerciales. Pero no ocurre con frecuencia.