Partidos y democracia

El quehacer político de nuestro país está en un momento importante, caracterizado por un proceso de recomposición de fuerzas con peso influyente en la democracia local. Este proceso tiene alta relevancia porque se produce en momentos en que los partidos políticos del continente, que son pilares del sistema democrático, parecen atravesar una racha de desgaste que tiene su origen en la crisis de liderazgo que les afecta.

En nuestro caso particular, las principales organizaciones políticas tradicionales, que han agotado turnos en la administración del Estado desde sus diferentes instancias, tratan de reacondicionar liderazgos que, de alguna manera, han resultado erosionados durante el ejercicio de poderes públicos.

En algunos casos, el desgaste ha conducido a lamentables resquebrajamientos y divisiones, dando lugar, inclusive, al nacimiento de nuevos partidos con vida propia.

En otros casos, las contradicciones internas no han logrado, por suerte, producir escisión. Sin embargo, no cabe duda de que esas contradicciones podrían dejar secuelas cuya incidencia en la cohesión de los grupos habrá de depender del tacto o falta de tacto político de sus dirigentes y de la flexibilidad o tozudez de las posiciones beligerantes.

El proceso, salvando las particularidades propias de las distintas culturas, no es ajeno a la situación que ha estado poniendo en escrutinio muy serio la vigencia de los partidos, sus liderazgos y principios.

–II–

Un hecho cierto es que los partidos, en su función de conglomerados de individuos que se acogen a determinados principios e ideologías, son entidades de altísimo valor para las sociedades democráticas.

Desgraciadamente, son las actitudes de sus individuos, dependiendo del grado de liderazgo que ostenten, las que determinan la vigencia o decadencia de las organizaciones políticas. Sus estatutos, principios y reglamentos no las aniquilan, sino las acciones de sus hombres.

Visto en ese contexto, el proceso de recomposición que agotan los tres principales partidos del país encierra mucho de cuestionamiento de las conductas que, en su oportunidad, adoptaron sus dirigentes tanto en el plano intrínseco de sus respectivas organizaciones, como ante el país durante el ejercicio de funciones de Estado.

Pensando en la democracia, en la necesidad que ésta tiene de la preservación y fortaleza de sus agrupaciones políticas, en cada uno de estos partidos debe imponerse el deseo de corregir actitudes y orientar pasos acogiendo la premisa de que es preciso servirle al país, no servirse del país.

La participación de los dominicanos en los procesos eleccionarios habla elocuentemente de sus preferencias en términos de sistema político. No hay duda de que somos un país auténticamente democrático.

Tomando en cuenta esa premisa, lo mejor que puede ocurrirle a nuestra democracia es que las organizaciones que se someten en estos tiempos al escrutinio de sus bases salgan airosas y fortalecidas de sus respectivas convenciones, con liderazgos renovados y dispuestos a mantener la democracia y la institucionalidad del país por encima de todas las apetencias.