Patología haitiana en Santo Domingo

SERGIO SARITA VALDEZ
El fenómeno de la globalización presenta ciertas características sociales de impacto biológico tan interesante que hemos considerado interesante reseñar algunas de las más sobresalientes, a fin de compartirlas con nuestros apreciados lectores. Se trata de observaciones nacidas al fragor del ejercicio de la patología tanto anatómica como forense.

Lo primero que llama la atención es que a pesar de que cerca del 85% de nuestra población es mulata, un número parecido corresponde en Haití a negros. Si olvidamos por un momento el componente étnico y comparamos a grupos humanos en base a criterios socioeconómicos tales como igualdad en ingresos financieros, vemos que, en término de morbilidad y mortalidad, no hay gente que tenga mayor

similitud que un pobre haitiano y otro dominicano. A medida que ahondan las precariedades económicas de ambos se nota un incremento en el uso de piedras, palos y machetes en orden decreciente para llevar a cabo los actos homicidas.

El uso del puñal y de la pistola como instrumentos de agresión corresponde a individuos de clase media baja a media propiamente dicha. Ese hecho se verifica tanto en los habitantes de la parte este de la isla Hispaniola como en los nativos de su porción occidental.

Los hombres son casi siempre los victimarios y las víctimas, en tanto que las mujeres rara vez son victimarias.

Los mujeres de la tierra de Petion cuando no tienen dinero con que pagar sus cuidados prenatales presentan una mortalidad materna caracterizada por las infecciones y las hemorragias, al igual que sus vecinas de la República Dominicana. Los niños y niñas desamparados de la fortuna en ambos países sufren las inclemencias de la desnutrición, las infecciones, parasitismo, anemia, trastornos del desarrollo, caries dentales y poco estímulo intelectual. La promiscuidad, el Sida y las drogas abaten a los adolescentes y jóvenes de ambas naciones en igual proporción, siempre y cuando se les coloque en el mismo nivel de ingreso. Nada debe de extrañarnos el observar cómo la juventud de los dos territorios que cuenta con el mismo poder adquisitivo se da cita en lugares de diversión similares.

Más sorprendente aún resulta el caso de los cánceres tanto en mujeres como en hombres. A menor nivel educacional y mayor pobreza vemos que los tumores malignos se encuentran en etapas clínicas muy avanzadas en su evolución hacia la muerte en pacientes de las dos nacionalidades. En el orden emocional vemos que a menor escolaridad e ingreso menor resulta el umbral de tolerancia de las personas en ambas razas. Sin importar el país de procedencia se ve que el inculto tolera menos la provocación y el insulto al tiempo que responde más frecuentemente con agresiones físicas a las situaciones de conflicto.

Como puede verse, a medida que la migración y el poder mediático homogenizan a los hispano- parlantes y los conversadores del creole, mayores son las similitudes en la morbilidad y morbilidad entre dominicanos y haitianos residentes en Santo Domingo; desde luego, siempre y cuando los ubiquemos en grupos de ingresos similares. Los placeres y los gustos, así como las enfermedades y los dolores se reparten a igualdad entre ambas poblaciones de posición económica parecida, sin que en ello medie el colorido de la piel.

A manera de conclusión: nuestra humilde interpretación de estas observaciones patológicas es que sigue siendo cierta aquella aseveración de que un rico dominicano se parece más a otro rico haitiano que a un pobre dominicano.