Paulo VI, Arciniegas, valoraciones y recuerdos

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Fue durante los funerales del Papa Paulo VI -un Pontífice prudente en una Europa trepidante, hasta en España, a la cual este Papa rogó y solicitó a Francisco Franco la absolución de los condenados a muerte por el tribunal militar de Burgos-, fue en estos funerales, a las cuales asistí en representación del Gobierno Dominicano, agregándome, por instrucciones del Presidente Guzmán, al embajador dominicano en la Santa Sede, el bien recordado Embajador Contín, cuando tuve el privilegio de estar cerca de don Germán Arciniegas, una de las grandes personalidades literarias de América, en representación de Colombia.

Terminadas las ceremonias oficiales realizadas en la Plaza de San Pedro, teniendo enfrente al Colegio Cardenalicio que contaba entonces con nuestro Cardenal Beras, fuimos invitados a recorrer áreas privadas vaticanas. Arciniegas, a mi lado, se maravillaba de los testimonios de culturas indígenas de América que encontrábamos mientras caminábamos lentamente por estrechos pasillos que finalmente condujeron a una sala muy sobria (parecida a la estructura de la Capilla Sixtina, pero sin pinturas geniales ni adornos), donde nos fue presentado desde una tarima cercana, el Colegio Cardenalicio.

Faltaba poco para el Cónclave que nos traería un nuevo Papa: Juan Pablo Primero. Arciniegas, más que por aquel espectáculo de imponentes purpurados, graves y solemnes, estaba todavía impactado por las manifestaciones artísticas que habíamos visto en el trayecto que, no sé por qué, me “recordó” pasillos del Castel Sant’Angelo, el gran mausoleo que el Emperador romano Adriano hizo construir para acoger sus restos mortales y su “pobrecita alma” (Anímula vágula, blándula, hospes comesque córporis…) como dejó dicho en su exquisita obra maestra de la lírica latina, pero que después fue cárcel temible durante terribles años vaticanos.

Indudablemente que las flores y adornos confeccionados por indígenas del Nuevo Continente con hojas de maíz, sosprendentemente conservadas -tal vez por la temperatura y humedad de aquellas secretas galerías- eran dignas de altísima admiración. No obstante, me intrigó que Arciniegas no se impresionara con el impacto del Colegio Cardenalicio y continuará expresando su admiración infatigable por el arte de los indígenas.

En uno de mis inusuales atrevimientos, le pregunté al eminente escritor catedrático, político y embajador, cómo era posible que le hubiese causado tan escaso interés aquel solemne encuentro con los cardenales. Arciniegas sonrió suavemente. Puedo afirmar que me repuso: -Esto es transitorio, se trata de una elección, las obras de los indígenas, no. Son un documento permanente de arte, paciencia y virtud. Si no pongo comillas a la cita es porque tal vez, no fueron sus exactas palabras, aunque eso fue lo que dijo.

Extremando mi atrevimiento e indelicadeza -acababa de conocerlo- le preguntó cómo él, un experto en América Latina, que me fascinaba con su Biografía del Caribe, libro que había leído varias veces, valorada la capacidad artística de los aborígenes americanos, demandante de talento, esfuerzo y  paciencia, y, sin embargo nuestra región se mostraba incapaz de aplicar talento, esfuerzo y paciencia para lograr ocupar el nivel que le corresponde en el mundo.

Me repuso algo molesto por mi referencia a la Biografía del Caribe. -No es lo mejor que yo he escrito y todos me hablan de eso, descuidando mi obra.

Me recordó a nuestro distinguido compositor Juan Francisco García, autor de la Sinfonía Quisqueyana, primera y única sinfonía formal con temas de merengue. Cuando le elogiaban la obra, se disgustaba y pasaba a referirse a otras producciones suyas que consideraba muy superiores.

Pasado el leve disgusto, Arciniegas me dijo que nuestro problema es la falta de disciplina, el desmedido amor por la comodidad y el ocio; añadiendo que, en el fondo, no sabría decir si fueron tontos o sabios al no acoplarse a las magnitudes de productividad de los europeos, dueños de ambiciones equivocadas.

Creo que, efectivamente, nuestro drama es la indisciplina, la floja actitud de haraganear, de “evitar la fatiga” como decía el personaje de las comedias mexicanas que tenían  por centro al Chapulín Colorado.

El doblegar los principios morales por conveniencias momentáneas, tiene su veneno y en algún momento, su castigo.

No lo duden.

Toda acción tiene una reacción.

Tal vez llegue tarde.

Pero llega.