Pataletas con el idioma

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JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Intuyo que se trata de una broma. Me apoyo en la firme defensa de la letra ñ, ceñudamente mantenida por la Real Academia de la Lengua Española, aunque me inquietan algunas concesiones provocadas por intereses de globalización.

El caso es que he quedado anonadado al leer la siempre interesante columna de Rafael Molina Morillo, “Mis Buenos Días”, correspondiente al jueves 21 del corriente mes, donde acoge una colaboración anónima que informa de la “reforma modelo 2004 de la ortografía española” que dará supuestamente a conocer la Real Academia de la Lengua Española. Según la información de marras, serán suprimidas las diferencias entre la c, q, y k; igualmente se funde la b con la v. Se anulará la h, que no suena, también los acentos, que son un lío; se anulará la diferencia entre la c y la z, también de la g y la j, todo sonido erre se escribirá con doble r, desaparecerá la doble c reemplazada por una x, se anula el uso de la elle y la y…. y tendremos: yubia en lugar de lluvia, keso y kasa en lugar que queso y casa, baka en lugar de vaca…bueno, la de Troya.

La masacre de nuestro hermoso y rico idioma.

Ha escrito Fernando Lázaro Carreter, miembro de la Real Academia Española, que el gran archivo idiomático constituye un escenario de tensiones deliberadas o inconscientes que lo someten a permanente arqueo y remoción. Tales tensiones actúan en las dos direcciones que señaló Saussure, necesarias para el vivir de las lenguas: unas, en efecto, son centrípetas y se oponen a los cambios en el cuerpo idiomático, tratan de mantenerlo tal como está constituído en el momento, teniendo sus manifestaciones más radicales en el purismo y el casticismo del siglo dieciocho. Frente esas fuerzas, opera el empeño contrario, la disposición centrífuga de quienes no se consideran obligados a respetar lo heredado y acogen alegremente vocablos nuevos y deformaciones que, en su mayoría no enriquecen nuestro idioma porque se limitan a dejar de lado la palabra nuestra de igual significación y dañar el vocablo ajeno “castellanizándolo”.

¿Vivimos con tanta prisa y nerviosa urgencia que no tenemos tiempo de escribir o decir “de uso común” y del inglés agarramos por el cuello el vocablo “standard”, le ponemos una e al comienzo y le quitamos la d final para escribir “estandar”? y eso merece la bendición académica.

Ciertamente no se puede ya vivir sin el inglés, y no por razones de refinamiento y cultura como en los años de predominio del francés; es que ahora es imprescindible. La computadora u ordenadora y toda la tecnología de punta demanda, exige y obliga “sine qua non” al uso de palabras inglesas. Y no está mal, pero me gusta que se mantengan como lo que son: palabras inglesas, y que permanezcamos diciendo y escribiendo “Outlook” “Microsoft”, “Windows”, “Hardware” “Software” etc. sin inventar Auluk, Jaruér y demás.

Mientras nosotros, o algunos de nosotros estamos intentando irrespetar la belleza de nuestro idioma, los de habla inglesa siguen impávidos con su “spelling”, su enseñanza de deletrear las palabras, aunque tengan éstas montones de letras que no suenan.

Las palabras tienen una irradiación que proviene no sólo de su origen, sino que acumulan una proyección trayectorial, de vivencias del pensamiento. Por ejemplo, cuando un dominicano se refiere a “la jambre”, está diciendo mucho más que “el hambre”. Cuando José Ortega y Gasset quiere referirse a contraposición, a lo contra-puesto, en un texto en español, usa el vocablo alemán “Gegenstand” y lo explica para conocimiento del lector que no está familiarizado con el idioma germano. Así usa palabras de otros idiomas sin intentar españolizarlas, acogiendo y respetando la radiación peculiar del vocablo extranjero. Eso es enriquecer, sin posiciones centrípetas o centrífugas.

Por suerte, la columna de Molina Morillo recoge una broma, pero como en estos tiempos globalizantes -en los cuales los intereses comerciales rompen diques y escrúpulos, todo es posible, hasta lo más asombroso- en principio me asusté.

Tal vez la intención haya sido la de alertar simbólicamente acerca del predominio del disparate.

Menudo susto.