París bien vale una misa

Sólo la prohibición de la reelección presidencial, de por sí, justifica la reforma que alumbró la Constitución que estrenamos desde este 26 de enero.

Creo que fue Francisco Augusto Lora quien dijo, o hizo la célebre repetición de que la reelección presidencial -ah, si lo supo él- es una hidra de 7 cabezas, aludiendo al más terrible monstruo imaginado por la fecunda mitología griega.

La reelección ha sido el mal de males del sistema político nacional. En una escala que nos permita jerarquizar los factores que más han contribuido a que 166 años después de fundada, la República Dominicana acuse tanta flaqueza institucional, hay necesariamente que colocar en primer orden a la reelección.             Así ha sido desde fechas tan distantes como noviembre de 1844, cuando asumió Pedro Santana como primer presidente constitucional dominicano, y mayo de 2008, ocasión en que para lograr su reelección el presidente Leonel Fernández “desguañangó la economía”,  -ha sostenido el historiador Bernardo Vega.

Además de ese daño económico, el afán de “seguir a caballo”,  llevó al gobierno del PLD a usurpar las funciones del Congreso Nacional mientras colocaba a la Suprema Corte de Justicia en la cuestionable decisión de fallar que el Presidente había violado la Constitución, pero al mismo tiempo absolverlo de la violación.

 Ambos crímenes de institucionalicidio –permítanme el término- fueron  materializados con el ilegal préstamo SunLand en cuya comisión, sólo contagiado con el frenesí de la reelección, pudo incurrir un intelectual tenido por civilista como el presidente Fernández.

Siguiendo con la historia más reciente, su antecesor perredeísta Hipólito Mejía y su equipo político cometieron un crimen no menos grave: tirar al zafacón de la historia toda la tradición antirreeleccionista y democrática del PRD, incluyendo la inmolación política de José Francisco Peña Gómez en 1994.

Y un poco más atrás podemos ver uno de los retratos mejor dibujados de la incoherencia de nuestros líderes políticos, cuando Joaquín Balaguer, quien deviniera en uno de los grandes reeleccionistas de nuestra historia, dijo en el discurso de su toma de posesión en 1966 que “El mandatario que en estos momentos está obligado a cumplir y hacer cumplir la Constitución (…) no aspira a ser reelegido…”, citado por Juan Bolívar Díaz en Trauma Electoral (1996).

Es verdad que algo hay de factores exógenos en nuestra miseria institucional, y más quizás del díscolo carácter que nos impide seguir adelante en la creación de un robusto Estado de Derecho y empujar una firme estrategia para consolidar la independencia de los poderes públicos.

Pero podemos concluir que en matrimonio o concubinato con esos dos factores, ha sido la reelección y su agravante la ambición continuista el factor que más ha conspirado contra nuestra institucionalidad.Por eso es bien saludable que Miguel Vargas y el PRD hayan hecho la reparación histórica de incluir en la nueva Constitución la prohibición de la reelección presidencial consecutiva, y eso, sólo eso, le otorga una gran calidad a la nueva Carta Magna, permitiéndonos parafrasear la famosa cavilación de que París bien vale una misa.