Partidos políticos y corrupción

LUIS R. SANTOS
A muchos les molestará esta aseveración: los partidos políticos son los principales promotores de la corrupción estatal o gubernamental a todos los niveles y en todas sus vertientes, y aunque no lo admitan, los políticos saben que esto tan cierto como lo es el hecho de que la gente está hastiada, asqueada de la conducta que se ha exhibido desde el poder. Analizaremos primero el fenómeno del clientelismo político. En un país con tantas carencias, con tanto desempleo, con tan pocas oportunidades de vivir con dignidad en base al trabajo, muchos ven al partido como la empresa del futuro, la que de alguna forma les servirá para sobrevivir y para avanzar socialmente.

Nuestros dirigentes medios y altos conocen esta situación y se aprovechan de ella; así que empiezan a llenarles el cerebro de promesas a los miembros de los organismos de los partidos y terminan conformando una pequeña claque, que, tan pronto se presente la oportunidad, exigirá el pago por sus servicios; pero el asunto no se detiene ahí: a muchos hay que comprarles receta médicas, pagarles gastos médicos, comprarles ataúdes para sus muertos, ron para sus borracheras y en navidad y reyes hay que entregarles canastas. Pero para un político atender a tantas demandas tendrá que tener estas características: o está en el poder y busca para resolver, o, si no está en el poder, tendrá que tener muy buena alforjas. Y quien da estando en el gobierno da lo ajeno, y quien da lo suyo espera recuperarlo con intereses leoninos. Esto termina siendo corrupción, tal vez de la más benigna porque es la corrupción que busca comprar adhesiones para crecer en la estructura del partido.

Los partidos son los promotores de la impunidad. Citaremos dos ejemplos. Cuando el PRD llegó al poder en el año 2000, unos meses después se hizo muchísimo bulto con el caso Peme. La reacción de muchos dirigentes del PLD ante este expediente no se hizo esperar: hay persecución política, quieren desacreditar al partido, quieren destruir la buena imagen de la organización. Ahora la situación es inversa: una perfidia llamada Renove, bautizado el caso por el pueblo como el plan robe, ha llegado a los tribunales. El PRD ha dicho lo mismo: es un show político para hundir al partido de cara a las elecciones del 2006, es una persecución con fines politiqueros. Y así no vale. Por esa actitud, la gente ha llegado a creer que los partidos son una sociedad que busca protección recíproca, que busca impunidad colectiva. Los intereses partidarios están llevando incluso a gentes decentes, que se manejan con aceptables niveles de honorabilidad, a cometer graves pifias en contra del adecentamiento de la gestión pública.

Porque una de las fatalidades mayores de la política es ese querer estar bien con Dios y con el diablo, el servir a dos señores al mismo tiempo.

Los políticos tienen sus contribuyentes dentro del sector privado, a quienes se les solicita colaboración para financiar las actividades de los grupos y para financiar las actividades privadas de los solicitantes; pero cuando un empresario aporta a un partido o candidato no lo hace por patriotismo ni nada parecido: quiere tener padrinos, quiere tener gente que les den el pleito en determinadas instancias; quieren que cuando se llegue al gobierno sus empresas sean favorecidas con algunos de los múltiples negocios que se realizan alrededor del poder. Incluso ha habido muchos con problemas económicos que se arriman al candidato con mayores posibilidades de triunfo y después salen a propalar la versión de que lo dieron todo por la causa, que se quebraron por los tantos aportes que hicieron para el partido y el candidato. Nótese la infinidad de movimientos que cada cuatro años se forman y abren un local para apoyar al candidato con mayores posibilidades de triunfo. Por lo general estos grupos sólo tienen una directiva para hacer pantalla.

Pero uno de los métodos más eficaces y preferidos por muchos políticos para enriquecerse es mediante las campañas, a través de cenas, rifas, y donaciones. Este dinero que llega por esta vía a nadie le importa, nadie lo fiscaliza, a nadie le piden cuentas y por eso el cargo de jefe de campaña de una provincia, de una región o a nivel nacional tiene tantos aspirantes, tiene tanta demanda. Por esa falta de fiscalización es que el narcotráfico ha metido de lleno sus narices en los partidos.

Finalmente propongo este ejercicio: haga un breve examen del pasado económico y de la situación actual de una importante mayoría de los jefes de los partidos y sus socios, y notará que casi todos viven muy bien, que incluso muchos tienen fortunas, hechas por las vías del poder emanado de sus posiciones.

¿Es imposible que las cosas cambien? No lo es, pero sí muy difícil. Solo cuando las masas decidan que ya basta, tal vez entonces empezaría un proceso que reduciría este malvado flagelo.